Opinión / Columna
 
Enrique Medina Vidaña 
Mejorar resultados de las escuelas
El Sol de Durango
23 de septiembre de 2016

 

ENRIQUE MEDINA VIDAÑA





Siempre hemos sabido que no basta con ir a la escuela para adquirir los conocimientos y las competencias que se requieren para tener un desempeño autónomo y suficiente que nos permitan alcanzar en el futuro éxito profesional y una mejor calidad de vida, pues una buena formación académica y una educación integral para los alumnos dependen de muchos factores, internos y externos a la escuela, de entre los que destacan la eficiencia y la eficacia de los profesores y la capacidad de gestión de los directivos escolares.

Así pues, queda claro que los profesores tienen un papel clave en el logro de buenos resultados educativos por parte de los estudiantes; y que, en este caso, los propios estudiantes, los padres de familia y los directivos de las escuelas no se equivocan al distinguir a un buen profesor de otro no tan bueno. Por otra parte, también es cierto que a la fecha, en muchas escuelas públicas, y en otras tantas privadas, no se han tenido y no se tienen actualmente las condiciones propicias para convertirse en verdaderos lugares de cambio, en donde se pueda preparar de la mejor manera a los alumnos.

A este respecto, el balance es poco halagüeño, más bien negativo, pues lo que aprenden los niños y jóvenes en las escuelas de enseñanza obligatoria, e incluso privada, siguen siendo muy pobres, en comparación con los estándares educativos nacionales e internacionales esperables, medidos por instituciones u organismos como la SEP, el INEE, el CENEVAL, la ANUIES, la OCDE, la UNESCO, la OEA o la CCE.

¿Qué es lo que hace falta para que mejoren los resultados de la educación mexicana?, ¿qué es lo que está fallando en las escuelas y en los salones de clase?, ¿por qué no han tenido éxito las acciones de profesionalización docente?, ¿qué ha fallado en la implementación de los programas de apoyo como escuelas de calidad, de tiempo completo o de excelencia?

Tal vez, una primera falla se encuentre en que actualizar y capacitar a los docentes o directivos no es equivalente a desarrollarlos profesionalmente, pues muchas veces estas acciones no tienen la formalidad o calidad que se requiere, además de que no hay acciones de seguimiento que validen o constaten que lo que se aprendió en estos eventos se aplique de manera efectiva y consistente en las escuelas y las aulas. Es decir, la capacitación y la actualización de docentes y directivos no tienen en la práctica un impacto visible y medible en el aprendizaje y el desempeño escolar de los estudiantes.

Hay que reconocer que, aunque se ha incrementado el conocimiento acerca de las estrategias de gestión escolar de los directivos y se ha avanzado en el cumplimiento administrativo de integrar y presentar un proyecto escolar en cada una de las escuelas públicas, ambas acciones no han ofrecido soluciones duraderas y transformadoras para las escuelas, pues no hay un cambio sustantivo y mucho menos progresivo de los resultados escolares que se obtienen.

En este mismo sentido, a pesar del discurso oficialista de apoyo e impulso a la autogestión escolar, a la autonomía de la escuela, al trabajo colegiado en los consejos técnicos escolares y a los diversos apoyos que se entregan a las escuelas, estas siguen estando subordinadas a la enorme cadena de mando que dirige el sistema educativo -en lo oficial y en lo sindical- y que es portadora de múltiples relaciones e intereses, muchas veces ajenos al verdadero desarrollo educativo.

Cabe destacar que, además de lo anterior, hay tres fenómenos importantes que afectan e influyen poderosamente a la escuela y que le impiden mejorar los resultados educativos; a saber: 1) nuevas dinámicas familiares y pautas de crianza de los estudiantes, poco valoradas al interior de las escuelas; la violencia social recurrente y creciente que permea las paredes escolares y la pérdida paulatina de la autoridad docente ante los alumnos, los padres de familia y la sociedad en general; 2) la excesiva carga de tareas, no necesariamente formativas, que tienen los maestros, provenientes de programas y proyectos internos y externos al sistema educativo, que son ajenos a los contenidos de los planes y programas de estudio; y 3) los rígidos e inmodificables mecanismos de poder oficial y sindical, que condicionan el libre accionar de los centros educativos.

En este contexto, complicado y convulso, pero a la vez rígido y rutinario, las escuelas solo podrán mejorar en la medida en que cuenten con mejores maestros, más competentes, conocedores del medio social circundantes a la escuela y comprometidos con la necesidad de cambio y logro académico; con directivos mejor formados, con capacidad de liderazgo académico y educativo, conscientes de que el funcionamiento óptimo de la escuela requiere de una comunidad escolar integrada y enfocada en una meta fundamental: la adquisición de aprendizajes y el desarrollo de competencias por parte de los estudiantes.

Es urgente pues que se mejoren los resultados educativos en todos los niveles y modalidades de la educación; para ello, se requiere que los alumnos sean atendidos por maestros de alta competencia, que se formen continuamente, que sean capaces de trabajar colaborativamente con sus pares y sus padres de familia, que tomen conciencia de que es importante autoevaluarse y evaluarse periódicamente, para demostrar su competencia y poder mejorar su desempeño, lo que les permitirá aprender, reaprender y trasformar su propia práctica docente.

Se necesitan mejores directivos escolares, más capacitados, con mayor iniciativa, ciertos de que tienen que salir de su zona de confort, que es al interior de la escuela, para abrir y extender la gestión no sólo a la estructura del sistema educativo sino al contexto de su escuela; tienen que ir a los domicilios de los padres de familia, conocer a fondo las necesidades de los estudiantes, buscar mejores medios y mayores recursos para transformar la escuela en una comunidad que aprenda constantemente.

Las escuelas, los maestros, los directivos escolares, los niños y jóvenes, los padres de familia y las comunidades educativas en su conjunto, requieren de apoyos directos e indirectos, no solo asistenciales sino estructurales, que transformen las líneas de mando y de autoridad, así como los canales de comunicación ascendente y descendente, como prerrequisitos para fundamentar un cambio y una mejora efectiva de la escuela y de la función docente.

Para este propósito, será fundamental el papel que pueda desempeñar la nueva autoridad educativa estatal, quien después de diagnosticar el estado que guarda el sistema educativo, tendrá que tomar acciones que puedan finalmente apuntalar el camino de la profesionalización docente y directiva, para la mejora consistente de los resultados de la escuela.
 
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