Opinión / Columna
 
Enrique Medina Vidaña 
Volver a Frankenstein, en la literatura y en la educación
El Sol de Durango
20 de febrero de 2015

 

POR ENRIQUE MEDINA VIDAÑA



Son ya varios los encuentros que he tenido con la mítica figura de Frankenstein. Desde la lectura de la famosa novela de Mary Shelley de 1817, que llamó a secas Frankenstein, pasando por varias versiones cinematográficas, algunas buenas y otras no tanto, y la referencia en el ámbito de la pedagogía en aquel libro de Philippe Meirieu, titulado Frankenstein Educador, hasta un libro muy atractivo escrito hace apenas dos años por Santiago Posteguillo, titulado La noche que Frankenstein leyó el Quijote, en el que aborda una serie de enigmas literarios, en un viaje en el tiempo de la literatura universal.

La historia de Frankenstein es incierta, pero la trama apunta a que alguien con un genio muy aventajado, un sabio medio loco, un día se propuso que podría crear un ser vivo con una fuerza increíble y una inteligencia fuera de lo común, que le harían ser admirado, querido e imitado; sin embargo, los cálculos le salieron mal y lo que en realidad creó fue un monstruo, que aunque no logró los propósitos primigenios, sí fue lo suficientemente interesante para permanecer en la memoria colectiva y en los anales de la literatura de suspenso.

En su libro, Posteguillo relata que en 1816 Mary Shelley y su esposo visitaron al escritor Lord Byron y en la casa de éste, y como resultado de un concurso que él propusiera, ella escribió la maravillosa novela titulada Frankenstein o el moderno Prometeo, aclarando que Frankenstein no es el monstruo, o la criatura maléfica que resultó, sino Víctor Frankenstein, el doctor que la crea.

Durante la estancia en la finca de Lord Byron, Shelley y su esposo estuvieron compartiendo su gusto por la literatura y tuvieron ambos la oportunidad de conocer la obra de Cervantes, en particular la de El Quijote, lo que les motivó a aprender español, de tal manera que no es extraño que en el prólogo de Frankenstein haya una referencia a Sancho Panza y que la misma novela presente una técnica narrativa similar a la que Cervantes empleó para escribir su famoso Quijote.

La reflexión de Posteguillo es algo simple, cuando plantea que si Mary Shelley aprendió español para poder no ya leer sino degustar el Quijote, nosotros que ya sabemos español, no deberíamos encontrar algún momento de nuestra vida para leer o volver a leer la irrepetible historia de los maravillosos personajes que deambulan por el libro de El Quijote. Hay que hacerlo pronto, dice el autor, antes de que los programadores informáticos decidan que ya no debemos hacerlo.

En lo particular me quedo con las reflexiones de Philippe Meirieu, en cuanto a que Frankenstein "hace" un hombre, es decir, lo "fabrica"; por tanto, Frankenstein es, pues, el hombre encarado o enfrentado a la llegada de "otro", de una de esas criaturas que, como dice Daniel Hameline, empezamos por "sostener" antes de tener que "cargar con ellas". "Cargar con ellas" sin saber muy bien que ha hecho uno y qué puede hacerse con la criatura; deseando conseguir que "prospere" lo mejor posible y evitar el miedo o daño al enfrentar el monstruo.

Al margen de lo que Mary Shelley haya pensado al escribir su novela, se antoja la siguiente pregunta ¿por qué el acto creador del doctor Frankenstein habría de parecernos un verdadero sacrilegio, si no fuese porque afecta lo sagrado, es decir, aquello que, en nuestro mundo imaginario, constituye una de esas interrogantes tan potentes que no se puede intentar darles respuesta sin que se tambaleen o fracturen nuestras construcciones conceptuales ordinarias?

Así, fabricar un hombre es una tarea insensata, lo sabemos muy bien. Y, sin embargo, es también una tarea cotidiana, la que cada vez que nos proponemos "construir un sujeto sumando conocimientos o habilidades" o "hacer un alumno apilando saberes"; por tanto, el mito de Frankenstein, a lo mejor sin la intención primigenia, desvela al educador "que no sabe lo que hace" pero que consigue dar vida a un ser que se le parece bastante y que, por ese mismo parecido, y porque se le ha dado libertad, se escapa irremediablemente del control de su "fabricante".

De esta manera el enseñante, el maestro, enfrentado a una realidad irreductible: el cara a cara con "otro", a quien debe trasmitir lo que considera necesario para su supervivencia o para su desarrollo y que se resiste al poder que quiere ejercer sobre él; el cara a cara con "alguien" que está, respecto a él, en una relación primordial de dependencia inevitable; alguien "que se lo debe todo" y de quien quiere hacer "algo", pero cuya libertad escapa siempre a su voluntad.

Queda claro que el hombre no está presente en su propio origen, pues nadie puede darse la vida a sí mismo, y nadie puede, tampoco, darse su propia identidad; es decir, lo heredamos, nos es impuesto, lo aprendemos. En todo caso, todo hombre ha de elegir sus valores, tanto en el ámbito moral como en el social y político; esto es así porque, todo hombre llega al mundo totalmente despojado, y por eso todo hombre ha de ser educado.

El niño ha de beneficiarse del apuntalamiento del adulto. No puede construirse a sí mismo mentalmente, al margen del entorno, el entorno lo construye, de ahí la importancia de la intervención educativa en la construcción de las sociedades humanas. Educar no es sólo desarrollar una inteligencia formal capaz de resolver problemas de gestión de la vida cotidiana o de encararse a dificultades de orden matemático.

Educar es, también, desarrollar una inteligencia histórica capaz de discernir en qué herencias culturales se está inserto. Educar es, pues, introducirse a un universo cultural, un universo en el que los hombres han conseguido amansar hasta cierto punto la pasión y la muerte, la angustia ante el infinito, el terror ante las propias obras, la terrible necesidad y la inmensa dificultad de vivir juntos...

Para comprender el mito de la educación como fabricación e ilustrar el poder educador de la imagen de Frankenstein, hay que recordar las historias que dieron vida a Pigmaleón, a Pinocho, al Golem, a Robocop y a los avatares, como revelaciones de una misma esperanza, aunque con distintos enfoques: acceder al secreto de la fabricación de lo humano, realidades imaginarias en las que el ser creado se anima y se convierte en un sirviente dócil, capaz de cumplir toda clase de tareas difíciles.

Frankenstein es una criatura que ha sido fabricada con todo el saber, toda la energía y toda la voluntad de su creador, quien lo ha creado parecido a él, en el mimetismo de su relación de filiación. La criatura es profundamente buena, y sin embargo, ha sido dotada involuntariamente de la voluntad y el poder de cometer los actos más horribles, puesto que no es más que el resultado de una fabricación, una poiesis.

Por eso, el creador de Frankenstein no es un educador, porque no fue capaz de llegar a la praxis; es decir, la criatura no fue creada para ser educada en un proceso continuo de construcción de su diferencia con otros hombres y de una introducción adecuada al mundo de lo humano.

La reflexión acerca del doctor Frankenstein es una fábula filosófica orientada a conjurar los peligrosos avances de una ciencia amenazadora y evitar la fascinación del brebaje "embriagador del conocimiento". Rechaza de plano toda concepción mecanicista o reproductora de la educación y no acepta el hecho de que se considere a los alumnos como materia prima que ha de ser transformada por la escuela.
 
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