Opinión / Columna
 
Federico Osorio Altuzar 
La aventura sinuosa de la Libertad
El Sol de Cuernavaca
9 de junio de 2009

  (En memoria de Eliseo Barrón Hernández)

A diferencia de la justicia considerada una cualidad posible pero no necesaria, la libertad brilla como joya invaluable en el sistema de garantías esenciales, estrella polar en el firmamento de los ideales, alcanzando su más elevado rango entre todos.

Involucra la más sacrosanta y pertinaz de todas las búsquedas. Evocando a Hans Kelsen cuando se refiere al valor de la justicia, podría decirse que ninguna otra cuestión ha hecho derramar tanta sangre y tantas lágrimas; ninguna otra aspiración ha encendido más ocultas pasiones y ninguna ha merecido los más denodados sacrificios, incluyendo el de la vida, que la ya mencionada garantía de la libertad.



Sólo cabría equipararla con la virtud de la felicidad en términos de aspiración humana, cuya búsqueda incesante no tiene, aparentemente, límites en el espacio ni en el tiempo, proyectándose a menudo como supremo anhelo de eternidad.

Tiene la libertad, la libertad de expresión, su aniversario, su día en el cual se le conmemora. Esta vez acaba de enaltecerse, pero bajo presagios sombríos de acoso y amenazas de exterminio, desgraciadamente cumplidas. Para los escépticos, la libertad de expresión no existe, nunca ha existido ni existirá. Quienes la procuran y creen en ella, se asemejan al metafísico que asegura en un cuarto oscuro que ahí está, que por lo tanto existe, aunque no se le ve, no se le oye ni es en sí misma tangible. Para el optimista, en cambio, la libertad de que se habla estaría ahí, en plenitud, cuya patencia es asimismo intuitiva, perceptible, pero sólo para unos cuantos, para elegidos según condiciones de clase social o económica.

Al margen de estas conjeturas y disquisiciones pseudofilosóficas, no cabe duda que la libertad de expresión existe, con la existencia propia que deriva de la norma suprema, con la positividad jurídica que le es propia (de validez y eficacia relativas), inscritas en los artículos Sexto y Séptimo de la Constitución.

Existe con ese sentido y la ejercen día a día, bajo riesgos de suyo inherentes, los comunicadores de la enseñanza en el ámbito de la educación, los investigadores sociales y de ciencias naturales en sus respectivas áreas; los creadores de arte cuyos contenidos van del cultivo de la belleza pura a la denuncia cruda (de lo apolíneo a lo dionisiaco según Nietszche); la practican los informadores y la empuñan como lanza en ristre para desenmascarar al abusivo en el poder, al que atropella la dignidad de las personas, al usurpador de bienes ajenos. En fin, al suplantador y mentiroso, al enemigo de la sociedad; a los que infaman por infamar y asesinan por asesinar.

Libertad de expresión, sí, para decir lo que se piensa y querer (jurídica y políticamente) lo que se dice. Libertad de prensa, sí, a pesar de politicastros y dictadorzuelos como los que pululan también en el Cono Sur, que hacen del oficio de informar y de opinar una ocupación temeraria, siempre bajo la censura del prepotente, siempre bajo la vigía de conciencias y voluntades; casi siempre obstruida por los agentes del poder tiránico. Libertad de prensa, a pesar, muy a pesar de crímenes como el ruin y cobarde en contra de Eliseo Barrón, informador y corresponsal del diario Milenio.

A propósito, Jean Francois Revel, el talentoso autor de "El conocimiento inútil". (Planeta, México, 1990), refiriéndose a los trabajadores de la información y las ideas, transcribió el siguiente juicio de Roberto de Jouvenel: "Ninguna profesión está tan desprestigiada como la de periodista; ninguna es la más adulada". Claro, más adulada entre otros por los aprendices de dictador.
 
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