Opinión / Columna
 
Editorial 
Los antiquísimos olivos
El Sol de Cuernavaca
4 de diciembre de 2012

  Cuando se va ascendiendo hacia el Partenón, en el corazón de Atenas, las emociones se agolpan, se entremezclan, se funden el azoro, la admiración, la sensualidad, el orgullo y algo de envidia y nostalgia. Se van pisando piedras pulidas por los siglos, mármoles y granitos de colores diversos. Frente a la majestuosidad y perfección estética de ese conjunto helénico de la Acrópolis nada parecería distraer.

Sin embargo, por razones que me es imposible explicar, me impresionó la cantidad de antiquísimos olivos que verdeplatean por doquier en sus laderas y en toda la península madre de la cultura universal. Seguramente me recordaban los troncos retorcidos en la Universidad de Arizona en Tucson o los de Israel en los que Jesucristo inmortalizó el Monte de los Olivos o los que cultivan en Creta los padres de María Mazokopaki, o que plantó Miguel Hidalgo y Costilla en Guanajuato y Michoacán o tal vez los que vi en Baja California Sur antes de llegar a La Ribera en Cabo del Este. No lo sé. El hecho concreto es que lo mismo en la Biblia que el Corán, las Mil y Una Noches o las obras de Pierre Louis en Hendaya, las aventuras de Salgari, las de Lawrence Durrell y tantos y tantos otros libros, los barriles de aceite de oliva o las aceitunas mismas, que tantos y tan bellos ojos han definido para los poetas infinitos, están presentes en la historia de la humanidad en los más singulares capítulos como los viajes de Marco Polo o los de Colón, los de Vasco da Gama o los de Elcano el de Guetaria.

La palabra aceituna viene el Arameo Az Zait. Obviamente quiere decir aceite de la oleácea. El Arameo es el idioma que hablaba Jesús. De allí pasó al Árabe y luego a todos los mediterráneos. Es más, la palabra Mesías quiere decir el ungido en aceite. equivalente al griego Christós. En el judaísmo, salvador descendiente de David, anunciado por los profetas y enviado por Dios. Aunque pueda parecer pleonástico porque se unge con aceite. El verbo ungir viene del latín ungüere (ungir, untar, perfumar con aceite), vocablo del que también derivan ungüento, unción, unto y untar. Respecto al acto de ungir hay que especificar que los perfumes en la antigüedad se presentaban en forma de aceites y que el acto de ungir es un ritual de carácter religioso y a veces apotropaico y social en muchas culturas, que se supone mediático para otorgar una fuerza y una comunicación con lo divino.




 
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