Opinión / Columna
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Francisco López Ojeda
Domingo Negro... 1999-2009
El Sol del Bajío
26 de septiembre de 2009
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La explosión del olvido, quizás es tan fuerte como el estallido de cuatro toneladas de pólvora almacenadas en la Abarrotera Celaya, para las víctimas de ese Domingo Negro del 26 de septiembre de 1999... diez años cumplen ya con esos vidrios y pólvora aún incrustados en su cuerpo, mutilados, lesionados en cuerpo y alma... diez años que han llevado a cuestas ese interminable dolor y abandono de parte de las autoridades y de la misma sociedad.
Parece ya no importar a nadie que existen viudas con hijos que tuvieron que abandonar sus estudios, y la mayoría de víctimas no cuentan con servicios institucionales del IMSS y del ISSSTE, por ello su difícil situación se agrava más.
Esta indiferencia oficial y social devino en la muerte de Rodolfo Vásquez Galván, quien no fue atendido médicamente, sumando otro fallecimiento, el número 72 de la relación oficial... ¿a quien conmovió este otro deceso?
¿A quien conmueve la situación de nuestros compañeros mutilados, quienes a diez años de su dotación de prótesis, apenas si pueden moverse con ellas, pues se encuentran rotas y casi inservibles?. La presidencia municipal celayense ya aportó su apoyo económico para adquisición de nuevas prótesis, pero la parte que el gobierno estatal se comprometió a sufragar, aún no la entrega y seguramente, los mutilados -cinco de ellos- llegarán al décimo aniversario del Domingo Negro, sin contar con sus nuevas prótesis.
A Juan Manuel Oliva Ramírez, gobernador de Guanajuato, le solicitamos, el mismo día en que asumió su cargo, una entrevista. Pero el gobernador no nos ha podido recibir. Pensamos que las víctimas, tienen derecho para entrevistarse con su gobernador... pero tal parece que Juan Manuel Oliva sólo recibe a empresarios poderoso, a grandes industriales, a inversionistas, a jerarcas de todo tipo, a políticos de su partido, y no recibe a personas humildes, a gente del pueblo común y menos a víctimas, a viudas y a huérfanos. Ha venido innumerables ocasiones a Celaya, pero en su agenda no se anotan unos pocos minutos para escuchar a estos damnificados.
Juan Manuel Oliva, delegó, en su secretario de gobierno, Gerardo Mosqueda, la atención a los afectados, pero durante estos tres años de la administración estatal, nada se ha concretado, ninguna operación, tratamiento médico, rehabilitación, ayuda psicológica, ni prótesis, ¿a quién puede importarle que nuestra compañera Ernestina Lizardi -quien perdió a su esposo y a su único hijo en las explosiones- le falten los huesos que sostienen su brazo izquierdo, y después de más de un año que esto ocurrió, no puede operarse para un trasplante o implante de hueso.
A diez años de distancia, las víctimas no reciben la indemnización que por ley les corresponde, pues la justicia camina muy lenta en Guanajuato.
A diez años de distancia, ningún funcionario implicado en estos hechos ha pisado la cárcel, pues la impunidad sí existe en Guanajuato.
A diez años de distancia, los mutilados tienen que pegarlas con la cinta canela o con resistol o cola loca, o mandar fabricar piezas hechizas para sus prótesis y así puedan mal caminar con ellas.
El saldo a diez años, significa para ellos, IMPUNIDAD, OLVIDO, INDIFERENCIA.
Para ellos no existen las oportunidades, ni programas sociales, ni asistenciales, hemos solicitado a las autoridades municipales y estatales que gestionen ante la Lotería Nacional para la Asistencia Pública, la creación de un Fideicomiso, en el que esta institución de beneficencia aporte la mayor cantidad de dinero, dado que es su principal función, y de esta manera se pueda crear un fondo para apoyar a estos afectados. A pesar de ser únicamente un trámite, no se han podido concretar estas gestiones, a pesar de que las autoridades panistas tienen todas las condiciones políticas para que este Fideicomiso pueda funcionar. No hay voluntad de las autoridades para la ayuda a nuestros compañeros. Eso recordamos en este décimo aniversario.
Si el olvido es como una piedra, el poeta Luis Aragón, dice: "se cuenta siempre con una piedra para colocar sobre la pirámide de las lágrimas.
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