Opinión
Alejandro Díaz
Piratas

El Sol de México
8 de octubre de 2008

Las novelas de aventuras escritas por el italiano Emilio Salgari (1862-1911) llamaron la atención de la juventud de la primera mitad del siglo XX por su narración sencilla de relatos de aventuras. En ellas plasmó la vida en el mar en el siglo XIX, mezclando historias reales de naufragios con la trama propia de una novela y añadiendo relatos de los pueblos limítrofes de los distintos litorales del mundo, del sudeste asiático a los polos. En varias de sus novelas resalta el fenómeno de la piratería que existía entonces, en especial en los mares de los países que ahora son Malasia, Indonesia y Filipinas. Llegó a hacer una apología de esa actividad reprimida por las potencias de su tiempo. En la serie Los piratas de la Malasia (11 diferentes novelas), Salgari describe a Sandokan, capitán de los piratas, como un héroe que lucha por reivindicar a su pueblo frente a la explotación extranjera.

Pero los piratas nunca fueron héroes románticos ni con tan buenas intenciones como los mostraba Salgari. Desde que el hombre aprendió a navegar ha habido quien se dedique a abordar o detener barcos demandando dinero a cambio de liberar mercancías valiosas, de pedir rescate por los pasajeros y por el mismo barco. Hay ataques piratas documentados desde el siglo V antes de Cristo, pero por indicios arqueológicos se sabe de pueblos ribereños del Mediterráneo que sufrieron rapiña y despojo por piratas durante varios siglos antes de esa fecha.

Por desgracia la piratería no es cosa del pasado, sigue viva en el mundo por más que no nos enteremos. Actividad cruel y despiadada que va mucho más allá del término usado para describir a quien copia películas o utiliza vehículos para prestar un servicio para el que no está autorizado, la piratería es el abordaje de un navío realizado por hombres arrojados de muy poca ética que se dedican a saquear a los incautos a su alcance. En el siglo XXI la piratería sigue existiendo en varias partes del mundo, en especial en aguas costeras de Somalia, por lo que la Organización Marítima Internacional con sede en Londres solicitó al Consejo de Seguridad (CS) de la ONU acciones para inhibir la piratería en esas costas en donde en el primer semestre de 2008 se han detenido más de 35 barcos y pagado más de 30 millones de dólares como rescate.

Desde junio el CS pasó por unanimidad, y con el consentimiento del Gobierno transitorio de Somalia, una resolución que autoriza medidas para combatir la piratería, incluyendo el patrullaje de aguas internacionales y el permiso temporal (hasta fin de año) para entrar a aguas nacionales de ese país si se está en persecución de piratas. Pero esta resolución sólo ha dado visibilidad a los actos delictivos sin lograr disminuir los actos de piratería. No pasa semana sin que el mundo se entere del secuestro de lujosos yates, de cargueros que se dirigían a la propia Somalia con ayuda humanitaria y de barcos que navegan por el estrecho de Adén o las costas somalíes. El caso más reciente es paradigmático y preocupante: un barco ucraniano con equipo militar para Kenia, conteniendo tanques de guerra y lanzagranadas, fue abordado por piratas y secuestrado para pedir rescate.

El problema nace porque Somalia es un Estado fallido sin una autoridad que domine todo el territorio. Bandas armadas pelean entre sí por el control de pueblos, territorios y zonas costeras, y por supuesto de la piratería. Los Estados desarrollados, en especial los europeos, que son quienes están preocupados pues por esa vía circula el 30% del petróleo que va a Europa y buena parte del comercio marítimo con Asia.

Ni 100 navíos de guerra serán suficientes para poder patrullar la zona para terminar con la piratería mientras no exista Estado de Derecho en Somalia. Su carencia hace imposible someter a los miles de hombres que actualmente se dedican a esa actividad a lo largo de las costas de este Estado fallido (3 mil kilómetros), pero la situación exige que la comunidad internacional busque soluciones que no sean sólo mediante el uso de la fuerza. La invasión de Somalia por Etiopía con el apoyo de la ONU y de la Unión Africana sólo repitió los casos de Afganistán e Irak, pero en versión subdesarrollada. Aunque parezca mentira no estaría de más que las autoridades internacionales leyeran las novelas de Salgari para reconocer que la solución a la piratería en Somalia tiene que ser negociada y no por la fuerza.

La verdadera Ley de Herodes es muy sabia; nos enseña que hay que atender los problemas antes de que crezcan y puedan llegar a destronar a la autoridad. Somalia dejó crecer sus problemas porque una de las partes en conflicto mandó al diablo a las instituciones y ahora no queda ni una.

alediaz@elsoldemexico.com.mx
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