Opinión / Columna
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Mario Núñez Mariel
Grammys y racismo
Organización Editorial Mexicana
6 de febrero de 2012
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En el mundo contemporáneo -del caos financiero y las protestas simultáneas de los indignados con justicia- es impresionante la manera como todo apunta a la transculturación de todos los pueblos del planeta.
Y nos referimos al lúcido término antropológico de "transculturación" para significar cómo las culturas distintas se mezclan, se integran y se transforman en una nueva dimensión del patrimonio de la humanidad. Por ejemplo, lo que sucede ente las culturas de México y de Estados Unidos:
México se ha americanizado y engordado bajo las calorías de las hamburguesas y la Coca-Cola; y Estados Unidos se han mexicanizado a golpes calientes de tragos de tequila y con la delicia de los platos de enchiladas.
Y al mismo tiempo vemos cómo los gringos más recalcitrantes se resisten al proceso inevitable de transculturación. Se trata de los sectores más amedrentados ante las "costumbres exóticas" venidas de afuera. Que sin duda son los grupos más cobardes, más autoritarios y más neuróticos del país vecino; al modo de los sujetos más reaccionarios entre los republicanos -los pendejos del Tea Party- que sufren de alergia cerebral si escuchan una palabra en español.
El racismo cultural trata desesperadamente de impedir la integración de los pueblos que les resulta insoportable porque se sienten inseguros ante lo distinto, lo diferente o lo desconocido.
El ejemplo más espectacular en ese sentido lo tenemos ahora en el otorgamiento de los premios Grammy. Resulta, que los "capos" de la Recording Academy decidieron, de modo unilateral, eliminar los premios para 31 categorías de música que eran dominadas por latinos o por afroamericanos.
El próximo 12 de febrero, entre otros géneros musicales, ya no se entregarán Grammys a las categorías de Jazz Latino, música norteña mexicana, música de banda mexicana, Blues, Zydeco, Cajun, música Hawaiana y música autóctona de los indios estadunidenses. Con lo cual mutilan la cultura con color y sabor de nuestro continente y nos dejan entrever que el racismo cultural insiste en asociar a todos los que no son blancos bajo la misma marca del desprecio.
Fueron inmediatas las muestras de indignación de gente tan querida como Carlos Santana, Rubén Blades, Herbie Hancock y Paul Simon. A ellos se sumaron otras luminarias del antirracismo militante como Jesse Jackson,
Alison Kraus, Cornel Rest y Bonnie Raitt.
Algunos miembros de la misma Recording Academy -como Bobby Sanabria- no sólo protestaron, sino que recurrieron a las instancias legales y demandaron a dicha academia.
Hasta la ceremonia de entrega de premios del año pasado, todo en los Grammys había funcionado bien y en términos ascendentes, en lo que se refiere al público continental de decenas de millones de personas.
Justamente porque todo mundo era incluido y los géneros de música más dispares del continente eran considerados dignos de ser apreciados. Hasta que llegó como director Neil Portnow y desgració el evento por su
política de abierto racismo.
Pero se equivoca Portnow si cree que podrá imponer la estupidez del racismo musical como criterio. Ya son millones de personas en la red que han respondido con peticiones y firmas recogidas en el sitio http://act.presente.org/sign/grammys. Ojalá se sumen muchas más, el tema bien vale dos minutos para mandar una firma.
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