Opinión
Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Ana Bolena; El largo camino hasta su boda con Enrique VIII

El Sol de México
16 de noviembre de 2008

No era hermosa. Era delgada y su piel demasiado oscura; de ojos oscuros y pelo largo y negro, que llevaba suelto sobre la espalda.

Un italiano que la conoció en 1532 escribió: "no era una de las mujeres más hermosas del mundo". Sin embargo, otros conocidos la consideraban "absolutamente bella; una mujer joven y apuesta".

La feminista Karen Lindsey señaló: "Nunca fue descrita como una gran belleza, pero hasta aquellos que la aborrecieron admitieron que tenía un encanto dramático.

"Su cutis oscuro y su pelo negro le dieron un aura exótica en una cultura que veía la palidez blanca como la leche como esencial en la belleza. Sus ojos eran especialmente notables: "negros y hermosos", escribió un contemporáneo, mientras otro afirmó que eran "siempre los más atractivos", y que ella "sabía bien como usarlos con eficacia". En suma, no era convencionalmente hermosa para su tiempo".

El poeta William Forrest elogió: "Su paso excelente al andar y su habilidad como bailarina. Era una joven y fresca doncella, que podría dar un tropiezo y continuar adelante".

La escritora británica Alison Weir destacó: "Su encanto estaba no tanto en su aspecto físico como en su personalidad vivaz, su elegancia, su ingenio rápido y otras habilidades. Era pequeña de estatura, y mostraba una fragilidad atractiva sobre ella. Brilló en el canto, componiendo música, bailando y conversando. No era sorprendente, por tanto, que los hombres jóvenes de la corte pulularan a su alrededor. En su juventud era dulce y alegre, y disfrutó con los juegos de azar, bebiendo y chismorreando.

"Era valiente y emocional, neurótica, extravagante, rencorosa y malhumorada".

Eric Ives, su biógrafo afirmó: "Era cristiana devota en la nueva tradición del movimiento humanista del Renacimiento. Hizo donaciones generosas de caridad y cosió camisas para los pobres.

"Religiosamente inconsecuente más que agresiva, calculadora más que emocional con un ligero toque del cortesano aunque con el fuerte control del político. Una mujer que tomó el control de sus propias condiciones en un mundo de hombres; una mujer que utilizó su educación, su estilo y su presencia para que pesara más que las desventajas de su sexo; de sólo moderadamente bien vista hasta llevar una tormenta a una corte y a un rey".

Thomas Cromwell, su enemigo la evaluó: "inteligencia, espíritu y coraje".

NO TENÍA SEIS DEDOS EN UNA MANO

Los maldicientes de Ana decían que padecía "polidactlia", o sea, que tenía seis dedos en su mano izquierda y que tenía un lunar en el cuello en forma de tridente que ella "siempre escondía con una joya, ya que ambas singularidades son la marca del Diablo".

Ana era hija de sir Tomás Bolena y lady Isabel Bolena, nacida Howard y era hija del segundo duque de Norfolk.

Su padre luego sería conde de Wiltshire y primer conde de Ormonde y Ana nació sin deformaciones ni lunares exóticos.

SE IGNORAN LA FECHA Y EL LUGAR DE NACIMIENTO

Por no existir archivos parroquiales del período ha sido imposible establecer la fecha de su nacimiento. Las pruebas son contradictorias y se citan distintas fechas. Un historiador italiano, en 1660, sugirió que "Ana nació en 1499", mientras que William Roper, yerno de Tomás Moro, dice que fue en el año de 1512.

Ives promueve la fecha de 1501 y, Retha Warnicke, erudito americano e historiador, biógrafo de Ana, señaló el año 1507.

Tampoco se sabe con seguridad el sitio donde nació, pero la mayoría de los historiadores coinciden en situarlo entre la mansión de su familia, Blickling Hall en Norfolk, y su residencia favorita, el Castillo de Hever en Kent.

Igualmente, se ignora cuando nacieron sus dos hermanos: María, que era mayor que ella, y George.

En su vida posterior, Ana no tenía relación cercana con su padre y su relación con María fue cordial, pero no íntima.

Ella disfrutó de una "relación feliz con mi madre y mi hermano George".

FAMILIAS DE ARISTÓCRATAS

La familia Bolena está considerada una de las familias más respetables de la aristocracia inglesa, aunque ellos hubieran ostentado un título sólo cuatro generaciones.

Sus bisabuelos incluyeron a un alcalde de Londres, un duque, dos ladies y un caballero.

Su padre era un diplomático respetado y con talento para los idiomas, era favorito del rey Enrique VII, que le envió a muchas misiones diplomáticas en el extranjero y siguió su carrera bajo Enrique VIII, que subió al trono en 1509, terminado por ser su suegro.

SE EDUCA EN LOS PAÍSES BAJOS Y EN FRANCIA

La archiduquesa Margarita de Austria, hija de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, gobernaba los Países Bajos en nombre de su padre y "quedé tan impresionada por Tomás Bolena, que le ofrecí a su hija más joven, Ana, un lugar en casa".

Margarita se refería a ella como "La petite Boleyn", y causó una buena impresión en la corte por sus maneras y aplicación. Vivió allí desde la primavera de 1513 hasta que su padre ordenó que siguiera su educación en Francia.

En Francia fue dama de honor de Clauda de Francia, y sirvió de intérprete de aquellos ingleses que llegaban a la corte francesa.

En la casa de la reina completó sus estudios de francés, adquirió un conocimiento detallado de la cultura de Francia y el protocolo.

La educación europea de Ana terminó en el invierno de 1521 cuando regresó a Inglaterra, siguiendo las órdenes de su padre.

EN LA CORTE DE ENRIQUE VIII

Ana hizo su debut en la corte en el baile de máscaras en marzo de 1522, donde realizó un baile complicado acompañando a la hermana más joven del rey, a varias grandes damas de la corte y a su hermana María, que en esos soles era la amante del rey.

María estaba casada con William Carey, un caballero de la Cámara del rey.

María engendró dos hijos y, aunque esto no se ha confirmado, la paternidad se atribuye al rey y, si fuera algo más que ocioso, habría que hacer la prueba del ADN a los restos, y acaso a los cabellos del rey, de María y de los engendros.

En la corte, Ana pronto reunió una camarilla de amigas femeninas y admiradores masculinos a su alrededor, haciéndose famosa por su capacidad para mantenerlos a distancia.

ENRIQUE LA CORTEJA

El rey se había cansado de María y se enamoró de Ana y comenzó su acoso. Ana se resistió a las tentativas de seducirla y rechazó convertirse en su amante: "suplico a su alteza muy seriamente que desistiera, y a ésta mi respuesta en buena parte, agrego que prefiero perder mi vida que mi honestidad".

El rey se sintió más atraído por el rechazo y "me persiguió incesantemente".

Ella se fue a Kent y al poco regresó a la corte donde, finalmente el rey le propuso matrimonio y ella aceptó.

Sin embargo, Ana decidió no acostarse con el rey antes del matrimonio, puesto que "la relación prematrimonial significaría que cualquier niño que yo tuviera sería ilegítimo".

Enrique había decidido divorciarse de su esposa Catalina de Aragón porque ella no le había dado un heredero varón que sobreviviera y así, él y sus ministros solicitaron una anulación de la Santa Sede en 1527.

ANTES DEL MATRIMONIO

Al principio Ana mantuvo en secreto la oferta de matrimonio, pero en 1528 era del conocimiento público que Enrique tenía la intención de casarse con ella. Los parientes de Ana promovieron su causa y tenían muchos partidarios en la corte.

Ana se mantuvo alejada de la política y se deleitó con el estilo de vida que le prodigaba el rey, "quien pagaba todo, acumulé un gran guardarropa de vestidos, pieles y joyas, y me asignó mi propio personal de sirvientes, varias damas de honor y nuevas dependencias en palacio".

La joyas que el rey obsequiaba a Ana las sustraía del tesoro de Catalina.

En 1529 el papa Clemente VII rechazaba la anulación del matrimonio con Catalina.

La incertidumbre papal se afincaba en que el emperador Carlos V, sobrino de Catalina, "había hecho prisionero suyo al Papa" y, encima, estaba la controversia con la Reforma, lo que impedía autorizar una separación y un nuevo matrimonio que cuestionaría su autoridad.

Esta tensión política hizo que la corte inglesa cayese en una confusión interna y como el cardenal Wolsey no demostraba su lealtad a los Bolena, Ana, "convencida de que era un traidor" lo despidió de la oficina pública.

El cardenal, sin embargo, le pidió que le ayudara a volver al poder, pero ella se negó.

EL COMPLOT DEL CARDENAL

El cardenal Tomás Wolsey era lord Canciller y se opuso en un principio al divorcio de Catalina de Aragón, pero luego cedió a favor del rey, a quien aconsejó repudiar a la princesa española para contraer nuevo matrimonio con una princesa francesa, lo que lo enemistó con el monarca y con Ana.

Entonces Wolsey comenzó un complot secreto para forzar a Ana al exilio e inició contactos con Catalina y el Papa, a tal efecto.

Cuando este complot fue descubierto, el rey ordenó la detención del cardenal. Abandonado del soberano, cayó en desgracia y fue acusado de traición y encarcelado.

De no haber sido por su muerte a causa de una enfermedad terminal en 1530, podría haber sido ejecutado por traición.

Un año más tarde, la reina Catalina fue desterrada de la corte y sus antiguos aposentos entregados a Ana.

Muerto el cardenal, Ana se convirtió en la persona más poderosa de la corte. Tenía un considerable poder sobre nombramientos del Gobierno y asuntos políticos, aunque todavía no se había casado con el monarca.

Wolsey era poderoso y megalómano y "había despilfarrado locamente los recursos de Inglaterra para situarla a la altura de las grandes potencias", cosa que no consiguió.

Cuando el rey firmó la orden de devolución del Gran Sello, el cardenal se negó, aunque finalmente lo hizo y, además, tuvo que abandonar el palacio de York, residencia codiciada por Ana.

Wolsey, cuando fue detenido "fue despojado de su ropa y su vajilla" y cuando el rey y Ana tomaron posesión del palacio de York, ambos quedaron maravillados ante "tal cantidad de riquezas acumuladas por Wosley, con tanto gusto, tantos terciopelos, damascos, brocados, cofres tallados, cuadros, objetos preciosos, pieles, oro, plata".

EL PAPA SE NIEGA A CONCEDER EL DIVORCIO

Clemente VII se negó a divorciar al rey "sobre todo porque Enrique apoya a Lutero, ha desencadenado el movimiento protestante y constituye un reto al poder papal".

La negativa demostró que el pontífice no se equivocaba, pues Enrique movilizó de inmediato todos los recursos a su alcance para atacar al Papa.

Acudió al Parlamento y obtuvo de éste apoyos y, además, iniciativas eficientes para oponerse a la Iglesia romana: los funcionarios eclesiásticos fueron removidos y reemplazados por seglares; se decretó la separación de la Iglesia Católica, y Enrique fue consagrado como Jefe de la Iglesia Anglicana.

Conseguido su propósito de concentrar en su persona el poder político y religioso, el rey nombró a Thomas Cranmer como obispo de Canterbury y, ya en el cargo, el obispo se ocupó de inmediato de la anulación del matrimonio con Catalina de Aragón, y confirmó la unión secreta del rey con Ana, quien estaba encinta a pesar de que un principio ella se había negado a tener relaciones sexuales prematrimoniales.

Ante la situación, el 25 de enero de 1533, el rey y lady Ana se casaron en secreto en el palacio de York, llamado ahora Whithall, y es que "no se puede permitir a ningún precio que este heredero nazca adulterino".

En 1534 se proclamó el Acta de sucesión y el Acta de supremacía, con las cuales se legitima la descendencia del rey y se declara reo de alta traición a quien se niegue aceptar la supremacía eclesiástica del monarca. Con tales actas, se consumó la separación de la Iglesia Anglicana del poder de Roma.

BODA PÚBLICA

El rey la nombró marqués, no marquesa, de Pembroke y le concedió tierras que reportaban mil libras anuales. El título de marqués lo hizo Enrique, cosa inusitada en una mujer, porque poseería ese título por derecho propio y así, Ana estaría por encima de todas las damas, a excepción de las duquesas.

El 23 de mayo de 1533, el arzobispo Cranmer proclamó que Enrique Tudor y Catalina de Aragón: "no han sido nunca marido y mujer", e inmediatamente se trasladó a Londres, donde dio validez al matrimonio del rey con Ana Bolena.

El domingo primero de junio de 1533, la reina Ana arribó a la catedral de Westminster para ser ungida.

El rey no participó en la ceremonia, ignorándose hasta ahora el por qué no lo hizo.

Cranmer, después de haber ungido a Ana con el santo óleo, le colocó sobre la frente la corona de Eduardo el Confesor, reemplazándola enseguida por otra más ligera, hecha para ella.

La fiesta que siguió a la ceremonia de coronación y el fabuloso banquete que se ofreció en Westimnster Hall duró doce horas continuas.

Meses después, el 7 de septiembre de 1533, nació algo prematuramente la hija de Enrique y Ana.

Tres años Ana reinó, hasta que el 2 de mayo de 1536 fue detenida bajo la acusación de adulterio, incesto y alta traición.
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