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Morelos
Pero...
El Sol de Cuernavaca
3 de diciembre de 2008
Guillermo Mañón
Jojutla, Morelos.- Le decía pues, que de nuestra lectura del libro "Gendarmes y guaruras" -Populibros de la Prensa-, escrito por el reportero David García Salinas -Cronista de las prisiones de México-, obtuvimos algunas referencias que nos permiten conocer la historia de la Policía en la ciudad de México, y entender la conformación y funcionamiento de los actuales cuerpos policíacos; este conocimiento puede considerarse, en las condiciones de hoy en día, asunto de vida o muerte, recurso de supervivencia; pues el libro contiene referencias a situaciones que si no son idénticas, se parecen a las actuales, si no, vea usted: "El Gobernador del Distrito (Federal) Celestino Gasca, sostenía también incómodas y continuas reyertas verbales con el Inspector General de policía, por las insistentes y fundadas quejas de los ciudadanos que sufrían a diario robos y asaltos, sin jamás recibir ayuda policíaca. "El gobernador se excusaba alegando que correspondía al ayuntamiento resolver estos problemas de vigilancia y aunque en la ciudad de México existían pocas construcciones, había en cambio inmensos y extensos llanos por doquier; las estadísticas, corroboradas por los jefes policiales, hablaban de que unos 10 mil rateros constituían el azote de los inermes ciudadanos." Claro que estamos hablando de la ciudad de México en la década iniciada en 1920, si ahora hubiera solamente 10 mil rateros, creo que la gente -y hasta la policía- de esa ciudad estaría punto menos que felices. "Gasca y el jefe de la policía parecían enemigos. Las dificultades surgidas entre ambos se recrudecieron a grado tal que el Inspector General presentó su dimisión, pero era tan buen policía que ésta no le fue aceptada. Al enterarse del conflicto, el Presidente de la Huerta (Adolfo de la Huerta, Presidente provisional de México, de junio a noviembre de 1920) los invitó a desayunar, los reconcilió y los exhortó a trabajar en armonía en bien de la seguridad de los habitantes." Esto ocurría cuando los políticos no eran tan retobados, díscolos ni irrespetuosos con el Presidente de la República, y, sobre todo los policías atendían -en buena medida- a consignas como la que menciona el libro: "Un hombre investido de autoridad para convertirse en policía, por mandato de la ley, debe servir a los ciudadanos con valentía, lealtad, honestidad y responsabilidad. La pistola y la credencial debe utilizarlas para hacer el bien." Pero... no crea usted, también hubo malos policías en aquellos tiempos, y muy buenos, como debe haber ahora; había también estrategias y operativos que proporcionaban seguridad a la población: "En los años 1920 y siguientes, la Policía Montada realizaba rondas nocturnas de vigilancia en las calles citadinas, lo que incidió en la disminución del índice de la entonces naciente criminalidad. Cuando fue suspendido este servicio policial, los delincuentes recrudecieron sus acciones." Nada más imaginémonos, si en aquella ciudad, que no llegaba hasta Tlalpan o Azcapotzalco, en la que ni soñaban con la existencia de San Juan de Aragón o Neza; eran necesarios los rondines nocturnos, ¿cómo serán de necesarios ahora?, de día y de noche; inclusive, ¿cuántas ciudades, mucho más grandes que la de México en aquellos tiempos, requieren ahora de esa vigilancia y seguridad?; además, los problemas siempre han sido de la misma naturaleza, de naturaleza humana, por ejemplo las adicciones, a una de ellas literalmente arraigada en México, se refiere el autor del libro en el pie de una foto en que un policía muestra un frondoso ejemplar de canabis incautada entonces: "Algunos particulares tienen su propio cultivo de mariguana. Aquí aparece el gran investigador de los años treintas y curentas, Silvestre Fernández, mostrando una de las matas halladas en el plantío del "narco" (sic) Luis "N" Velázquez D."; la imagen del policía medio calvito, con traje negro, sosteniendo la plantita como agarrando un pollo del pescuezo se antoja, para las condiciones actuales, bastante ingenua, y muestra como, desde entonces, se empezaba a usar la denominación "narco", ahora tan común. En este interesante libro encontramos imágenes de personas, lugares y condiciones que presagiaban la tragedia de estos años en que nos toca vivir, citando por ejemplo que: "Entre los delincuentes detenidos por los del Servicio Secreto y por preventivos, se encuentran individuos con "caídas" a prisión desde los años cincuentas, cuando apenas eran adolescentes y a quienes la cárcel no ha readaptado."; o sea, que las cárceles desde entonces, y ahora peor, han sido -como les llaman otros reporteros escritores- "universidades del crimen", pagadas a costos muy altos en dinero, inseguridad, temor, lesionados y asesinados; por nosotros los contribuyentes, que además seguimos siendo víctimas de esos pertinaces malvivientes. ¿Qué le parecen las referencias del libro al que nos referimos? gmagnoncerrillo@hotmail.com |
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