Opinión / Columna
 
Julio García Briseño 
Ideales
El Occidental
18 de octubre de 2009

  Un pregunta fundamental que hacen hoy en día los jóvenes, que por su juventud, se van muy fácil hacia las ilusiones como a las desilusiones, tomando en cuenta que la democracia es un conjunto de reglas de procedimiento es la siguiente: ¿Cómo puede pretender contar la democracia con ciudadanos activos?

Para tener ciudadanos activos, ¿no se necesitan acaso ideales? Por supuesto que se necesitan ideales. ¿Cómo no advertir las grandes luchas ideales que produjeron tales reglas? ¿Tratamos de enumerarlas? El primero que nos sale al encuentro después de siglos de crueles guerras de religión es el ideal de la tolerancia. Si hoy existe una amenaza para la paz del mundo, ésta viendo una vez más del fanatismo, o bien de la ciega creencia en la propia verdad y en la fuerza capaz de imponerla. Huelga tenemos cada día ante nuestros ojos. Sigue luego el ideal ante nuestros ojos. Sigue luego el ideal de la no violencia: la enseñanza de Kart Poper, según la cual, lo que distingue esencialmente a un gobierno democrático de otro no democrático es el hecho de que sólo en el primero los ciudadanos se pueden desembarazar de sus gobernantes sin derramamiento de sangre. Las tan a menudo escarnecidas reglas formales de la democracia han introducido, por primera vez en la historia, técnicas de convivencia, cuyo objeto es el resolver los conflictos sociales sin recurrir a la violencia.

Sólo allí donde se respetan estas reglas, el adversario no es ya un enemigo (que debe ser destruido), sino un opositor, que mañana podrá ocupar nuestro lugar. En tercer lugar tenemos el ideal de la renovación gradual de la sociedad a través del libre debate de las ideas y el cambio de las mentalidades y del modo de vivir: sólo la democracia permite la formación y la expansión de las revoluciones silenciosas.

Gran parte de la historia humana está hecha de luchas fratricidas. Es una lucha hecha de luchas fratricidas. En su filosofía de la historia, Hegel define a la historia como un "inmenso matadero". ¿Acaso podemos quitarle la razón? En ningún país del mundo puede perdurar el régimen democrático sin convertirse en una costumbre. Pero, ¿puede convertirse en una costumbre sin el reconocimiento de la hermandad que une a todos los hombres en un destino común? Se trata de un reconocimiento mucho más necesario hoy, en que cada día nos hacemos más conscientes de este destino común, por lo cual debemos, guiándonos por esa poca luz de razón que ilumina nuestro camino, actuar en consecuencia. Que quien triunfe tendrá entre otras virtudes la de la tolerancia.
 
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