Opinión
Miguel Angel Lépez Vela
El árbol y yo

El Sol de Acapulco
19 de diciembre de 2008

Hace unos días brindamos los colaboradores de la página editorial con el director de El Sol de Acapulco. Se habló de una página plural donde hay de todo, los adictos a la historia, los que la política les provoca análisis, quienes demuestran sus muchos conocimientos en las tareas, cultural, jurídica, turística, empresarial; quien ha hecho del jet set un sector asequible, casi humano; todos bajo el eje de un tronco fuerte que es el director.

Así me imaginé al periódico, como un árbol que da frutos y en el que todos tenemos algo que hacer, desde el más pequeño cargo hasta el que está más cerca del cielo.

Para mí ha sido una enseñanza y un reconocimiento diario al talento de mis compañeros y la capacidad de comunicarnos con una sociedad cada vez mejor preparada y crítica.

Por esa imagen quise rememorar algunos consejos de mis padres sobre la amistad y agradecer a quienes me han brindado su amistad. Siempre recordaré los consejos de mi madre: Ten mucho cuidado cuando comas fruta porque si te comes una semilla te puede nacer un árbol en la panza y si no lavas la fruta y te comes los microbios tendrás un zoológico. Y los consejos de mi padre, que decía: Hay tres cosas que inmortalizan la vida de un hombre, escribir un libro, sembrar un árbol y tener un hijo.

Cuando yo era pequeño no razonaba, nada más obedecía y estos preceptos eran la ley. Y así crecí, pensando que a su tiempo escribiría el libro, sembraría el árbol, uno de aguacate para los tacos de chicharrón y lo del hijo no era algo que me emocionara. Me decía, todo a su tiempo, pero lo del árbol, la fruta y el zoológico eran una amenaza diaria.

Fue una Navidad, lo recuerdo bien, en que me dieron un ponche de frutas y no supe ni cómo me tragué una semilla de chabacano. Esa noche no pude dormir pensando en cómo me iban a salir ramas por los oídos y los ojos. Un árbol dentro de mí y en ese momento me asaltó la otra idea: La del zoológico; y que tal si no lavaron bien al chabacano y llevaba microbios, entonces va a estar peor porque alrededor del árbol habrá un montón de animales: caballos que al trotar sentiré temblores en el cuerpo, ranas y sapos que se manifestaran en los eructos, de mal gusto, pero necesarios, y aves de mil colores que cuando vuelen y quieran salir sentiré un pequeño dolor de cabeza que no es otra cosa que una parvada de aves tratando de encontrar su libertad.

Mi vida cambió, mis preocupaciones ya no eran las de jugar futbol o indios contra vaqueros, en donde todos queríamos ser el Llanero Solitario y nadie quería ser indio; ni mucho menos patinar; no, mis preocupaciones pasaron a ser los chabacanos y cómo controlar la salida de las ramas por los oídos y los ojos.

También vi seriamente amenazado mi paso a la eternidad, porque no podría tener un hijo, ya que no podría tener novia, en vez de "Vetiver de Guerlain", que es una loción que uso desde chavito, iba a oler a chabacano, que no me desagrada el olor y qué tal si en lugar de darle un beso me salía una rama de árbol y si al acariciarla suavemente con mis dedos salía lo rasposo de las ramas. En fin, parecía ser una cosa muy incómoda, por lo que dejé de pensar en ella que era güerita y con una colita de caballo.

Y ni modo, parece que empezó el crecimiento del árbol y así, sin proponérmelo, me empecé a acostumbrar a vivir con mi árbol. Es más, confieso que el olor a chabacano me gustó y el crecimiento de las ramas me produjo algunos piquetes pero no son dolorosos, son como para reclamar su presencia.

Así me di cuenta que cada vez que tenía un amigo o amiga me crecía una rama, unas más consistentes que otras, unas más altas que otras, unas más verdes que otras, pero todas formaban parte del tronco, unas floreaban y daban frutos y fue cuando entendí la sabiduría de las palabras de mis padres. Sólo la amistad te permite tener un árbol fuerte, frondoso, que fructifique. Como todos los árboles hay una gran variedad de maderas preciosas, de frutas, altos pinos, frondosos abedules, tristes sauces. Hay frutas amargas, otras dulces, otras diferentes, pero todas son necesarias.

Gracias a todas las ramas de árbol que permanecen en mi corazón, y felices fiestas decembrinas, brindis, posadas, pastorelas y aguinaldos.
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