Opinión
Universidad Vasco de Quiroga
La contemplación del arte

El Sol de Morelia
9 de febrero de 2009

Javier Muñoz Orozco*

Cuando Arthur Schopenhauer escribió su obra máxima El Mundo como Voluntad y Representación a los veintiocho años de edad, tuvo la certeza de que había hecho un descubrimiento que la humanidad nunca olvidaría, o por lo menos, del cual el mundo occidental se vería beneficiado.

El resto de su vida dedicada a la filosofía fue una lucha sorda por ser escuchado y entendido, y tuvo que esperar a la vejez para cosechar el éxito. La primera edición de su obra en 1818 fue de 850 ejemplares, de los cuales muchos se perdieron y los restantes tardaron más de veinte años en venderse, pues no sería sino hasta 1844 que aparecería la segunda edición, ampliada con un segundo volumen. Fue entonces, que habiendo pasado la euforia por la filosofía de Hegel, y después de un largo periodo de maduración social y política en Alemania, su obra se hizo famosa y se le adhirieron gran cantidad de discípulos, Nietzsche entre ellos.

En la obra de Schopenhauer la palabra "voluntad" encierra el conocimiento más profundo del ser humano. No es únicamente la voluntad expresa y consciente de querer o de hacer algo, como comúnmente la denominamos, se trata, como dice el autor, tanto de la voluntad acompañada de conocimiento, con un motivo que determina su exteriorización, como de todo movimiento, toda configuración todo impulso y todo ser, que son manifestación u objetividad de la voluntad. La voluntad es el en-sí de las cosas, es decir, el residuo que queda cuando prescindimos de que el mundo es también representación.

"Cuando contemplamos el mundo inorgánico con mirada escrutadora, cuando vemos el tremendo e imparable impulso con el que las aguas se precipitan al vacío, la persistencia con la que la aguja magnética se orienta constantemente hacia el polo norte, el anhelo con el que el hierro vuela hacia el imán, la violencia con la que los polos de la electricidad tratan de volver a unirse, acrecentándose con los obstáculos, igual que pasa con los deseos humanos; cuando vemos una cristalización repentina, la cual da lugar a figuras perfectamente regulares, y que manifiestamente solo es un decidido impulso originado y sostenido por un anhelo de rigidez determinado con exactitud en direcciones distintas; (...) si contemplamos todo esto, no nos costará un gran esfuerzo de la imaginación reconocer en nuestro propio ser, incluso a tan gran distancia, ese algo idéntico que, en nosotros, persigue sus fines a la luz del conocimiento, pero que aquí en sus manifestaciones más débiles solo anhela de forma ciega, obtusa y unilateral e invariable.(...) Aquí y allá debe llevar el nombre de voluntad, el cual designa lo que es el ser en sí de cada cosa en el mundo, y la entraña de cada fenómeno".

Debido a que la voluntad es un frenesí tenebroso, un impulso ciego, un ser sin conciencia, debe estar acompañada del conocimiento, pero éste no forma parte en modo alguno de su sustancia. El ser humano nace, crece, vive, se reproduce y muere, y la mayor parte del tiempo de su vida efímera lo vive en la inconsciencia, en piloto automático, movido por sus instintos, llevado por la corriente, reaccionando a los impulsos, inmerso en el anonimato de la sociedad a la que pertenece y que le proporciona identidad y significado. Lo más dramático es que aún aquellos seres educados que cultivan el uso de la razón y tienen conciencia de sus actos pasan por alto las manifestaciones y el control de la voluntad. Ante estas reflexiones, no es de extrañar que sus contemporáneos tildaran a Schopenhauer de pesimista.

Pero algo bueno tiene el pesimismo de Schopenhauer. Es un pesimismo liberador. Una vez que se descubre el dominio de la voluntad en la vida del ser humano, es posible adoptar una nueva actitud ante ella. Se debe tomar experiencia de sí mismo, pero no como sujeto de la voluntad sino como ente que se olvida de sí y donde la voluntad queda anulada. La voluntad nos habla en todas las cosas del mundo exterior, pero solo somos capaces de escuchar esta voz en actitud de contemplación. Para poder contemplar el espectáculo universal de la voluntad tenemos que convertirnos en "mero ojo del mundo".

Es una experiencia en la que el yo y el entorno hacen mutis. Hay que dejar la representación para abordar el ser. Se puede contemplar la voluntad sin ser al mismo tiempo voluntad, saliendo del individuo para no permanecer atrapado en el mundo fenoménico, y esto se logra rompiendo las cadenas de los intereses empíricos del individuo. Entonces se contempla a la voluntad desde la ausencia de voluntad, abandonando el espacio, el tiempo, la causalidad y el yo. Solo se puede admirar así el mundo cuando se rompe el aferramiento a los intereses de la propia afirmación. Y esta admiración del mundo desde esta perspectiva no es otra cosa sino la actitud estética.

Dice Schopenhauer: "El goce de todo lo bello, el consuelo que proporciona el arte, el entusiasmo del artista, que le permite olvidar los cuidados de la vida (...) todo esto se basa en que (...) el en-sí de la vida, la voluntad, la existencia misma, es un padecimiento continuo, en parte fastidioso y en parte horrible; la misma cosa, en cambio, contemplada como representación pura, o reproducida por el arte y libre de tormento, proporciona un espectáculo lleno de significación".

El arte detiene la rueda del tiempo, las relaciones desaparecen para él; su objeto es solo lo esencial: la idea. Se caracteriza como la manera de considerar las cosas con independencia del principio de razón, en contraposición al pensamiento que persigue razones y consecuencias y que es el procedimiento natural de la experiencia y de la ciencia. Para Schopenhauer, los conceptos son una expresión inadecuada de la verdad, el arte está más cerca de ella.

Años más tarde, Ernst Hoffman haría un planteamiento similar al referirse a la belleza como al más grande servidor y mensajero de la verdad, como la revelación de la armonía mediante formas, tanto visuales como sonoras, materiales e inmateriales. Por efímeras que las formas sean, la armonía que encierran y expresan pertenece al reino eterno del espíritu; forman parte de la más recóndita ley de la verdad. Cuando hay belleza, aunque sea un destello, sentimos que nos toca cierta fibra inmortal.

En estos tiempos de materialismo, en que también el arte tiene un precio, es muy reconfortante recordar estas ideas del gran pesimista de Dresde. Podemos empezar a poner arte en nuestra casa, en nuestra colonia, en nuestro trabajo. Es posible detener a diario por un rato la rueda imperiosa de la voluntad y sentarnos a contemplar el ser de las cosas tal como son. Quizá eso nos convierta en personas más felices. (I)

* Coordinador General de Posgrados
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