Opinión / Columna
 
Edmundo Font 
"Apocalypse" de ayer y hoy
El Sol de Acapulco
10 de diciembre de 2009

  "...El pensamiento de Gracián es pesimista, como corresponde al periodo Barroco. El mundo es un espacio hostil y engañoso, donde prevalecen las apariencias frente a la virtud y la verdad...". Esto dice una enciclopedia "virtual" sobre la obra del notable escritor nacido en 1601 y se aplicaría a los días que corren, como si el malhadado período Barroco se hubiera extendido hasta hoy y fuera necesario echar mano del más común de todos los sentidos (el sentido común) que manejó de manera excelsa don Baltasar, para mirarnos reflejados en un espejo universal; en él, a la luz de sus sentencias filosóficas la imagen de la humanidad saldría muy mal librada, distorsionada, afeada por los más bajos instintos, que prevalecen sobre la condición humana. Este desvalido párrafo, de semblante grave, surge de una reflexión televisiva que agarra un toro por los cuernos, el de la violencia que nos circunda y nos ha venido cercando históricamente.

Asistí esta semana a unos programas de la televisión francesa para América Latina (TV5), por satélite de pago lamentablemente, que me dejaron el ánimo por los suelos. En seis largas entregas, diversas instancias internacionales preocupadas con el tema de los derechos humanos han patrocinado la difusión de material documental de la última gran Guerra Mundial, la que libraron apenas ayer (es un decir) los europeos. Cosa rara, la oportunidad de ponerme al día con un tema tan cruento y de implicación contemporánea en los procesos sociales y económicos que nacieron al fin del conflicto, no fue de índole ideológica, ni siquiera meramente histórica. Se me ha impuesto una reflexión simple, elemental, sobre la crueldad de la que somos capaces los seres humanos. Créanme, cuesta trabajo digerir tanto horror exhibido en supuestos "tiempos de paz", entre otras cosas porque sigue prevaleciendo el espanto, aunque de signo muy distinto, y se multiplica el desprecio por la vida, ya no amparado por causas patrióticas, o en defensa de valores y libertades, sino desencadenado por los motivos más espurios.

Nos matamos por cuestiones "pasionales", por el control de los mercados de la droga, por intrigas políticas, por quítame estas pajas. En el Brasil, pero podría decir en Ecuador, en Colombia o en México, terminan convertidos en cadáveres algunos individuos que se disputan derechos de tráfico elementales, entre injurias y amenazas. La semana pasada murió acribillado un bebé en las calles de San Paulo, por ejemplo, después de una riña banal. Un insulto, cerrársele a un vehículo en un semáforo, puede desencadenar una orgía de balas machista. Parejas amorosas y tiernas acaban acuchilladas, casi siempre por el varón, en países de renta tan alta como España. En un año van más de sesenta mujeres asesinadas allá. Y la cuenta de la violencia de género sigue creciendo en nuestras favelas, chabolas y villas perdidas en Caracas, Santiago de Chile o en Ciudad Juárez. Pero dirán: ¿cómo se puede saltar del fenómeno de un conflicto bélico mundial a hechos tan puntuales y pedestres? De la única manera posible, lamentando y tratando de denunciar una u otra pérdida de vida, por una sola que esta sea, como en el célebre poema "Civilización" de don Jaime Torres Bodet, que tanto he citado en mis colaboraciones, como un caballito de batalla (y ¡zas! hasta en el lenguaje se cuela el espíritu feroz que distingue nuestra tendencia criminal).

Es también incomprensible que perdamos la memoria en unas cuantas décadas. El dolor extremo y el sufrimiento de más de cincuenta millones de personas desaparecidas durante la Segunda Guerra Mundial no han servido para vacunarnos contra extremismos ideológicos que matan, y el desencadenamiento de la violencia irracional. La amenaza del fascismo y de los movimientos neonazi sigue vigente en el seno de sociedades supuestamente avanzadas. El "Huevo de la serpiente" de Bergman no es tan sólo la dramatización de un período oscuro que presagiaba más sombra, sino una advertencia que sigue vigente. Series de formato riguroso e imágenes tan poderosas como "Apocalipsis" deberían ser objeto de pases machacones en aparatos de televisión que sólo vomitan escapismo. Y tozudamente también vuelvo a proponerles la lectura de ese gran poema de Torres Bodet, sobre la indignación ante la muerte del prójimo:

"Un hombre muere en mí siempre que un hombre

muere en cualquier lugar, asesinado

por el miedo y la prisa de otros hombres. Un hombre como yo;

durante meses

en las entrañas de una madre oculto;

nacido, como yo,

entre esperanzas y entre lágrimas,

y ¿como yo? feliz de haber sufrido,

triste de haber gozado.

Hecho de sangre y sal y tiempo y sueño. Un hombre que anheló ser

más que un hombre

y que, de pronto, un día comprendió

el valor que tendría la existencia

si todos cuantos viven

fuesen, en realidad, hombres enhiestos,

capaces de legar sin amargura

lo que todos dejamos

a los próximos hombres:

El amor, las mujeres, los crepúsculos,

la luna, el mar, el sol, las sementeras,

el frío de la piña rebanada

sobre el plato de laca de un otoño,

el alba de unos ojos,

el litoral de una sonrisa

y, en todo lo que viene y lo que pasa,

el ansia de encontrar

la dimensión de una verdad completa. Un hombre muere en mí

siempre que en Asia,

o en la margen de un río

de Africa o de América,

o en el jardín de una ciudad de Europa,

una bala de hombre mata a un hombre. Y su muerte deshace

todo lo que pensé haber levantado

en mí sobre sillares permanentes:

La confianza en mis héroes,

mi afición a callar bajo los pinos,

el orgullo que tuve de ser hombre

al oír ¿en Platón?, morir a Sócrates,

y hasta el sabor del agua, y hasta el claro

júbilo de saber

que dos y dos son cuatro...Porque de nuevo todo es puesto en duda,

todo se interroga de nuevo

y deja mil preguntas sin respuesta

en la hora en que el hombre

penetra ¿a mano armada?

en la vida indefensa de otros hombres.

Súbitamente arteras,

las raíces del ser nos estrangulan. Y nada está seguro de sí mismo

ni en la semilla en germen,

ni en la aurora la alondra,

ni en la roca el diamante,

ni en la compacta oscuridad la estrella,

¡cuando hay hombres que amasan

el pan de su victoria

con el polvo sangriento de otros hombres!".
 
Columnas anteriores
Columnas anteriores
Cartones
Columnas