Opinión
Salvador Estrada Leyva
La bandera transparente

El Sol de Acapulco
10 de mayo de 2007

Probablemente cuando las tribus se empezaron a unir en pequeñas comunidades, para identificarse debieron de haber inventado algún signo como banderola que las uniera, con objeto de obtener seguridad comunal.

Pasaron los tiempos, las pequeñas comunidades se fueron transformando en naciones, y aquellas pequeñas banderolas se convirtieron en pendones y posteriormente en banderas, que servían para señalar al señor feudal, al cacique o al rey; bajo el cual se acogían los paisanos o pobladores, con objeto de tener una cierta seguridad ante los ataques de los vecinos ¡He aquí que las banderas se volvieron importantes!

La bandera en sí misma no significa nada, no tiene ningún poder, no es causa de respeto o de temor. Pero la bandera como signo de un señorío, de un ejército, de un gobierno, es causa de respeto y de un amor que se trata de infundir a la población representada.

En la época actual se tienen las banderas como símbolos patrios y bajo su influjo se han extendido los símbolos que representan ideas políticas, y así nos encontramos con banderolas, pendones o escudos que representan a: los sindicatos, a las grandes empresas o a los gobiernos estatales o municipales, sujetos todos estos a la gran Bandera Nacional.

Dentro de estas banderas, las más connotadas y comunes a todos los grupos de mando, pero especialmente a los políticos que aspiran a un puesto gubernamental, se considera la bandera transparente. ¿Y por qué transparente? Porque ¡nadie la ve!

Todo candidato a algún puesto gubernamental, de casi cualquier nación, enarbola la bandera de la lucha contra la impunidad. Agita y levanta el asta de la lucha contra los abusos y la impunidad. Enarbola el asta como una lanza dispuesta a romper los globos de la multimencionada impunidad. Los votantes se ilusionan cada vez que les presentan la bandera transparente, cada vez que se enarbola el flamígero rayo invisible que va a terminar con la impunidad, y así, la esperanza de los pueblos justifica el adagio "La esperanza nunca muere".

El candidato deja de ser candidato, llega a ser gobernante, y en ese momento arroja la invisible bandera de la lucha contra la impunidad, en espera de que otro candidato la levante, y como es invisible no se ensuciará nunca.

Los gobernantes se olvidan que alguna vez prometieron acabar con la impunidad, causa de los grandes males nacionales. Pero hasta la fecha, nunca se ha visto que determinen un procedimiento real y efectivo, que aplicado correctamente termine con la impunidad y, por tanto, con la corrupción imperante. La corrupción es hija de la impunidad y engendrada por el político.

Así, podemos despedirnos recordando la frase de ese cómico Pompín... ¡Qué bonita familia! ¡Qué bonita familia!

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