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Opinión
![]() Francisco Fonseca
El poder de la información
El Sol de México
17 de noviembre de 2008
Ese día fuimos cautivos de la información, todos sin excepción. Y la información nos produjo el prurito de reinformar, y empezamos a comunicarnos por teléfono o por internet con quienes consideramos que necesitaban conocer las noticias: la caída de un avión con la muerte de funcionarios públicos de primera fila en el país, y el triunfo del candidato demócrata en las elecciones en Estados Unidos.
Pero ¿qué es la información, y cómo ejerce tal poder de manipulación instantánea? La información es una necesidad de la era moderna, es un vicio de los medios de comunicación y es una burbuja en la que estamos encerrados prácticamente de manera voluntaria. Su inmenso poder de manipulación lo ejerce abusando de la capacidad de asombro del ser humano, capacidad que no se agota. El poder se ejerce teniendo dinero o teniendo información. Ambos son instrumentos absolutistas de presión. Pero quien tiene dinero y además información es todopoderoso, por ejemplo, las cadenas de televisión, los medios electrónicos por excelencia. Y la televisión atrae de manera primitiva al televidente en un gran círculo de luz, color, sonido y movimiento que lo envuelve y lo maneja a su libre albedrío. Las leyes y normas que se han promulgado para su uso difícilmente se respetan, se juega a lo sucio, sin respetar el dolor ajeno, abusando del morbo. Y alegan que todo se hace en aras de la información, para mantener al auditorio al tanto de los hechos y con un desmedido y enfermizo afán de evitar abusos de las autoridades. Pero no se dan cuenta que ellos mismos se han erigido en autoridades, en señores de horca y cuchillo. La información no se crea, la información existe. Es únicamente el reflejo de lo acontecido. Y el éxito está en dar esa información en su justa dimensión, ni una coma de más ni de menos. Cuando la pluma se usa para cuestiones personales o de conveniencia ya deja de ser útil y pasa a ser un objeto de manipulación. Tener una pluma, es decir, tener una tribuna para expresarse, es una profesión de alta responsabilidad y no debe otorgarse a quien la pone al servicio del mejor postor; entonces se desvirtúa su esencia y se convierte en un asalto a la conciencia del ciudadano. El pasado 4 de noviembre por la tarde, día de los hechos, la mayoría de la teleaudiencia estaba al tanto del resultado electoral en el vecino país del norte; sin embargo, al filo de las siete de la noche empezó el rumor, primero, de que había caído un helicóptero en Las Lomas; después se mencionaba una avioneta, y al cabo de quince minutos se comprobó que se trataba de un pequeño jet, que por su posibilidad de aterrizaje en el Distrito Federal sólo correspondería a un alto servidor público. En menos de cinco minutos, sólo como ejemplo, se supo que era el vuelo del titular de Gobernación. Desde ya empezaron los rumores del porqué del avionazo, sin esperar el diagnóstico profesional del perito. Los comunicadores también son peritos y doctos en todos los menesteres que sean necesarios. Y en días posteriores las columnas políticas de los diarios se cebaron sobre la catástrofe. Es el signo de los tiempos, es el poder que tiene el informador. Todo lo ocurrido en el siniestro de Las Lomas cubrió las pantallas del país durante la noche y parte del día siguiente. La derrota de Bush a manos de Barack Obama pasó a segundo término. Y a fe mía que su triunfo fue en sí una noticia de primer orden en todo el mundo porque encerraba, no el triunfo del candidato demócrata, sino la derrota y el desagrado del pueblo estadunidense por el actual presidente y su desprestigio. Para Obama era el momento. Era la noticia, la información del mes, tal vez del año, de la historia norteamericana que va a ungir presidente a un hombre de color en un país que guarda aún muchos reductos de racismo. Fue un día de tener los oídos abiertos a la información. Información y más información. Y de tanto repetirse, una y otra vez, las noticias saben ya a literatura sin letras, a imágenes sin contenido, a estilos uniformados y estériles. Como dirían los buenos médicos de antaño: el caso es grave, serio, de pronóstico reservado. Poco a poco, la vida se va destiñendo y parece que se atrofia la capacidad del género humano de buscar una salida a posibilidades que no impliquen el desastre, el apego a un destino trágico, fatalmente predispuesto. pacofonn@yahoo.com.mx Columnas anteriores
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