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Opinión
![]() Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Miguel Angel y el papa Julio II
El Sol de México
4 de marzo de 2007
Una relación difícil, de separaciones y reencuentros
Miguel Angel Buonarroti la nombró "La batalla de la tumba", un hecho que durante 40 años turbó la tranquilidad del artista. Ocurre que el papa Julio II requirió la presencia de Miguel Angel en Roma para la edificación de lo que habría de ser un grandioso y colosal monumento fúnebre para el Sumo Pontífice, quien poseía la virtud del mecenazgo, un temperamento ardiente e irascible que compartía con el artista y la manía de hacer ejecutar obras faraónicas al estilo de Ramsés II, llegando a superar al emperador egipcio al reconstruir la Basílica de San Pedro y hacer pintar los frescos en la bóveda y los arcos de la Capilla Sixtina del Vaticano. El "Papa Guerrero" poseía "voluntad de hierro" y así impuso su trato a Miguel Angel. Entusiasmado por tal proyecto, el joven artista decidió ir otra vez a la cantera de mármol de Carrara, donde él personalmente elegía el tamaño y volumen de los mármoles para esculpirlos, pero de regreso a Roma, el interés del Papa estaba concentrado en los proyectos de Donato Bramante para la reconstrucción de la Basílica de San Pedro y no recibió a Miguel Angel. PRIMER DESENCUENTRO Todos los mármoles habían arribado a Ripa, los cuales, una vez conducidos con los demás, llenaron la Plaza de San Pedro y era necesario pagarlos a quien los había llevado. El artista, como era lo indicado y acostumbrado, se apersonó en la sala de recepción del Papa y solicitó audiencia. Un palafrenero le dijo que regresara luego porque "Su Santidad está en importante junta atendiendo asuntos de Bolonia y no puede recibirle". Miguel Angel hizo su coraje, fue a su casa donde le esperaba el transportista y pagó de su dinero aquellos mármoles "a sabiendas que enseguida me lo reintegrará Su Santidad". Al otro día retornó al Vaticano para hablar de la cosa al Papa y enfrentó nuevamente dificultad para entrar, pues el palafrenero le dijo: "Ten paciencia, porque tengo el encargo de no introducirte". Entonces, un obispo que allí presenciaba la escena, dijo al ujier: "Tú, ¿no conoces acaso a este hombre?", y el portero respondió: "Harto bien lo conozco; pero yo soy quien debo hacer lo que me ha sido mandado por mis superiores y el Papa, y el señor no entra". Miguel Angel se encorajinó en serio y "pareciéndome tan contrario a lo que había sucedido hasta entonces, muy enojado le dijo al palafrenero: 'dile al Papa, que de aquí en adelante, cuando Su Santidad me busque estaré en otro lugar'". El escultor y muralista regresó a su taller a eso de las dos de la madrugada y de inmediato ordenó a dos de sus sirvientes que vendieran todas las cosas de la casa a los judíos y en cuanto lo hicieran lo alcanzaran en su camino hacia Florencia, donde se dirigía. JULIO II Julián della Rovére fue Papa de 1503 a 1513. Su conducta era desordenada, pues tanto bebía como se solazaba con chicas y decía palabrotas todo el tiempo. Una conducta descuidada más propia para el general de ejércitos que para pastor de la Iglesia. Metió en guerras al emperador de Alemania y a los reyes de Francia, España, Inglaterra y Nápoles. Lanzó excomuniones contra los reyes de Francia y de Navarra y la República de Venecia. Declaró cismático al rey de Navarra, Juan de Albret. SU SEPULCRO En 1503, a la muerte del papa Alejandro VI, español y gran político, y elevado Julio II, Miguel Angel fue requerido por el pontífice "con gran favor para que me hagas mi sepulcro". El Papa le hizo pagar de las limosas recibidas por los oratorios "un viático de 100 escudos para que comiences a diseñar mi tumba". Miguel Angel ya era famoso a sus 29 años de edad por sus esculturas "La piedad" y "Gigante de Florencia", y estaba esculpiendo el "David". El artista se trasladó a Roma, donde estuvo muchos meses antes de que el Papa le encargase poner manos a la obra, hasta que finalmente se decidió por el dibujo que Miguel Angel hizo para aquella sepultura "de gran belleza, soberbia y ornamentada, y con un conjunto de estatuas que sobrepasaba toda antigua e imperial sepultura". EL PAPA LE ENVIA SUPLICAS Y MIGUEL ANGEL NO ACEPTA En otra versión de aquella huida de Roma se dice que fue el Papa quien se enojó con Miguel Angel porque éste no quería dejar ver nada de lo que estaba haciendo y que, "incitado a sospechar de los que le rodeaban y no fiándose de Miguel Angel, pudo ver lo que hacía, disfrazado y en momentos en que el artista no estaba en su taller". También se dice, en otra interpretación, que "el Papa sobornó con dinero a los ayudantes de Miguel Angel para entrar a ver la capilla de Sixto, su tío, que le había mandado pintar". Otra más que "Miguel Angel se ocultó porque sospechaba traición de sus mancebos, aunque sin saber quién entraba a su taller". Entonces, el escultor y pintor tiró al piso unas tablas para provocar al intruso, para que, al volverse éste oyendo el estruendo, saber de quién se trataba. La cosa es que, por angas o mangas, Miguel Angel tuvo el disgusto con el Papa y se largó a Florencia, dejando dicho el recado de que cuando Su Santidad lo buscara "estaré en otro sitio". Andaba Miguel Angel en Poggibonsi, lugar sobre el Florentino, y allí se detuvo antes de arribar a Florencia cuando cinco correos del Papa, que habían cabalgado a mata caballo, lo alcanzaron y le entregaron varias cartas del Papa, donde Su Santidad le pedía regresar a Roma. Miguel Angel se mantuvo en su decisión de llegar a Florencia sin más, a pesar de los ruegos y amenazas que el Papa le escribió en esas cartas. Sin embargo, ante los ruegos de los palafreneros que le demandaban una respuesta, ya que si regresaban sin ésta el Papa "nos convertirá en sopranos", el artista escribió dos líneas de respuesta: "Perdonadme, pero no puedo volver a vuestra presencia, ya que habéis mandado echarme como a un miserable cualquiera. Mi fiel servicio no merece tal tratamiento. Buscad en otra parte quien pueda serviros". Escrito esto, Miguel Angel prosiguió el camino y se instaló en Florencia. REENCUENTRO EN BOLONIA En Florencia, Miguel Angel se ocupó en terminar, durante los tres meses siguientes que allí estuvo, el diseño de la Sala Grande del Palacio de la Señoría, que Pedro Soderini le había solicitado llevara a cabo. En esos días llegaron a Florencia tres mensajeros del Papa pidiéndole regresara a Roma. Conturbado Miguel Angel por temer "el furor del Papa, pensé irme a Constantinopla a servir al turco, que me ha pedido hacerle un puente que una a Constantinopla a Pera". Soderini, quien asimismo temía al Papa, lo persuadió de regresar a Roma y para evitar cualquier desaire lo nombró embajador de Florencia ante su Santidad, asegurándole que aquel título lo protegería. Ya habilitado embajador, Sorderini le recomendó a un hermano suyo que era cardenal para que lo introdujese al Papa y ambos hicieron un viaje a Bolonia, adonde ya había llegado Su Santidad para recibir al artista y embajador. Miguel Angel no se había quitado aún las botas cuando fue conducido por los familiares del Papa a Su Santidad, quien aguardaba en el Palacio de la Diócesis. Miguel Angel se arrodilló. El Papa lo miró y "como enojado" le dijo: "Es decir, ¿que en lugar de venir tú a encontrarnos somos nos los que venimos a encontrarte?". Miguel Angel "pidió perdón humildemente", excusándose que todo lo había hecho por enojo, "no pudiendo soportar que lo echasen de aquella manera, pero reconozco haber errado y le suplico a Su Santidad me perdone". El cardenal Sorderini, creyendo adular al Papa, le comentó que los hombres como aquél "son ignorantes y fuera de su arte no valen para nada", y que lo perdonara. Julio II se enfureció y con una maza que tenía, golpeó al obispo y le gritó: "¡El ignorante eres tú, pues le dices injuria que no le decimos nos", ordenando al palafrenero echar fuera del Palacio a empujones al servil cardenal. LA CAPILLA SIXTINA Ya en Roma, durante una cena en sus habitaciones privadas, el Papa le pidió a Miguel Angel no terminar por entonces su sepulcro, proponiéndole que pintase la bóveda de la Capilla Sixtina, "algo que es imperativo", comentó Su Santidad. Buonarroti, que deseaba acabar el sepulcro y no deseaba entrarle a pintar la bóveda de la capilla, considerando que sería un trabajo "arduo y difícil", y "considerando mi poca práctica en el uso de los colores" y, para quitarse de encima la responsabilidad, recomendó que lo hiciese Rafael de Urbino. El Papa consintió con la primera impertinencia del artista, mas, entretanto más se rehusaba éste, más se encendía su carácter impulsivo y ya estaba "a punto de indignarse", cuando Miguel Angel cedió, aceptando la tarea. EL PAPA LO PRESIONA Resuelto el problema de los andamios, ya que Miguel Angel tenía que pintar acostado, posición que le hizo trizas el cuello y la columna vertebral, trajo desde Florencia a algunos amigos suyos pintores para que le ayudaran, ya que eran muy hábiles pintando al fresco. Sin embargo, los pintores no soportaban la fatiga, hacían trazos sin "habilidad, gusto ni talento" y ante tal dejadez e incompetencia, Miguel Angel una mañana destruyó todo lo plasmado y se encerró en la capilla y ordenó no recibir a nadie. Enfebrecido, determinado a hacer por sí solo toda la obra, "en cortísimo tiempo la llevó a cabo". El Papa se desesperaba porque Miguel Angel no le dejaba mirar nada de lo que hacía y aunque intentó que el pintor le permitiese el paso, éste se lo impidió, huyendo otra vez de Roma. Finalmente, tras haber resuelto el problema de la cal de Roma, que por blanca y hecha de porcelana engendraba manchas de moho en el fresco, Miguel Angel retornó a Roma y condujo al Papa en aquel laberinto de andamios y Su Santidad pudo ver la mitad de la obra. La impaciencia del Sumo Pontífice no aceptó la decisión de Miguel Angel de terminarla cuando él estuviera plenamente satisfecho, y sin más amenazó con "echar abajo a Miguel Angel con todo y los andamios" si no terminaba desde ya. Miguel Angel terminó de pintar y la mañana de Todos los Santos la descubrió ante el Papa. De inmediato, el Sumo Pontífice cantó misa en la capilla ante cientos de fieles y asombrados espectadores. El Papa pagó al artista por esta obra tres mil escudos, de los cuales Miguel Angel gastó en colores 25. SIEMPRE AMO AL PAPA Entre encuentros y desencuentros, aquellos hombres se respetaban, admiraban y querían. Miguel Angel amaba a Su Santidad y comprendía los esfuerzos que el Papa hacía para granjeárselo, comprobando que todo venía "a parar a favor y utilidad suya". Antes de fallecer, el Papa ordenó a los cardenales Santiquattro y Aginense, su sobrino, que hiciesen terminar su sepulcro, "con un diseño más modesto que el primero". Miguel Angel aceptó, aunque no pudo terminarlo porque a la muerte de Julio II, su sucesor León X suspendió su terminación sin más. León X, sin embargo, era animoso y deseaba "dejar en su patria buena memoria". Su fama se consolidó como un gran mecenas promotor de las artes y las ciencias, dando comienzo a su vocación y voluntad, ordenando de inmediato a Miguel Angel hacer la fachada de San Lorenzo, de Florencia, iglesia edificada por la casa de los Médicis a la cual el Papa pertenecía con el nombre de Juan de Médicis. Columnas anteriores
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