Opinión
Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Torquemada, comenzó quemando herejes y terminó cremando libros

El Sol de México
18 de febrero de 2007

El cuarto en el que transcurría la vida de Torquemada era pequeño. Sus paredes y techo estaban pintados de blanco. El piso era de mosaicos negros y sobre ellos una pequeña alfombra de esparto sobre la cual se arrodillaba para decir sus oraciones. Había una silla, una cama y una cómoda. Todo el mobiliario de pequeñas dimensiones y de terminados rústicos con apenas una capa de barniz. En los muros sólo se miraba un crucifijo de madera y sobre la cómoda una vela encendida iluminaba apenas las celda. Durante el día, la luz entraba por una pequeña ventana ovalada con reja en cruz y sin vidrio. Las noches de Luna, la cruz del enrejado se proyectaba en el muro de enfrente a la cabecera de la cama. No tenía ropas de cama ni una sábana durante las tres estaciones y ni una manta en la época de invierno. Debajo de la cama había una bacinica de porcelana y un par de sandalias de cuero. En la cómoda guardaba un par de medias de lana, otro hábito de tela gruesa, dos calzones de algodón, una tijera y un frasquito de alcohol y, sobre la cómoda, al lado de la candela, una garrafa con agua y un vaso.

Esta era la habitación de Fray Tomás de Torquemada, el inquisidor general de Castilla y Aragón y presidente del Consejo Supremo del Santo Oficio. Era un hombre de estatura alta, delgado en extremo y no llevaba barba.

LA REINA ISABEL CREA LA INQUISICION

La decisión fue consolidar políticamente el reino de Castilla, por así convenir a los intereses de Fernando e Isabel, los reyes católicos. Las razones fueron desvanecer la amenaza que, según las elites que apoyaban a los nuevos reyes, representaba el poder de los judíos, quienes acogiéndose a la tolerancia religiosa de la España Medieval, se habían casado con castellanas y castellanos, aragonesas y aragoneses, y catalanas y catalanes de todas las clases sociales, adquiriendo con estos enlaces poder económico y una estimable categoría social, llegando a ocupar cargos de primera categoría en el Estado como en la Iglesia.

Así, en 1483, la reina Isabel creó el Consejo de la Suprema y General Inquisición, como parte de una reorganización burocrática general, como medio de reafirmar en toda la península el predominio de la aristocracia. El Consejo poseía "plenos poderes".

Isabel nombró a Fray Tomás de Torquemada como inquisidor general en el reino de Castilla y, atendiendo a que la Inquisición ya existía en el reino de Aragón, le solicitó al papa Sixto IV nombrase a Torquemada como inquisidor de Aragón. Su Santidad le otorgó el nombramiento el 17 de octubre de 1483, cinco días después de la creación del Consejo de Castilla.

De inmediato se instauraron tribunales permanentes en Barcelona, Zaragoza y Valencia.

Protestaron las Cortes, los nobles y el pueblo, y la cosa se hizo sin conceder la mínima atención a tal reprobación.

LA EXPULSION DE LOS JUDIOS

Nueve años después, en 1492, el día 31 de marzo, apenas un mes más tarde de que los reyes católicos tomaron Granada e instalaron su casa real en la Alambra, el 2 de enero de ese año, "se le dieron exactamente cuatro meses de plazo a la población judía para que decidiese si quería abandonar el reino o quedarse en él y convertirse al cristianismo".

Antes de finalizar el mes de julio, entre 165 mil y 400 mil judíos huyeron de España. La mayoría de ellos perdieron sus medios de vida, pagaron impuestos exorbitantes a los aduaneros en los puertos en el momento de partir y sólo 50 mil decidieron quedarse, convirtiéndose a la fe católica y así evitaron el éxodo y la hoguera.

Los más pudientes de los judíos conversos fueron quienes dieron dinero a Isabel, tanto para formar el ejército que derrotó a los sultanes moros como patrocinar a Cristóbal Colón para el descubrimiento del Nuevo Mundo.

En los hechos, fueron aquellos judíos ricos quienes con sus préstamos a la soberana hicieron posible la derrota de los moros que habían dominado España durante ocho siglos y el descubrimiento de la Nueva España.

LA INQUISICION

La Inquisición o Tribunal de la Iglesia católica encargado de descubrir y suprimir la herejía fue fundado durante el Sínodo de Toulouse, en Francia, celebrado en 1229, después de la exitosa cruzada contra los albilgenses o cátaros, quienes creían que este mundo está bajo el dominio de Satán y la humanidad es la encarnación terrestre de espíritus a los que Satán hizo rebelarse y que por ello fueron arrojados del cielo.

La Inquisición destruyó la secta y se decretó entonces que en cada parroquia se formaran pequeñas juntas de vigilancia que buscaran y luego denunciaran al obispo todo caso de herejía.

En 1248 se constituyó un tribunal especial e inmediatamente los inquisidores viajeros, en su mayoría dominicos, recorrían la región para oír denuncias y juzgar los casos.

La Inquisición se estableció y operó durante siglos en Italia, Francia, España, Portugal, así como en los dominios españoles y portugueses del Nuevo Mundo.

En Europa sirvió para suprimir los movimientos disidentes sociales, incluyendo las sectas de espirituales y las fraternidades de los flagelantes.

A mediados del siglo XVI, la Inquisición se convirtió en un mero tribunal político y la institución perdió fuerza en los países situados al norte de los Alpes, continuando su actividad en Italia y España.

En 1808, Napoleón suprimió la Inquisición en Francia.

EL PROCEDIMIENTO

Los procesos eran generalmente secretos.

El acusado no se careaba con el acusador y se estimulaban las denuncias. Los que confesaban y denunciaban a sus cómplices recibían un trato privilegiado.

Aquellos que resultaban culpables pero que habían confesado y estaban arrepentidos, podían ser sentenciados a severos ayunos, a la pena de azotes en público o ir en peregrinación a algún santuario.

En los casos graves, eran condenados a decenas de años de prisión y a los herejes que no confesaban ni se arrepentían, eran entregados al "brazo secular" para su castigo, ya que la Iglesia no puede condenar a nadie a muerte, lo que significaba ser quemado vivo en la hoguera.

Estos procesos sirvieron a demasiados para deshacerse de sus enemigos personales, apropiarse de sus bienes y cobrarse toda clase de venganzas.

ORGANIZO LA QUEMA DE LIBROS

El cardenal español Francisco Jiménez de Cisneros había quemado más de un millón de libros durante su campaña para convertir a los moros de Granada.

El cardenal fue nombrado el año 1492 confesor de la reina Isabel y en esas tuvo tratos con Torquemada, a quien sucedió ocho años después en el cargo de inquisidor general.

Es notable que este hombre, que en su momento se dio a la quema de libros, fuese el fundador de la Universidad de Alcalá de Henares que llegó a rivalizar con la de Salamanca.

Siguiendo el ejemplo, Torquemada organizó una quema de libros en su monasterio de San Esteban de Salamanca, incineración que llevaba a cabo con tanta frecuencia como la quema de herejes.

Todo el siglo XVI prosiguieron llevándose a cabo estas "ceremonias", sin pausa y aplicadamente.

La censura en España se prolongó por más de 30 años y tan perfectamente organizada que aisló a España de las ideas e influencias extranjeras.

Librerías y bibliotecas particulares fueron expurgadas de volúmenes prohibidos, con mayor aplicación que "excedía el del índice de Roma".

La industria editorial estuvo en "tris" de extinción y "los españoles cultos, privados de escribir".

LOS HECHOS DE SU VIDA

Torquemada nació en Valladolid en 1420, de modo que cuando fue nombrado inquisidor general tenía 72 años de edad.

Su padre fue don Pedro Fernando, señor de Torquemada, villa de la provincia de Palencia, y era sobrino del cardenal Juan de Torquemada.

Ingresó en la Orden de los Dominicos en Valladolid y pronto sus superiores le obligaron a tomar el priorato del convento de Santa Cruz, en Segovia, el cual gobernó durante 22 años.

Nombrado confesor de los reyes católicos, Isabel lo nombró inquisidor general atendiendo a su inteligencia y vida austera y ejemplar.

Antes, el papa Sixto IV le había elegido como adjunto con otros inquisidores, más pronto Torquemada, que era devoto y sabio, se distinguió de sus compañeros, y dos breves o cartas menores que las bulas lo designaron respectivamente inquisidor general de Castilla y Aragón en 1483.

No le fue fácil ni sencillo centralizar el Santo Oficio en el Consejo Supremo de su presidencia, ya que como suele suceder, quienes deseaban mantener sus parcelas de poder le opusieron muchos obstáculos.

Para sortearlos, encargó a los jurisconsultos Juan Gutiérrez de Chávez y Tristán de Medina la redacción de las célebres Instrucciones y Ordenanzas de los inquisidores que corregidas y aprobadas en la junta de Sevilla, el 29 de octubre de 1484.

Sólo con la ley y el reglamento aprobado, su tarea alcanzó la legitimidad y él, el poder de mandar.

Con base en estas Instrucciones y Ordenanzas, elevó a la Inquisición como tarea del Estado y con ellas "corrigió los abusos de los tribunales, revocando los nombramientos de aquellos inquisidores indignos y moderando el rigor de otros".

Alcanzó tanto poder que sus homólogos quisieron contrarrestarlo y el mismo Papa tomó medidas para disminuirlo; sin embargo, Torquemada lo mantuvo hasta el final de su vida, cuya muerte sucedió en Avila en 1498, seis años después que Isabel y Sixto IV le hicieran inquisidor general.

SEVERO E INEXPRESIVO

Sentía gran apego por su familia y veneraba la memoria de su padre, y en su lugar natal, la aldea de Torquemada, construyó un puente y llevó a cabo las reparaciones de la iglesia, costeando las obras con su propio dinero.

Era serio, severo, inexpresivo y austero. Comía poco, no bebía vino y con los demás sentía "piedad tenebrosa; rigurosa, pero no implacable; ferviente, pero no inhumano" y nunca aceptó honores ni se rodeó de pomposidades.

Mantenía sus convicciones sin hacer concesiones a nadie e incluso amonestó a la reina Isabel por "permitir que los trabajadores trabajasen en día festivo para terminar el tablado de una fiesta".

ESTUDIOSO Y APACIBLE

Según el historiador norteamericano, el hispanista William Thomas Walsh en su obra "Isabel la Católica": "El gran inquisidor era un hombre apacible y estudioso, que abandonó el claustro para desempeñar un cargo desagradable pero necesario, con espíritu de justicia templado por la piedad y siempre con habilidad y prudencia. Fue un gran legislador y, para algunos, fue un santo. Cuando se abrió su tumba para trasladar sus restos, los que se hallaban presentes contaron que sintieron un especial olor dulce y grato, y el pueblo comenzó a rezar ante su tumba".

QUEMO A 10 MIL PERSONAS

Juan Antonio Llorente, quien intentó introducir reformas en el Santo Oficio, en sentido liberal, por lo que fue destituido de su cargo de secretario general de la Inquisición, autor de la famosa "Historia crítica de la Inquisición", publicada en 1800, afirma que "durante el mandato de Torquemada fueron quemadas más de 10 mil personas y otras 27 mil sufrieron penas infamantes".

UN TESTIMONIO DE TORTURA

Una mujer fue detenida "por comer carne de cerdo y cambiarse de ropa los sábados" y por ello, acusada de ser judía, fue sometida a tortura. Este es el relato de su experiencia:

"Se ordenó que fuera puesta en el potro y entonces pregunté: señores, ¿por qué no me dicen lo que tengo que decir? Señores, pónganme en el suelo, ¿no he dicho ya que hice todo eso? Entonces me pidieron que lo dijera y respondí: no recuerdo, sáquenme de aquí. Hice lo que los testigos han dicho. Los señores me pidieron que explicara con detalle qué es lo que habían dicho los testigos y dije: señor, como ya le he dicho, no lo sé de seguro. Ya he dicho que hice todo lo que los testigos dicen. Señores, suéltenme, por favor, porque no lo recuerdo. Me pidieron que lo dijera y dije: señores, esto no me va ayudar a decir lo que hice y ya he admitido todo lo que he hecho y que me ha traído este sufrimiento. Señor, usted sabe la verdad. Señores, por amor de Dios, tengan piedad de mí. ¡Oh, señor! Quite estas cosas de mis brazos. Señor, suélteme, me están matando. Fui atada al potro de tortura con las cuerdas y amonestada a que dijera la verdad. Se ordenó que fueran apretados los garrotes. Señor, ¿no ve que estas personas me están matando? Lo hice, por el amor de Dios, dejen que me vaya. Finalmente, los torturadores, después de haberme quebrantado el cuerpo, me encarcelaron y luego de vuelta a torturarme hasta que me dieron por muerta".

Testimonio recogido por Henry Kamen en su obra "La Inquisición española, New American Library", Nueva York, 1965.
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