Opinión / Columna
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Mario Núñez Mariel
Capitalismo senil
Organización Editorial Mexicana
21 de septiembre de 2009
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Hace algunos días se conmemoraron en Estados Unidos dos aniversarios aciagos en la historia del país. De un lado, el 11 de septiembre, se lloraron una vez más a los miles de muertos por los atentados en contra de la Torres Gemelas y del Pentágono. Por el otro lado, se recordaron con odas de defunción a las compañías gigantes que quebraron en la segunda quincena de septiembre del 2008 como especie de estertores de un capitalismo senil. Y días después, el 17 de septiembre, el presidente Obama anunció su decisión geoestratégica de no desplegar el sistema de radar antimisiles ni los misiles que había prometido la pasada administración para instalarse en Polonia y la República Checa; para al mismo tiempo ordenar que se contemple la construcción de un nuevo sistema de pequeños misiles SM-3 que contrarreste la eventualidad de que Irán adquiera finalmente una capacidad militar atómica.
Las guerras afgana e iraquí, la crisis económica y esta última decisión geoestratégica lastiman la conciencia y la vida cotidiana de los estadunidenses. Sienten que su imperio se está desarticulando. Las guerras en Afganistán e Irak les recuerdan que la confrontación en contra de Al Qaeda y los talibán sigue a la orden del día y no se vislumbra arreglo alguno a corto plazo; ambas se han convertido en guerras de desgaste y nadie puede anunciar una victoria posible de Estados Unidos. Y no se tiene claro de qué manera saldrán de Irak sin que se pierda el terreno avanzado en la difícil coexistencia entre chiítas, sunitas y kurdos.
Para complicar todavía más las cosas, en Pakistán la presencia de Al Qaeda y de los talibán es más que significativa al poner en riesgo el control del armamento atómico paquistaní y al plantearse la posibilidad de otro frente bélico abierto para Estados Unidos. Así también es manifiesta la existencia de células activas de Al Qaeda en Somalia, Sudán, Egipto, Arabia Saudita y Argelia que también son preocupación de la gran potencia. Son demasiados frentes para un imperio declinante: el último de los imperios que con su probable caída quizás abra puerta a la democratización de las relaciones internacionales. O en su defecto, podría contemplarse la caída estruendosa de la potencia hegemónica y la descomposición de las relaciones internacionales haciendo de la tercera guerra mundial un escenario posible.
Digamos que en el frente interno las cosas no son más claras. La crisis económica sin precedente por la que atraviesa Estados Unidos es el epicentro de la crisis del capitalismo en su conjunto como sistema de reproducción social. No se trata de una crisis pasajera como si fuera una gripe mal atendida. Se trata del momento más destructivo de una enfermedad sistémica y senil que trajo consigo las pérdidas irreparables de trillones de dólares y de cientos de millones de empleos en todo el mundo, acompañadas del descenso en los niveles de vida de las clases medias desfallecientes y de la reproducción de la miseria en dimensiones apocalípticas. A lo que se suma la destrucción irreversible de la Tierra por la irresponsabilidad de las grandes potencias y de buena parte del género humano al no querer salvar su propio planeta.
Sin duda la crisis en Wall Street fue de lejos más destructiva que el terrorismo y las guerras abiertas. Son muchos los países postrados ante la imposibilidad de recuperar el crecimiento y el empleo adecuados de sus sociedades. Pero lo más lamentable es la incapacidad colectiva de descubrir como curar un sistema enfermo. El presidente de la Reserva Federal, Ben S. Bernanke, ya anunció la semana pasada el fin de la recesión, pero nada dijo sobre el combate contra la especulación; y menos se refirió a la patética distribución de la riqueza que es sin duda el síntoma más pernicioso del capitalismo senil y tembloroso.