Opinión
Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Montesquieu

El Sol de México
4 de febrero de 2007

Amor a las leyes y a la patria, fundamentos de la República

Carlos Luis de Secondat, barón de la Bréde y de Montesquieu, nació el 18 de enero de 1689 en el castillo de la Bréde, a 18 kilómetros del puerto de Burdeos, Francia.

Su padre, Jaime de Secondat, era uno de los principales próceres de Francia y su madre, Francisca de Pénel, era dueña del citado castillo que recibió como dote. Eran, así, "parte de la nobleza legítima".

El padrino del alumbramiento de Carlos Luis "fue un indigente que había venido a pedir limosna en el preciso momento en que su madre daba a luz", según consigna Paul Archambault, su biógrafo.

El 10 de febrero de 1755 muere Montesquieu. Tenía 66 años y había escrito "El espíritu de las leyes", "el libro más grande del siglo XVIII, sin duda alguna", afirma Paul Jenet en su "Historia de la Ciencia Política", publicada en 1945.

Meses antes de su fallecimiento había escrito: "Estoy acabado; he quemado todos mis cartuchos y todas mis bujías se han consumido. Oigo algunos zánganos que zumban alrededor de mí; pero si las abejas recogen alguna miel, eso me basta".

Como solía suceder, en 1762, "El espíritu de las leyes" fue puesto en el Index de los libros prohibidos por la Iglesia católica y su Santo Oficio inquisitorial.

VIRTUD, PRINCIPIO FUNDAMENTAL

Montesquieu proclamó que cada forma de Gobierno, sea la monarquía, República aristocrática o democrática y el despotismo, se basa en el principio fundamental que para las repúblicas democráticas es la virtud, entendiendo ésta como "la renuncia a sí mismo".

"Esta virtud puede definirse así: amor a las leyes y amor por la patria. Este amor, que exige preferir constantemente el interés público al propio, produce todas las virtudes privadas; éstas no son otra cosa que esa preferencia. Todo depende, pues, de establecer este amor en la República".

TOCQUEVILLE COMPLEMENTA

Alexis de Tocqueville, autor de la "Democracia en América", casi un siglo después, matiza y enriquece la consigna del barón: "Otra cosa que Norteamérica demuestra es que la virtud no es, como se ha sostenido durante mucho tiempo, lo único que puede mantener a las repúblicas, sino que es la ilustración, más que cualquier otra cosa, lo que hace fácil esta condición social.

"Los norteamericanos son apenas más virtuosos que otros, pero están infinitamente mejor ilustrados -hablo de las masas- que cualquier otro pueblo que yo conozca; no sólo quiero decir con esto que hay más personas que saben leer y escribir, un asunto al que quizás se le atribuya más importancia de la debida, sino que el pueblo en su conjunto tiene comprensión de los negocios públicos, conocimiento de las leyes y de los precedentes, sentimiento de los intereses bien entendidos de la nación y la facultad de comprenderlos es mayor que en cualquier otra parte del mundo".

Siguiendo a ambos pensadores teóricos, en el comienzo de la tercera parte de la década del año 2000, se observa que tanto es recomendable la virtud -como la exponía Montesquieu- como la ilustración -a como la desglosaba Tocqueville-, en bien de la salud de las repúblicas democráticas.

EL BIEN COMUN

En una carta a su amigo Ernest de Chabrol, habiendo tomado notas para elaborar su clásico texto sobre la Democracia en América, Tocqueville resume lo que a su modo de ver, el "principio de abnegación" de Montesquieu, no cuadra en la República norteamericana.

"El principio de las repúblicas de la antigüedad era el de sacrificar los intereses particulares en aras del bien común. En ese sentido puede decirse que eran virtuosas. El principio de esta otra parece ser armonizar el interés particular con los intereses generales.

"Una especie de egoísmo refinado e inteligente parece ser el pivote en torno del cual gira toda la maquinaria. Esta gente no se preocupa por averiguar si la virtud pública es buena, pero sí creen demostrar que es útil. Si esto último es cierto, y creo que lo es en parte, esta sociedad puede pasar por esclarecida, pero no por virtuosa.

"¿Pero en qué medida -se pregunta Tocqueville- se pueden hacer confluir estos dos principios del bienestar particular y el público? ¿Qué es lo que hace de ellos un pueblo? El interés -se responde a sí mismo el ensayista-, he aquí el secreto. El interés individual que asoma a cada instante, el interés que, además, se muestra abiertamente y se define a sí mismo como una teoría social.

"Estamos muy lejos de las antiguas repúblicas y, sin embargo, este pueblo norteamericano es republicano, y no dudo que lo siga siendo durante mucho tiempo. Y la República es, para el norteamericano, el mejor de los gobiernos".

GUELAGUETZA Y TEQUIO: BIEN COMUN

Ni Montesquieu ni Tocqueville conocieron la costumbre de los indígenas zapotecos de Oaxaca: la Guelaguetza, sistema tradicional de ayuda mutua como "un don gratuito que ofrecen todos los que tienen al que lo necesita y lleva consigo la obligación de reciprocidad", como lo define el sacerdote e historiador José Antonio Gay en su "Historia de Oaxaca", publicada en 1881.

Es un acto de cortesía que, además, alcanza significación social en cuanto sistema de cosecha o de cualquier labor que en cooperación recíproca hacen los vecinos de la región, o bien "los obsequios y presentes que por simple cortesía o a título de discreta protección se hacen entre sí las familias", precisa Gay.

En todos los casos se trata de una forma de solidaridad, por el bien común, y cooperación, que se manifiesta en ocasiones especiales: nacimientos, matrimonios, muertes o mayordomías.

Fundada en la costumbre, en la honradez y en la buena fe tradicionales entre las personas, su extensión social es el Tequio, un servicio a la comunidad, con fines de beneficio colectivo: escuelas, caminos vecinales o casas municipales.

Estos son dos principios que bien cuadran a lo expuesto y comentado por Montesquieu y Tocqueville.

En sí, se trata de una virtud, y lo que sigue es el amor a la patria y a las leyes.

INTELECTUAL DE VIDA SOLITARIA Y ENCLAUSTRAMIENTO

Sólo viajó durante tres años en toda su vida, recorriendo Alemania, Austria, Italia, Suiza, Holanda, Hungría e Inglaterra. Su estancia más prolongada y que tuvo mayor influencia en sus trabajos fue Londres. Nunca más volvió a salir de viaje, retirándose para vivir en soledad en el castillo que heredó.

Sostenía que "Alemania es propia para viajar por ella, Italia para permanecer, para reflexionar Inglaterra y Francia para vivir. Regresé a Francia y me puse a trabajar como un castellano".

No gozó de buena salud nunca y en cuanto a su matrimonio e hijos, apenas lo consideró trascendente. Era miope en grado sumo y por tal limitación abandonó sus observaciones de tipo científico a las que había dedicado muchos años de trabajo.

"Amé a mi familia lo bastante para cumplir con ella como mejor le convenía a las cosas esenciales, pero me he desembarazado de los detalles menudos. Con mis hijos he vivido de la misma manera que con mis amigos", escribió en sus notas autobiográficas.

Pasó su infancia en el castillo de la Bréde y poco después de la muerte de su madre, se le envió como pensionado al Colegio de los Oratorianos de Juilly, donde estudió y se aficionó al antiguo mundo pagano, alejándose de la religión de sus mayores.

Al salir del colegio, como era tradición de la familia que desempeñaba cargos públicos hereditarios, se le otorgó plaza de consejero en el Parlamento de Burdeos. Y siendo muy joven aún, un tío suyo le dejó su cargo como presidente togado del Parlamento de Guyena, que era de por vida y con la condición de que tomase el nombre de Montesquieu.

Poco antes se había casado con la señorita Juana de Lartigue, que era de familia calvinista, o sea, protestante, con la que procreó un hijo y dos hijas.

El puesto heredado lo ocupó durante 10 años y, como también solía ocurrir, lo vendió al mejor postor.

"Lo que siempre me ha dado mala opinión de mí es que hay pocos estados en la República para los cuales yo pueda servir. En mi oficio de presidente comprendía muy bien las cuestiones, pero del procedimiento no entendía nada; tengo el corazón muy recto. Yo me aplicaba, pero me entristecía ver en los estúpidos más capacidad que la que yo tenía", anotó en sus páginas autobiográficas.

LA CIENCIA, OTRO DE SUS INTERESES

Montesquieu disponía de amplias rentas y no tenía preocupación alguna por las cosas cotidianas comunes y corrientes, de modo que pudo dedicarse tanto a la filosofía política como a la ciencia.

Investiga la física de Newton y los descubrimientos de Galileo.

Pronto se le recibe como miembro de número en la Academia de Burdeos y ante esa comunidad de la cual forma parte como uno de sus primeros integrantes, lee un "Discurso sobre el papel que desempeñan las glándulas renales" y al año siguiente, en 1719, publica "Proyecto de una historia física de la Tierra antigua y moderna", obra en la que solicita a los sabios del mundo entero que le envíen notas y memorias, pagando él el porte.

Otros de sus trabajos científicos son: "Sobre la causa de la pesantez de los cuerpos" y "Observaciones sobre la historia natural".

LAS CARTAS PERSAS

Tras haber publicado su primera obra de contenido filosófico y político, "Disertación sobre la política de los romanos en la religión", de modo anónimo da a conocer "Las cartas persas", que es la primera obra que lo llevará a la fama.

Aparecen en 1721, en Amsterdam, Holanda, para evitar la censura en Francia.

Montesquieu acude a un recurso que han y siguen utilizando muchos autores: simula que dos personajes de origen persa, uno muy irónico llamado Rica, y el otro, un pensador reflexivo, de nombre Usbek, llegan a París en los años finales del reinado de Luis XIV.

Los "persas" ofrecen sus impresiones sobre la Corte francesa y reciben a la vez noticias de su país, donde las escenas del harén se entrelazan con sátiras políticas, intercalando meditaciones sobre sociología, filosofía y política.

Es un texto de crítica muy ruda contra el rey Sol, su simbiosis erótico-política; su despotismo -El Estado soy yo-; la libertad de conciencia y los autos de fe de la Inquisición.

Usbek reflexiona sobre las diversas religiones y las varias formas de gobierno, y hace una "apología de los trogloditas, el cual prueba que la virtud es necesaria en la sociedad; todo esto anuncia dignamente el 'Espíritu de las Leyes'", comenta Archambault.

Identificado Montesquieu como el autor anónimo, se abismó en los placeres y honores que dispensan el éxito y la fama. Era habitual asistente a los más célebres salones parisinos, se le rendía honor y las personalidades del momento se hacían mirar a su lado.

Ese año de 1722 se le elige miembro de la Academia de Francia, pero el rey Sol negó su aprobación y tampoco lo hizo el cardenal Fleury. Le pasaron a cobrar las facturas por su "Cartas persas" y el ingreso a la Academia se aplazó seis años.

Durante ese lapso es cuando Montesquieu viaja durante tres años por Europa e Inglaterra.

SU INFLUENCIA EN MEXICO

Don Jesús Reyes Heroles, en su ya clásico ensayo "El liberalismo mexicano", publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1957, señala que "tanto en lo que se refiere a las ideas liberales como a la separación de poderes, además del federalismo, la influencia de Montesquieu fue notable".

NORBERTO BOBBIO

El politólogo y ensayista italiano asevera que "de los temas tradicionales, el tratado de Montesquieu conserva inalterado el de la relación servil entre gobernantes y gobernados. A propósito de la educación escribe que 'en los gobiernos despóticos la educación tiene que ser servil'. A propósito de la condición de las mujeres: 'en los Estados despóticos las mujeres no ponen en uso el lujo, sino que ellas mismas son objeto de lujo. Ellas deben vivir en una condición de extrema esclavitud'.

"Los pueblos que se someten a un régimen despótico se encuentran en estado de esclavitud política cuando no de completa esclavitud", considera el filósofo francés.

"Por ello, Montesquieu destaca que son los europeos quienes han adoptado, en su mayoría, las monarquías y repúblicas como formas de gobierno, alejándose del prototipo de los regímenes despóticos que es China.

"Las monarquías y las repúblicas alimentan el desarrollo civil e intelectual europeo".

LA LIBERTAD POLITICA

Escribe Montesquieu: "La libertad política se debe tomar en relación no tan sólo con la carta constitucional, sino con el ciudadano: puede ocurrir que la Constitución sea libre pero no el ciudadano. Para lo segundo es necesaria la existencia de buenas leyes generales y he aquí uno de los puntos clave: un poder autónomo que las aplique, donde haya confusión entre la administración judicial o dependencia respecto del ejecutivo; hace falta la garantía de una imparcial aplicación".

Esto entraña, como lo estableció Montesquieu, el equilibrio de poderes; la separación entre Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
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