Opinión / Columna
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Editorial
"Traducir la vida"
El Sol de Cuernavaca
10 de febrero de 2012
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¿Qué hace que una sociedad sea más evolucionada que otra? Para comenzar: el hecho de haber entendido la importancia de percibir la vida desde la razón, separando el pensamiento y la ciencia de la religión. Cuando el Estado rompe con la Iglesia, cuando la ciencia prueba la evidencia de la realidad y se separa de pensamientos mágicos y dogmas de fe nos hace más libres. Cuando rompemos con nociones irracionales e interpretaciones subjetivas de la vida, estamos listos para no aceptar las imposiciones sin cuestionar. Estamos listos para entender que las diferencias, no solo existen, sino que son tan legítimas como la propia; para escuchar a los otros y aprender de ellos, para aceptar que no somos invulnerables y que, como dice Montaigne, la vida no es sino una serie infinita de intentos. Cuando renunciamos a la omnipotencia que da la ignorancia, entendemos, que cada ser humano es responsable de sí mismo, que todos necesitamos de todos, que cada persona tiene derecho a ejercer su libertad con responsabilidad. Entonces entendemos la importancia del respeto por los otros.
Negar la realidad, negar el dolor, negar el tropiezo, negar la libertad del otro, son solo maneras miedosas de enfrentar la vida. El control es la forma más estúpida de las negaciones. Quienes se atribuyen el derecho de negarle a una mujer, las posibilidades que da la ciencia para lograr un deseo tan íntimo como la maternidad, son personas incapaces de ponerse en los zapatos "de la otra", jamás han escuchado al ser humano que se quiebra cuando el «no» llega y que, hasta donde la ciencia y la ética lo permiten, sabe que volverá a empezar, aunque haya juristas ombli-céntricos, capaces de legislar sobre y contra la realidad, el dolor y la esperanza de personas de carne y hueso. Pero hay esta otra clase: los humanistas y, existen, para nuestra suerte, las traducciones. ¿Quiere que se lo cuente otra vez?
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