Comunidad y Cultura Local
Carlos Mérida, maestro del arte mexicano
Carlos Mérida
El Sol de Cuernavaca
15 de enero de 2007

Por Wilfrido ÁVILA GARCÍA

Los genios, pocas veces y con una dedicación casi religiosa, escogen sus propios rincones, para echar raíces, los cuales en general son excéntricos para el mundo común.

Carlos Mérida nació en Guatemala en 1891, donde dio inicio a sus estudios plásticos que lo llevaron a parís en 1910, para perfeccionar sus estudios con Anglada Camarasana y Amadeo Modigliani, permaneció cuatro años estudiando en los talleres de Picasso, en compañía de Van Dongen, quien lo invita a tomar parte en los ideales de la revolución social que iniciaba en Europa, para estas fechas, además de presentarle las tendencias del cubismo que muy en boga estaba tomando forma en Europa.

En París, durante sus días de estudiante, vivió en el desvencijado Bateu Lavoir, compartiendo un estudio con su maestro Modigliani, siempre apoyado por Picasso, quien se congració con él, y llegar a ser el consentido de los coleccionistas parisienses.

Al regresar a Guatemala, donde los tiempos ancestrales punteaban hacia la selva, Carlos Mérida aplica a su ideal indígena la arquitectura y la escultura tomando como guía lo que la selva le ofrecía para crear muchas de sus majestuosas obras.

En los años veinte, el arte americano empezaba a darse a conocer dentro del mundo cultural, por medio de un grupo de artistas que estaban iniciando una nueva definición del arte, como consecuencia cultural de la Revolución Mexicana, decide venirse a radicar a la Ciudad de México, después de contraer matrimonio en 1919; con la idea de aprender sobre el muralismo que estaba cautivando a los artistas latinoamericanos.

Mérida, veía cómo los murales mexicanos producían una significación, más fuerte que la conciencia social hacia el arte, con una carga bien estructurada de lo que se respiraba en el medio del México en crecimiento.

Con esto, fue el artista que más insistió en establecer una lucha social, para demostrar que todo estaba girando en un mensaje de rebelión en contra de lo que proviniera del norte del país.

A partir de 1920, dio inicio su notable carrera, con una extensa lista de exposiciones individuales y colectivas en galerías y museos de todo el mundo, principalmente sobre su obra gráfica. Mérida es uno de los pocos artistas latinoamericanos que fusionaron el tema prehispánico al modernismo, siendo estas piezas las que introdujeran el abstractismo al arte lírico y gestual como se le conocía.

Su obra rigurosamente geométrica, que en los años sesenta resurgió como el modernismo lineal, con el que se da a conocer en el color y las figuras sobre puestas a las franjas verticales y al fondo negro, que, con esto quiere darle un sentido distinto al planteamiento constructivo del arte modernista.

De esta manera, se convierte en un foco para las siguientes generaciones, una vez que iniciará la calma, en contra con la que inició, 80 años después, su imagen su ha afirmado como la del maestro indudable.

En su origen indígena siempre permaneció en su verdad interna, siempre trato de ponerse en contacto con ella, que fue parte a la meditación, a la cual se dedicó, al saber escuchar dentro de sí mismo, en que sólo el ruido exterior lo alcanzaba a su voluntad, como él decía, gracias a una sordera que padeció y que le ayudó a entender más allá de la paleta, la posesión de cada línea y de cada color llevándolo en su inclinación, hacia la meditación de cada una de sus obras.

Apoyado con su gran amigo Xavier Guerrero en sus ideales revolucionarios de los treinta, y del movimiento socialista que se había gestado en México, sobre todo con ayuda del partido comunista, se asocian a Vasconcelos, quien los invita a participar en la creación del muralismo, junto con Rivera, convirtiéndose en los pioneros de los muralistas mexicanos, que con la creación de manejar un lenguaje artístico, para satisfacer las necesidades y los estados de ánimo de su agitada patria.

Todos ellos, eran nada más que un grupo de desarrapados como se les conocía, y que agitaban sus puños a aquellos que eran muchos, que agitaban sus puños contra ellos, siempre bajo la amenaza de traer la pistola cargada y lista para usarse, mientras trabajaban en sus andamios de muralistas, como él decía ahogando los gritos de la burguesía, que les lanzaban huevos podridos a sus murales revolucionarios y por supuesta a ellos mismos.

Su entrenamiento de juventud, fue como un sueño del artista que lo llevó a realizarlo, en el renacimiento del muralismo mexicano, que para bien inició en su época.

Mérida, después de haber sembrado la semilla del arte monumental, se dedica a abordar, sus propios temas, sintiendo la necesidad de concentrarse en la estética, para lograr confundir, no sólo a su íntimos amigos, sino dejando plasmado su parte inicial en lo que el consideraba, más importante, el mundo indígena, apoyando y resguardando los templos mayas, para demostrar que sus secretos abstractos estarían vigentes.