Turismo
Madrid y sus tentaciones
Organización Editorial Mexicana
8 de noviembre de 2009
María Esther Estrada / Corresponsal
Qué le puedo decir? Madrid... es Madrid. Debo compartirles que viví en esta ciudad durante cinco años y tengo los mejores recuerdos de mi estancia aquí: buenos amigos, seguridad, intensa vida cultural, magnífica gastronomía y una inigualable oferta vinícola entre muchas otras características que me invitan a volver una y otra vez.
Estos días, mientras circulaba por la ciudad, realmente "la sufrí" porque muchas calles y avenidas de la zona céntrica están en obras. Ya sabe usted a lo que me refiero: trayectos cortos que se vuelven eternos, y que cuando no se circula en el auto propio, el taxímetro no deja de contar. En estos momentos es cuando uno adora el metro, porque ignora lo que sucede en la superficie y sigue prestando su servicio eficiente y puntualmente.
Pero bueno, una vez en la capital española, una visita obligada es a las exposiciones temporales que tienen los museos del triángulo de oro, entre los que están el Prado y el Thyssen-Bornemisza. En esta ocasión les hablaré sobre este último... muestras pasadas y presentes.
* Hace unos meses... Matissse
Por favor no me reclame que no le avisé a tiempo, porque tendría razón, pero por primera vez le hablaré sobre una exposición que estuvo abierta al público, y ya no. La visité en sus últimos días y quedé tan encantada con ella que aunque haya terminado, me gustaría compartirla con usted. Trató sobre la vida y obra de Henri Matisse entre 1917 y 1941, un período poco conocido, o mejor dicho, poco valorado, de este magnífico pintor francés.
Intentemos ubicarnos en Europa, en la época entre las dos Guerras Mundiales. Matisse decidió imprimir un giro a su trayectoria artística. Fue consciente de que ya no era factible realizar obras de gran formato (que habían sido su especialidad hasta ese momento), sino que debería dedicarse a la pintura de caballete, donde una pieza pequeña llevaba en sí un mensaje completo. Empezó saliéndose de París para dedicarse por completo a su investigación pictórica. Con este fin se instaló en Niza, una ciudad al sur de Francia con unas condiciones óptimas de iluminación natural y un clima muy agradable.
Acondicionó como estudio la habitación de un hotel, con vista a la playa. Ahí aprovechó la luz del sur, reflejada en el mar, que iluminaba el espacio muchas veces vacío u ocupado por alguna figura femenina en reposo, aunque debo decir que en casi todos los casos, el motivo dominante era la propia ventana y lo que a través de ella se podía divisar.
Posteriormente se instaló en un edificio dentro de la ciudad, con lo que sus escenas de interior se convierten en teatros en miniatura en los que se intensificaba la relación del pintor con sus modelos. Sin embargo, la mirada se extravía entre espejos, flores, sedas, joyas y el arabesco de muchas de las telas que pinta con gran detalle y gran colorido.
En esa época le escribió a su esposa: "Estoy bien enganchado al trabajo y voy progresando. Subo la cuesta. Decirte cómo será no puedo, porque todavía no he llegado, pero mi idea es ir cada vez más hacia la verdadera pintura".
Por lo menos durante éste período, Henri Matisse utilizó básicamente mujeres como modelos y una ambientación fuertemente marroquí, fruto de un viaje que realizó años antes a ese país. Odaliscas, dibujos geométricos, tonalidades del desierto africano y espacios llenos de objetos cubren sus lienzos. Muchos desnudos femeninos en su obra.
Al respecto escribió: "Mis modelos no son simplemente las comparsas de un escenario. Son el tema principal de mi trabajo. Dependo totalmente de ellas y por ello las observo en libertad para luego fijar la postura que mejor corresponde a su naturaleza. Cuando tomo una modelo nueva la observo en el abandono de su reposo para poder adivinar la postura que más le conviene... Sus formas no son siempre perfectas, pero sí expresivas".
Pero no sólo hay pinturas. Para descansar y poder mirar sus ideas con otras perspectivas, este artista francés se refugiaba en la escultura y el dibujo, que también pudimos admirar en esta exposición.
Matisse decía que para él la escultura era una manera de ejercitarse. "He hecho escultura como un complemento de estudios. Cuando estaba cansado de hacer pintura. Por cambiar de medio. Pero he hecho escultura como un pintor, no como un escultor". Una pieza que lo mantuvo ocupado entre 1922 y 1929, "Gran desnudo sentado", tuvo un lugar importante en la muestra del Museo Thyssen durante el verano.
Tras una crisis en su expresión artística que le duró tres años, en 1930 emprendió un largo viaje a Tahití, durante el que prácticamente dejó de pintar. A su regreso recibió un nuevo encargo mural de Alfred Barnes, un hombre de negocios norteamericano, al que dedicó tres años. Cuando volvió a la pintura de caballete, en 1934, el mercado de arte moderno había sido prácticamente barrido de Europa por la crisis económica de 1929. A pesar de la llegada de Hitler al poder en Alemania, al estallido de la guerra civil española y al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Henri decidió quedarse en Francia y no emigrar como muchos de sus amigos. Su salud empeoró y se tuvo que someter a una intervención quirúrgica que lo llevó a las puertas de la muerte. Aunque nunca se repuso totalmente, la enfermedad no le impidió sumergirse de nuevo en su trabajo, concentrándose en una serie de dibujos a los que tituló "Temas y variaciones".
En total, 74 obras estuvieron colgadas de los muros del museo entre junio y septiembre de este año. ¡Fue una visita tan interesante!
Ahora... Las lágrimas de Eros, Jan Van Eyck y Henri Fantin-Latour.
Estos son los nombres de las tres exposiciones que se pueden visitar actualmente en el Museo Thyssen-Bornemisza.
El lema de la primera es muy sugerente. Es el título del último libro de Georges Bataille (1961), donde el autor francés aborda la íntima relación entre Eros y Tanatos, entre la pulsión sexual y el instinto de muerte. Había leído reportajes sobre ella y planteaban que era muy difícil encontrar la división entre erotismo y pornografía. Pero debo decirles que salí sintiendo que podían haber hecho mucho más, que algo había faltado. En las distintas salas se encuentran representaciones del mito de Venus; Eva, tentada y tentadora, con la serpiente como cómplice; esfinges y sirenas a las que se les supone poseedoras de un gran poder de seducción. No podía faltar la representación pictórica y escultórica de los besos, planteados como la manera que tienen los amantes para fundirse en un solo ser. En la segunda parte de la exposición, que se encuentra en la Sala de las Alhajas de la Fundación Caja Madrid, lo que muestran es a la muerte erotizada, ya sea suavizada o embellecida como hermana del sueño, o representada con rasgos terroríficos.
Creo que lo que más me gustó de esta muestra es que tuve oportunidad de volver a ver dos esculturas de Auguste Rodin, que son parte de la colección permanente del museo: "Cristo y la Magdalena" (1905) y "El Nacimiento de Venus" (1906), además, de un relieve en madera de Paúl Gauguin (1901) titulado: "Enamoraos y seréis felices", y "Las tentaciones de San Antonio" de Paúl Cézanne (1877).
La exposición de Jan Van Eyck es muy pequeñita, apenas 18 obras, de las cuales la más importante es el "Díptico de la Anunciación", 1435-1440, de ese artista holandés, que fue un magnífico grisallista, es decir, que empleó la técnica basada en la aplicación graduada de un único color, generalmente gris, utilizando el modelado por sombras, con lo que se produce un efecto de relieve escultórico. Interesante y se recorre en un santiamén.
La tercera, y a mi gusto la mejor, es una muestra monográfica sobre el francés Henri Fantin-Latour (1836-1904), un artista no demasiado reconocido pero no por eso menos valioso. Setenta pinturas agrupadas en siete temas, que despliegan ante el público la riqueza y detalle de estos lienzos.
Empieza la muestra con una serie de autorretratos que nos permiten conocerlo en diferentes momentos de su vida. Es un diario íntimo visual que registra tanto sus variaciones de ánimo como el paso del tiempo.
Al escuchar su biografía en la audioguía, me enteré que este joven artista, en sus años tempranos, dedicó mucho de su tiempo y esfuerzo a copiar obras maestras que colgaban en el Museo del Louvre. Algunas por el placer de aprender y otras por encargo. Incluso hay una, "Bodas de Caná", copia de un original de Veronés, que realizó en 1859 para un coleccionista mexicano, el Sr. Pina. La obra actualmente es propiedad de Conaculta, que la prestó para esta ocasión.
Otro tema que fascinaba a Henri y donde mostraba su virtuosismo, son las flores y frutas. Naturalezas muertas que fueron evolucionando, junto con él. Cada vez menos objetos, pero con mayor detalle. ¡Bellísimas!
En cuanto a retratos, los curadores de la muestra nos dicen que a él realmente le gustaba pintar a sus familiares y amigos íntimos, pero que se aburría con los encargos que le hacían para retratar a desconocidos. Entre los más expresivos de la muestra están el que hizo de su cuñada, Charlotte Dubourg, o los de sus amigos y promotores en Inglaterra, el matrimonio Edwards.
La muestra cierra con una serie de obras sobre alegorías musicales, dedicadas a Schumann, Brahms, Berlioz y Wagner que pintó sobre todo en sus últimos años.
Como siempre digo cuando salgo de un museo: ¡Qué delicia, hoy aprendí algo!
Si le interesa conocer un poco más sobre estas exposiciones, lo invito a visitar la web: www.museo-thyssen.org
* No podía faltar el componente gastronómico.
Imagine, tras un delicioso abrebocas cultural en el museo, llegar a comer algo típico español, cochinillo frito, en uno de los lugares más emblemáticos de Madrid: Botín, en la calle de Cuchilleros, en pleno centro de la ciudad.
He comido ahí varias veces antes. Un restaurante que vive lleno, con una proporción de aproximadamente 60 por ciento de turistas y 40 por ciento de españoles, no sólo de madrileños. Según lo que ellos dicen, el restaurante más antiguo del mundo (fundado en 1725)... y uno de los más visitados en la actualidad.
Originalmente fue una posada donde arrieros y mercaderes remataban sus productivos viajes, cómodamente cerca de la Plaza Mayor que en sus calles circundantes reunía casi todo el comercio y talleres de la Villa. De hace trescientos años data el horno, sólidamente construido y parte esencial de la casa, sin duda alguna el motivo de la longevidad de la construcción. ¡Entrar en la cocina y verlo es remontarse en el tiempo! Está decorado con azulejos, la leña de encina sigue proporcionando el calor y el aroma que dan la bienvenida a los comensales. Además, los cocineros, con sus uniformes blancos y sus rostros arrobados por el calor, podrían perfectamente pertenecer a tiempos idos.
Aunque usted no lo crea, es casi imposible conseguir mesa si no se reserva con anticipación. Pero donde lo sienten, todo es igual, ya sea en la cava, bajo tierra, cerrada, pero donde literalmente se vive la historia, o en los otros niveles, el servicio es magnífico y la comida, deliciosa. Si no le molesta, le diré lo que pedí: de entrada unas alcachofas con jamón serrano... inmejorables; de plato fuerte, la especialidad de la casa: cochinillo bien cocinado al horno... una delicia que podría decir que es para chuparse los dedos, aunque lo coma uno civilizadamente con tenedor y cuchillo; de postre uno de higos y nueces, acompañado de café y un orujo (aguardiente) de madroño, ¡más madrileño no se podría! Recuerde que el símbolo de esta ciudad es un oso comiéndose esta fruta!
Si quiere leer algo más sobre este lugar, en www.botin.es encontrará la carta, su historia y una serie de anécdotas muy amenas.
Es uno de los restaurantes centenarios que tiene Madrid, al que se han referido escritores nacionales como Benito Pérez Galdós y Ramón Gómez de la Serna. Entre los autores extranjeros que han caído rendidos ante su ambiente y su comida, están Scott Fitzgerald, Graham Greene, Frederick Forsyth, James Michener, Ernest Hermingway... y yo.
Cualquier comentario relacionado con este artículo, favor de dirigirlo a:
mestrada@elsoldemexico.com.mx
Qué le puedo decir? Madrid... es Madrid. Debo compartirles que viví en esta ciudad durante cinco años y tengo los mejores recuerdos de mi estancia aquí: buenos amigos, seguridad, intensa vida cultural, magnífica gastronomía y una inigualable oferta vinícola entre muchas otras características que me invitan a volver una y otra vez.
Estos días, mientras circulaba por la ciudad, realmente "la sufrí" porque muchas calles y avenidas de la zona céntrica están en obras. Ya sabe usted a lo que me refiero: trayectos cortos que se vuelven eternos, y que cuando no se circula en el auto propio, el taxímetro no deja de contar. En estos momentos es cuando uno adora el metro, porque ignora lo que sucede en la superficie y sigue prestando su servicio eficiente y puntualmente.
Pero bueno, una vez en la capital española, una visita obligada es a las exposiciones temporales que tienen los museos del triángulo de oro, entre los que están el Prado y el Thyssen-Bornemisza. En esta ocasión les hablaré sobre este último... muestras pasadas y presentes.
* Hace unos meses... Matissse
Por favor no me reclame que no le avisé a tiempo, porque tendría razón, pero por primera vez le hablaré sobre una exposición que estuvo abierta al público, y ya no. La visité en sus últimos días y quedé tan encantada con ella que aunque haya terminado, me gustaría compartirla con usted. Trató sobre la vida y obra de Henri Matisse entre 1917 y 1941, un período poco conocido, o mejor dicho, poco valorado, de este magnífico pintor francés.
Intentemos ubicarnos en Europa, en la época entre las dos Guerras Mundiales. Matisse decidió imprimir un giro a su trayectoria artística. Fue consciente de que ya no era factible realizar obras de gran formato (que habían sido su especialidad hasta ese momento), sino que debería dedicarse a la pintura de caballete, donde una pieza pequeña llevaba en sí un mensaje completo. Empezó saliéndose de París para dedicarse por completo a su investigación pictórica. Con este fin se instaló en Niza, una ciudad al sur de Francia con unas condiciones óptimas de iluminación natural y un clima muy agradable.
Acondicionó como estudio la habitación de un hotel, con vista a la playa. Ahí aprovechó la luz del sur, reflejada en el mar, que iluminaba el espacio muchas veces vacío u ocupado por alguna figura femenina en reposo, aunque debo decir que en casi todos los casos, el motivo dominante era la propia ventana y lo que a través de ella se podía divisar.
Posteriormente se instaló en un edificio dentro de la ciudad, con lo que sus escenas de interior se convierten en teatros en miniatura en los que se intensificaba la relación del pintor con sus modelos. Sin embargo, la mirada se extravía entre espejos, flores, sedas, joyas y el arabesco de muchas de las telas que pinta con gran detalle y gran colorido.
En esa época le escribió a su esposa: "Estoy bien enganchado al trabajo y voy progresando. Subo la cuesta. Decirte cómo será no puedo, porque todavía no he llegado, pero mi idea es ir cada vez más hacia la verdadera pintura".
Por lo menos durante éste período, Henri Matisse utilizó básicamente mujeres como modelos y una ambientación fuertemente marroquí, fruto de un viaje que realizó años antes a ese país. Odaliscas, dibujos geométricos, tonalidades del desierto africano y espacios llenos de objetos cubren sus lienzos. Muchos desnudos femeninos en su obra.
Al respecto escribió: "Mis modelos no son simplemente las comparsas de un escenario. Son el tema principal de mi trabajo. Dependo totalmente de ellas y por ello las observo en libertad para luego fijar la postura que mejor corresponde a su naturaleza. Cuando tomo una modelo nueva la observo en el abandono de su reposo para poder adivinar la postura que más le conviene... Sus formas no son siempre perfectas, pero sí expresivas".
Pero no sólo hay pinturas. Para descansar y poder mirar sus ideas con otras perspectivas, este artista francés se refugiaba en la escultura y el dibujo, que también pudimos admirar en esta exposición.
Matisse decía que para él la escultura era una manera de ejercitarse. "He hecho escultura como un complemento de estudios. Cuando estaba cansado de hacer pintura. Por cambiar de medio. Pero he hecho escultura como un pintor, no como un escultor". Una pieza que lo mantuvo ocupado entre 1922 y 1929, "Gran desnudo sentado", tuvo un lugar importante en la muestra del Museo Thyssen durante el verano.
Tras una crisis en su expresión artística que le duró tres años, en 1930 emprendió un largo viaje a Tahití, durante el que prácticamente dejó de pintar. A su regreso recibió un nuevo encargo mural de Alfred Barnes, un hombre de negocios norteamericano, al que dedicó tres años. Cuando volvió a la pintura de caballete, en 1934, el mercado de arte moderno había sido prácticamente barrido de Europa por la crisis económica de 1929. A pesar de la llegada de Hitler al poder en Alemania, al estallido de la guerra civil española y al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Henri decidió quedarse en Francia y no emigrar como muchos de sus amigos. Su salud empeoró y se tuvo que someter a una intervención quirúrgica que lo llevó a las puertas de la muerte. Aunque nunca se repuso totalmente, la enfermedad no le impidió sumergirse de nuevo en su trabajo, concentrándose en una serie de dibujos a los que tituló "Temas y variaciones".
En total, 74 obras estuvieron colgadas de los muros del museo entre junio y septiembre de este año. ¡Fue una visita tan interesante!
Ahora... Las lágrimas de Eros, Jan Van Eyck y Henri Fantin-Latour.
Estos son los nombres de las tres exposiciones que se pueden visitar actualmente en el Museo Thyssen-Bornemisza.
El lema de la primera es muy sugerente. Es el título del último libro de Georges Bataille (1961), donde el autor francés aborda la íntima relación entre Eros y Tanatos, entre la pulsión sexual y el instinto de muerte. Había leído reportajes sobre ella y planteaban que era muy difícil encontrar la división entre erotismo y pornografía. Pero debo decirles que salí sintiendo que podían haber hecho mucho más, que algo había faltado. En las distintas salas se encuentran representaciones del mito de Venus; Eva, tentada y tentadora, con la serpiente como cómplice; esfinges y sirenas a las que se les supone poseedoras de un gran poder de seducción. No podía faltar la representación pictórica y escultórica de los besos, planteados como la manera que tienen los amantes para fundirse en un solo ser. En la segunda parte de la exposición, que se encuentra en la Sala de las Alhajas de la Fundación Caja Madrid, lo que muestran es a la muerte erotizada, ya sea suavizada o embellecida como hermana del sueño, o representada con rasgos terroríficos.
Creo que lo que más me gustó de esta muestra es que tuve oportunidad de volver a ver dos esculturas de Auguste Rodin, que son parte de la colección permanente del museo: "Cristo y la Magdalena" (1905) y "El Nacimiento de Venus" (1906), además, de un relieve en madera de Paúl Gauguin (1901) titulado: "Enamoraos y seréis felices", y "Las tentaciones de San Antonio" de Paúl Cézanne (1877).
La exposición de Jan Van Eyck es muy pequeñita, apenas 18 obras, de las cuales la más importante es el "Díptico de la Anunciación", 1435-1440, de ese artista holandés, que fue un magnífico grisallista, es decir, que empleó la técnica basada en la aplicación graduada de un único color, generalmente gris, utilizando el modelado por sombras, con lo que se produce un efecto de relieve escultórico. Interesante y se recorre en un santiamén.
La tercera, y a mi gusto la mejor, es una muestra monográfica sobre el francés Henri Fantin-Latour (1836-1904), un artista no demasiado reconocido pero no por eso menos valioso. Setenta pinturas agrupadas en siete temas, que despliegan ante el público la riqueza y detalle de estos lienzos.
Empieza la muestra con una serie de autorretratos que nos permiten conocerlo en diferentes momentos de su vida. Es un diario íntimo visual que registra tanto sus variaciones de ánimo como el paso del tiempo.
Al escuchar su biografía en la audioguía, me enteré que este joven artista, en sus años tempranos, dedicó mucho de su tiempo y esfuerzo a copiar obras maestras que colgaban en el Museo del Louvre. Algunas por el placer de aprender y otras por encargo. Incluso hay una, "Bodas de Caná", copia de un original de Veronés, que realizó en 1859 para un coleccionista mexicano, el Sr. Pina. La obra actualmente es propiedad de Conaculta, que la prestó para esta ocasión.
Otro tema que fascinaba a Henri y donde mostraba su virtuosismo, son las flores y frutas. Naturalezas muertas que fueron evolucionando, junto con él. Cada vez menos objetos, pero con mayor detalle. ¡Bellísimas!
En cuanto a retratos, los curadores de la muestra nos dicen que a él realmente le gustaba pintar a sus familiares y amigos íntimos, pero que se aburría con los encargos que le hacían para retratar a desconocidos. Entre los más expresivos de la muestra están el que hizo de su cuñada, Charlotte Dubourg, o los de sus amigos y promotores en Inglaterra, el matrimonio Edwards.
La muestra cierra con una serie de obras sobre alegorías musicales, dedicadas a Schumann, Brahms, Berlioz y Wagner que pintó sobre todo en sus últimos años.
Como siempre digo cuando salgo de un museo: ¡Qué delicia, hoy aprendí algo!
Si le interesa conocer un poco más sobre estas exposiciones, lo invito a visitar la web: www.museo-thyssen.org
* No podía faltar el componente gastronómico.
Imagine, tras un delicioso abrebocas cultural en el museo, llegar a comer algo típico español, cochinillo frito, en uno de los lugares más emblemáticos de Madrid: Botín, en la calle de Cuchilleros, en pleno centro de la ciudad.
He comido ahí varias veces antes. Un restaurante que vive lleno, con una proporción de aproximadamente 60 por ciento de turistas y 40 por ciento de españoles, no sólo de madrileños. Según lo que ellos dicen, el restaurante más antiguo del mundo (fundado en 1725)... y uno de los más visitados en la actualidad.
Originalmente fue una posada donde arrieros y mercaderes remataban sus productivos viajes, cómodamente cerca de la Plaza Mayor que en sus calles circundantes reunía casi todo el comercio y talleres de la Villa. De hace trescientos años data el horno, sólidamente construido y parte esencial de la casa, sin duda alguna el motivo de la longevidad de la construcción. ¡Entrar en la cocina y verlo es remontarse en el tiempo! Está decorado con azulejos, la leña de encina sigue proporcionando el calor y el aroma que dan la bienvenida a los comensales. Además, los cocineros, con sus uniformes blancos y sus rostros arrobados por el calor, podrían perfectamente pertenecer a tiempos idos.
Aunque usted no lo crea, es casi imposible conseguir mesa si no se reserva con anticipación. Pero donde lo sienten, todo es igual, ya sea en la cava, bajo tierra, cerrada, pero donde literalmente se vive la historia, o en los otros niveles, el servicio es magnífico y la comida, deliciosa. Si no le molesta, le diré lo que pedí: de entrada unas alcachofas con jamón serrano... inmejorables; de plato fuerte, la especialidad de la casa: cochinillo bien cocinado al horno... una delicia que podría decir que es para chuparse los dedos, aunque lo coma uno civilizadamente con tenedor y cuchillo; de postre uno de higos y nueces, acompañado de café y un orujo (aguardiente) de madroño, ¡más madrileño no se podría! Recuerde que el símbolo de esta ciudad es un oso comiéndose esta fruta!
Si quiere leer algo más sobre este lugar, en www.botin.es encontrará la carta, su historia y una serie de anécdotas muy amenas.
Es uno de los restaurantes centenarios que tiene Madrid, al que se han referido escritores nacionales como Benito Pérez Galdós y Ramón Gómez de la Serna. Entre los autores extranjeros que han caído rendidos ante su ambiente y su comida, están Scott Fitzgerald, Graham Greene, Frederick Forsyth, James Michener, Ernest Hermingway... y yo.
Cualquier comentario relacionado con este artículo, favor de dirigirlo a:
mestrada@elsoldemexico.com.mx