Sociales
La mujer en Roma
Foto: Archivo / El Sol de Cuernavaca
El Sol de Cuernavaca
7 de agosto de 2008

María José Lasso

Cuernavaca, Morelos.- En el Imperio Romano la estética constituyó una auténtica obsesión. Hombres y mujeres atesoraban fórmulas de cosméticos, se maquillaban, peinaban y depilaban por igual.

Baños y masajes, vestidos, peinados o el cuidado del cuerpo no era exclusivos del sexo femenino, sino que todos los romanos querían embellecerse y cuidarse.

Pero, contrariamente a Grecia, no existía un único ideal de belleza, ya que las sucesivas conquistas del Imperio Romano recogieron influencias dispares de los pueblos dominados. Un ejemplo de ello lo constituye la "locura" de las romanas por ser rubias. Sucedió a la vuelta de la conquista por Julio César de los territorios germánicos. Los esclavos que con él trajo, sorprendieron por el color de su cabello y de su cutis. Con gran velocidad circularon por Roma fórmulas y ungüentos para cambiar el color, generalmente moreno, de la piel y el cabello de las romanas.

En Egipto y en Grecia se inició la costumbre de tener esclavas dedicadas exclusivamente al cultivo de la belleza de sus amos. Esta costumbre se acentuó en la época romana, por lo que las esclavas se especializaron en temas concretos: baños, maquillaje, tocados, etc.

Sobresalen las romanas por el especial cuidado que dedicaban a sus tocados. Sofisticados y barrocos, hasta lo increíble, se hacían con materiales considerados preciosos. Perlas, telas, flores o mallas bordadas eran manipuladas hasta conseguir el tocado más refinado.

La popularización del baño llegó al extremo de edificar en Roma los conocidos baños de Caracalla, con capacidad para 1.600 bañistas o los aún mayores baños termales de Diocleciano, que podían acoger simultáneamente a 3.000 bañistas. Sólo en el siglo IV había en Roma 900 establecimientos de baños termales.

Existía una verdadera pasión por el color rojo. Determinados tonos de rojo estaban permitidos para algunas personas y prohibidos para otras. Estaba prohibido el rojo y el azul para las esclavas, libertas y cortesanas, sólo las mujeres patricias podían usarlo. Usaban muchas joyas, entre ellas caravanas, anillos y pulseras. Su tez era pálida y resaltaban el color de las mejillas con un polvo de tiza de albayalde. En los ojos se colocaban unas pastas compuestas de cenizas de antimonio que se usaban para oscurecer.