Opinión / Columna
|
Mario Núñez Mariel
Las sardinas se agarraron a mordidas en Cancún
Organización Editorial Mexicana
1 de marzo de 2010
|
Según la expresión de don Luis Padilla Nervo, el espléndido diplomático mexicano, la relación entre los países de América Latina y los Estados Unidos era comparable a la relación del tiburón y las sardinas: el primero siempre terminaba por comerse a las segundas. Por eso, desde los tiempos de Simón Bolivar y Lucas Alamán se pretendía que los hispanoamericanos nos uniéramos para que no nos comieran los anglosajones del Norte. Y ahora en la cumbre reciente de Cancún, las sardinas primero hicieron ostentación de la exclusión de Estados Unidos y Canadá de las conversaciones, para después agarrarse a mordidas entre ellas. No hacía falta que se las tragara el tiburón, las inocentes sardinas se convirtieron en pirañas y se dedicaron a devorarse las unas a las otras.
En lamentable espectáculo, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, el inefable merolico de la boina colorada, se armó de valor y mandó al carajo a su contraparte de Colombia. En respuesta, el presidente Uribe, en su calidad de macho adolorido y cabrón, le exigió a su contraparte venezolana que se comportara como varón y respondiera de frente como los machos. Al venezolano no le quedó más que quedarse a responder los agravios como los meros machos -después de todo había llegado a la cumbre disfrazado de soldado. Mientras tanto, los otros mandatarios que asistieron a la cumbre de los supuestos hermanos contemplaban, entre consternados y divertidos, el encuentro entre cabrones dispuestos a la zacapela como vulgares pandilleros de barrio. Y la escena culminaría con otro gesto inequívoco de lo que es el arreglo de cuentas entre machos cabríos: Raúl Castro levantándole el puño a Hugo Chávez como si fuera el ganador de la pelea. Además, no es poco significativo que Chávez acusara a Uribe de mandarlo matar con supuestos sicarios paramilitares como si se tratara de un encuentro entre matones.
Ahí quedó resumida la historia de la hermandad entre latinoamericanos: se trata de la historia de los desencuentros entre mandatarios machos que se distancian por bocones y fanfarrones. Desde la primera reunión de Panamá de 1826 entre hispanoamericanos, convocada por Simón Bolívar y Lucas Alamán, hasta este encontronazo en Cancún lo que predomina entre latinoamericanos es el machismo oligárquico. Los latinoamericanos somos producto de los sistemas patriarcales y oligárquicos de dominación que hacen del machismo su expresión sistémica. En esos sistemas, la desconfianza a ultranza es la manifestación más común entre los machos patriarcales que impide cualquier cooperación. Los machos primitivos que se hacen los ofendidos para amenazar con su disposición a la represalia o al abandono del lugar.
Los primeros intentos de crear una alianza latinoamericana fracasaron en octubre de 1828 gracias a la lentitud del Senado mexicano para ratificar el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, mejor conocido como Tratado de Panamá. Han pasado cerca de dos siglos y los latinoamericanos siguen sin poder entenderse. Por eso cabe esperar ahora que también fracase el tratado para crear la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Por una simple razón: el machismo sigue imperando y la demagogia latinoamericanista sustituye a la verdadera colaboración.
Estamos ante un fallido triple salto mortal: de modo equivocado se excluyeron del ejercicio a Estados Unidos y Canadá con lujo de ostentación de modo innecesario y ofensivo; se condenó a la OEA para hundirla todavía más como si su disfuncionalidad no fuera responsabilidad de todos, y se pusieron todas las fichas en una apuesta imposible de ganar. Dejar afuera del rompecabezas hemisférico al subcontinente del Norte de América es un craso error geopolítico de los machos latinoamericanos.
Columnas anteriores
Columnas anteriores