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Opinión
![]() Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Catalina de Médicis
El Sol de México
14 de enero de 2007
Los católicos nunca le reprocharon la matanza de la noche de San Bartolomé
El domingo 23 de agosto de 1572, en la madrugada se hicieron repicar las campanas de la iglesia de Saint-Germain-l ´Auxerrois de París: era la consigna para comenzar la matanza que se conoce como "La Noche de San Bartolomé". Este genocidio fue ordenado por Catalina de Médicis y su hijo, el rey Carlos IX, con un saldo de más de 20 mil asesinados en París, prosiguiendo en Lyon y Orleáns, donde también el protestantismo era fuerte, contándose entre las dos ciudades otros casi 10 mil ejecutados. A estos infortunados se les nombraba "hugonotes" y eran convencidos seguidores del francés Juan Calvino, el hereje, "el ser el primero", el "mandón"; el propagador de la Reforma en su país y en Suiza, y quien en su cuenta personal de crímenes contaba con la ejecución del sabio español Miguel Servet, descubridor de la circulación de la sangre del corazón a los pulmones, a quien bajo el cargo de herejía se le condenó a ser quemado vivo en Champel, cerca de Ginebra, el 27 de octubre de 1553. La matanza de 30 mil seres "fue el resultado del torpe enfoque dado a la política religiosa", según lo interpretan los historiadores contemporáneos. PREPARACION DE LA DEGOLLINA París estaba lleno de católicos y hugonotes que habían asistido a la boda de Enrique de Borbón, rey de Navarra, y Margarita de Valois, hija de Catalina y hermana de Carlos, el 22 de agosto. Por la noche de ese día, después de los festejos se reunieron en el palacio del Louvre, en la antecámara de Catalina, ella, su hijo menor, no el rey, y seis principales de la Corte. Cuatro de ellos eran italianos y otro, el duque de Nemorus, padrastro de los Guisas, y allí tomaron la decisión de matar a todos los hugonotes. Catalina había estado previniendo a su hijo, el rey, del "peligro que los protestantes representan para la monarquía" y Carlos, obsesionado por las reiteradas peticiones de su madre de acabar con ellos, aceptó: "¿Lo queréis? Pues bien, que se les mate; pero que se les mate a todos". LA NEGRA NOCHE Y LA NEGRA MADRUGADA En París fueron levantados los adoquines de calles y avenidas, y se prohibió el libre tránsito a los peatones. Los que se atrevieron a salir de sus casas y no pudieron probar su fe católica fueron asesinados sin más. Como las murallas que rodeaban la capital francesa eran seguras y estaban bien vigiladas, pocos fueron los que escaparon de la masacre. Los ánimos exacerbados del populacho no pudieron ser doblegados y muchos protestantes humildes, artesanos, obreros y comerciantes, perecieron en sus casas, en las calles o en sus negocios, y los sirvientes fueron ultimados junto a su señor. También niños y el historiador Jean Laplace, así como el filósofo y matemático Petrus Ramús, precursor de Renato Descartes, entre otros notables de esa época. Las escaleras, corredores y salones del palacio real igualmente se mancharon de sangre, al ser ejecutados todos los nobles que se hallaban alojados en el Louvre, después de la boda. Los oportunistas aprovecharon la confusión y la impunidad de la ocasión "para realizar ajustes de cuentas que nada tenían que ver con la religión". La violencia "no fue el resultado de un plan diabólico; reflejaba el latente sentimiento de las masas católicas capitalinas y provinciales contra los herejes". En el exterior, las noticias del día siguiente de la masacre fueron comentadas de manera diferente: el papa Gregorio XIII y el rey español Felipe II se entusiasmaron, "considerando que Carlos IX había actuado con sentido común". En Roma se acuñó una medalla conmemorativa y dos en Francia. Felipe II escribió a Catalina "felicitándola por tener tal hijo y al rey por tener tal madre". En Viena, la corte imperial "se conmocionó profundamente, pues en el imperio había importantes regiones protestantes". En Alemania, el emperador y los príncipes católicos "mostraron su disgusto por la degollina". Guillermo "El Taciturno", que contaba con la ayuda de Coligny y los hugonotes, comunicó la noticia a su hermano diciéndole: "¡Qué golpe de maza ha sido esto para nosotros". Catalina se sintió plena de fe y satisfecha tras la matanza. Para la mayor parte de los católicos franceses, "la reina no tenía que justificar la masacre, pues todos estaban convencidos de que ella había salvado a la monarquía y la fe". Pronto se conoció a Catalina como "Madame La Serpiente", "el gusano salido de la tumba de Italia" y la encarnación del mal. Ella nunca sintió culpa o remordimiento alguno: había hecho lo suyo. A la contra, Carlos IX, quien no ponderó que la opinión popular lo haría el responsable del genocidio, tornó a ser más duro y cruel, y durante dos años de los 24 que vivió, posteriores a "La Noche de San Bartolomé": "parecía un loco, obsesionado con visiones de los cadáveres" y expiró diciendo: "Demasiada malicia, demasiada malicia: Adiós, madre". COLIGNY TAMBIEN FUE ASESINADO Aunque Nostradamus en su Presagio 52 había profetizado la tenebrosa noche y el asesinato de Coligny, ni Catalina ni éste le hicieron el menor caso, atendiendo al hecho de que la Médicis tenía bajo su protección al astrólogo, quien proporcionaba el horóscopo cotidiano al rey y a su madre. El almirante Gaspar de Coligny, tras una vida guerrera azarosa colmada de victorias y prominente miembro de la fracción protestante, había ingresado al Consejo Real, convirtiéndose en consejero del rey Carlos IX, a quien indujo a declarar la guerra a Felipe II de España y que favoreciera secretamente las actividades militares de los hugonotes. Catalina consideraba que una guerra con España "supondrá el desastre para Francia si se lleva a cabo en este momento" y, preocupada además por la poderosa influencia del almirante sobre su hijo y la inaceptable militarización de los hugonotes, trató de asesinarlo sin conseguirlo. La mañana del viernes 22 de agosto, los Guisa, atendiendo la instrucción de Catalina, pagaron a un asesino a sueldo, que disparó desde la casa de éstos contra el líder hugonote cuando éste se dirigía al Louvre. Coligny resultó herido y el frustrado asesino huyó. Los protestantes se excitaron, yendo unos a defender a Coligny de posibles ataques posteriores y otros a vociferar con amenazas bajo las ventanas de la casa de los Guisa. Catalina fue a visitar al herido, acompañada por el joven rey, asegurándole que se perseguiría y castigaría al asesino. Fracasado el intento y temerosa de la previsible reacción de Coligny, se adelantó a los acontecimientos, convenciendo al rey que los hugonotes tramaban asesinarle tras la boda de su hermana Margarita de Valois con Enrique de Navarra y que, adelantándose a tales siniestras intenciones, "debería ordenar la ejecución de sus enemigos". Durante el caos de "La Noche de San Bartolomé", el duque Francisco de Guisa penetró al aposento de Coligny y herido como estaba en la cama, le traspasó el cuerpo con una pica y lo tiró por la ventana. Luego, el cuerpo fue arrastrado por las calles y colgado finalmente en Montfaucón, donde Carlos IX se apersonó para insultar el cadáver. Catalina eligió el día de San Bartolomé por tratarse de uno de los 12 Apóstoles, del cual poco se dice en el Nuevo Testamento, pero que, según la tradición, fue misionero en el Asia Menor y en la India, así como martirizado y muerto en Armenia el 24 de agosto. En ningún Diccionario de Religiones se consigna a Catalina ni a la demencial masacre nocturnal. LOS ADOLESCENTES CATALINA Y ENRIQUE, REY DE FRANCIA, SE CASAN Catalina Rómula nació en Florencia el sábado 13 de abril de 1519. Pertenecía a la estirpe de los Médicis y era bisnieta del más afamado de ellos: Lorenzo "El Magnífico". Tenía 14 años de edad cuando en 1533 contrajo matrimonio con Enrique II, el futuro rey de Francia, príncipe que tenía la misma edad que ella. Antes de ser coronado, a los 30 años de edad, como era tradicional, se había echado una amante: Diana de Poitiers, que había enviudado de su marido Luis de Brézé. Diana había procreado dos hijas y "se encontraba disponible", de modo que Enrique la hizo su amante. Pero Catalina no aguantó la situación y Diana fue obligada a abandonar la Corte para residir en el castillo de Chaumont, a orillas del río Loira. La amante influía "excesivamente en las decisiones del rey", se quejó Catalina. Enrique era un católico ferviente que perseguía sistemáticamente a los protestantes y creó "las cámaras ardientes contra los herejes". La muerte de Enrique está ampliamente documentada tanto por el trágico evento en que perdió la vida, como por haber sido éste predicho por Nostradamus en una célebre Cuarteta. Enrique era muy entrón y aficionado a los torneos donde alardeaba de su destreza; y él, a pesar de los ruegos de Catalina de que no participara ese día en la justa, fue al campo del honor donde una astilla de la lanza de su competidor le entró por un ojo y le llegó al cerebro. Tras 10 días de agonía, Enrique II murió. LA CUARTETA "El león joven superará al viejo En campo bélico, en singular duelo, En jaula de oro le reventará los ojos Dos clases una, luego morir, muerte cruel". LA VIDA DESPUES DE LA NOCHE Los hugonotes que sobrevivieron a la masacre permanecieron aturdidos durante algún tiempo. El movimiento, apoyado por los principales nobles, se mantuvo en las ciudades del sur y éstas se recobraron rápidamente y se fortificaron, entre ellas La Rochela, cuyo asedio es otro episodio de aquellos tiempos. La represión no consiguió ahogar la Reforma y, para combatirla, se crearon órdenes religiosas ejemplares cuyos hábitos tendían a reestablecer la menoscabada y maltrecha pureza primitiva de sus reglas con la intención de hacer vida santa dentro del sacerdocio. Se creó en Italia la Orden de los Taetinos y en España se fundó la Compañía de Jesús en torno a la figura de Ignacio de Loyola, cuyo resultado final fue la creación de una milicia al servicio del pontificado. Tras la matanza, los Guisas "se creyeron dueños de la situación" y formaron una liga para la defensa de la religión católica, que en el fondo "servía para el propio encumbramiento de los Guisas". En este ambiente, tras la muerte de Carlos IX, la intrigante y habilidosa Catalina consiguió que su hijo Enrique fuera elegido monarca de Polonia y, el mismo año de 1574, coronado rey de Francia con el nombre de Enrique III, autor de la frase célebre: "París bien vale una misa". Catalina concebía otros planes, entre otros el de casar a su hija Isabel con Felipe II de España, cosa que no sucedió. LUJO, JOYAS, MECENAZGOS Catalina había acogido a Nostradamus en la Corte y estimulada por él se entregó a la nigromancia, las profecías y los horóscopos; y en la vida cotidiana, a la cacería y pronto al lujo y la posesión de joyas ostentosas. No únicamente a Nostradamus, pues adepta al ocultismo, acogió a otro afamado astrólogo florentino: Cosimo Ruggieri, quien elaboraba horóscopos para todos los cortesanos, talismanes y figuras de cera, de las cuales "se podía atraer el amor o atraer la muerte". Por andarse en conspiraciones contra Carlos IX, fue aprehendido y encarcelado, sin embargo, la reina lo salvó de ser ejecutado y lo desterró de Francia. Catalina ejerció un generoso mecenazgo a favor de intelectuales, artistas y científicos, e introdujo en la Corte el estilo y gusto del Renacimiento. En la noche del jueves 27 de mayo de 1589 murió tranquilamente en su cama y, en el último gesto de vida, sin pronunciar ninguna "última palabra", volvió su cara mirando a la pared de su recámara y expiró. Columnas anteriores
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