Opinión / Columna
 
Enrique Medina Vidaña 
Nuevas formas de convivencia para alcanzar la felicidad
El Sol de Durango
15 de julio de 2016

  ENRIQUE MEDINA VIDAÑA



Vivimos en una época de vértigo y constante cambio, en la que todo se tiene que hacer a gran velocidad: trabajar, negociar, comprar, comer, viajar, convivir e incluso descansar. Todo eso ocurre a pesar de que la riqueza en el mundo es cada vez mayor, hay más satisfactores, más tecnología, más medios de comunicación; y sin embargo, también existe una gran inseguridad pública, un gran malestar social y una gran insatisfacción personal, grupal y laboral, en pocas palabras, el pesimismo y el fatalismo se han disparado y los niveles de felicidad en las personas han disminuido de manera alarmante.

En tal sentido, vale la pena comentar acerca de la importancia de recuperar la felicidad, que ha sido y es uno de los temas que más ha preocupado a los hombres y a los pensadores a lo largo de la historia. Por ejemplo, hace veinticinco siglos Sócrates afirmó que no existía felicidad sin valores éticos como la virtud, Epicuro planteó que la felicidad provenía de vivir en un continuo placer y Aristóteles la definió como el bien supremo del hombre.

En la actualidad, creo que todos coincidimos en la importancia de buscar la felicidad en lugar de la riqueza, aunque la vida en sociedad, afirman otros pensadores, tendría que basarse en cuatro ejes fundamentales, que implican necesariamente la riqueza, a saber: desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo, preservación y promoción de la cultura, conservación del medio ambiente y buen gobierno.

Más allá de pensar que el dinero no da la felicidad es claro que no podemos prescindir de él, pues ayuda a sentar unas bases sólidas para conseguirla. Por tanto, se requiere que todos llevemos a cabo actividades productivas (trabajar, pues), que procuren los recursos necesarios para la satisfacción de las necesidades básicas, como el alimento, la vivienda y el vestido; además, es importante que las personas realicen otras actividades que les permitan la socialización, la conversación, la convivencia, la gratificación sexual y el disfrute de las artes, así como actividades que lleven al reconocimiento social o al ejercicio del poder político, para alcanzar la satisfacción personal y la autorrealización.

A fin de ser felices, de nuevo, tenemos que cambiar, de manera creativa e inteligente, algunas formas de relación humana que se han venido reproduciendo, en detrimento de la sana y pacífica convivencia, haciendo eco de nuestra naturaleza humana que nos da la magnífica posibilidad de reinventarnos y buscar nuevas alternativas de encuentro con otros seres humanos.

En este sentido, en básico pensar en la mejora de la convivencia social en general, a través del fortalecimiento de las habilidades sociales y emocionales de las personas, la autoeficacia y la cooperación, en los distintos ámbitos en los que se desenvuelven: el hogar, la escuela, el trabajo y los distintos grupos sociales en los que participan.

Se trata de reaprender a convivir, estimulando el desarrollo de la inteligencia, al menos en tres áreas muy específicas: la inteligencia emocional, a fin de identificar, comprender, razonar y regular las propias emociones; la inteligencia social, que nos permita entender y relacionarnos con los demás, tomando en cuenta el contexto en el que cada cual se desenvuelve; y la inteligencia interpersonal, que propicia el acercamiento y la comprensión de los otros, dando equilibrio, confiabilidad y estabilidad a las relaciones familiares, de pareja, de amigos o compañeros de trabajo.

Para construir nuevas formas de convivencia o rescatar formas de convivencia exitosas en el pasado es conveniente que a nivel escolar o familiar y en el ámbito institucional, se eduque a las personas con formas diferentes, con cambios significativos en el lenguaje, para construir paulatinamente una cultura de inclusión, de respeto a la diversidad.

En el caso de los niños, las acciones educativas habrán de enfocarse en el desarrollo de la empatía, la autoestima y la resiliencia, propiciando en ellos la autovalía, el optimismo y la autoestima, competencias que les pueden servir para el reconocimiento de fortalezas y debilidades, la definición de expectativas y metas, la solución de problemas, aprovechar oportunidades y aprender de los errores.

En cuanto a los adultos es importante que se propicien acciones de empoderamiento y corresponsabilidad, autoeficacia y empatía, y desarrollar habilidades de comunicación y escucha activa, de compasión y conciencia solidaria, de amor y aceptación de los hijos, así como capacidades para cambiar patrones negativos, resolver problemas y tomar decisiones, promover la disciplina y el autocontrol, reconocer errores, cumplir metas y expectativas y desarrollar el compromiso y la responsabilidad.

En general, es responsabilidad de todos participar en la construcción de una convivencia general pacífica, basada en el respeto a los derechos, principios y valores humanos, en un ámbito de tolerancia, con amplia apertura a la diversidad y la perspectiva de género, como herramientas para combatir con éxito la ansiedad, la depresión, el estrés, el pesimismo y la fatalidad, que son los signos del deterioro social que hoy padecemos.

El alcance de la felicidad no es una tarea que se pueda cumplir de manera individual, aunque pudiera pretenderse, pues somos seres gregarios y sociales por naturaleza, de tal modo que a partir del reconocimiento, la convivencia, la colaboración y el intercambio entre unos y otros, podemos trabajar juntos para alcanzar lo que queremos, nuestras metas y nuestros anhelos, que son los vehículos a través de los cuales podremos lograr nuestra felicidad.
 
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