Opinión / Columna
|
Juan M. Negrete
¿Se hunde Honduras?
El Occidental
2 de agosto de 2009
|
No se necesita escarbar mucho en las cosas de este país para darse cuenta que le abrieron la puerta que le conduce al precipicio. Sólo la valiente conducción de su presidente depuesto, colmada además de inteligencia, ha podido evitar hasta ahora la catástrofe. La gente comprometida con la paz se ve de un solo lado, del de Zelaya. Por lo que el barril de pólvora en que están sentados los hondureños puede estallar en cualquier momento, si es que no se están viviendo ya los escarceos de una guerra civil por desatarse.
La cerrazón, la ceguera total se apoderó ya del partido oligárquico, promotor del golpe de Estado. Abrió la puerta del poder para echar del país, con los militares, a Zelaya. La oligarquía los envió a ellos por ser sus mandaderos preferidos, como para que no se les saliera de control el asunto. La racionalización que suelen esgrimir los milicos cuando realizan estos trabajos sucios es muy pobre: que quien es mandado no es culpable, dicen. No se han dado cuenta de que existe la desobediencia civil y que también puede instaurarse la resistencia u oposición militar a las órdenes descabelladas y absurdas. El riesgo que se corre con una actitud de desafío ante las órdenes absurdas, en la esfera castrense, es el de la muerte. Por eso se tornan heroicas muchas actitudes de resistencia, si es que no están impregnadas también de la locura. La heroicidad, donde se dé, es una forma sublimada de locura. Por lo mismo, no abunda. Al contrario, es muy raro verla cristalizarse. Más bien es una especie de conducta en extinción. Pero volvamos a Honduras y a su tremenda crisis actual.
Los golpistas están plenamente identificados por la masa popular. Son los hombres del poder: diputados, senadores, alcaldes y anexas, que se sumaron al carro que expulsó a Zelaya del puesto. Los militares y los policías, por su deformación estructural, siguen obedeciendo a un poder de facto; son vistos como lo que son, por tanto, golpistas. Más a la sombra, medran las mafias del poder judicial y la de los hombres del clero, que bendice todo acto de la usurpación; la de los banqueros, la de los hacendados y la de los narcos. Es decir, todos los ricos de Honduras. La gente que ha sido hasta ahora beneficiaria de un modelo económico donde los pobres no tienen nada y se empobrecen más cada día y los ricos incrementan sus ganancias de manera escandalosa, como aquí en México.
Toda esta esfera oligárquica está unida en torno a un esquema de acción bien definido. Echaron al poder constituido y no le van a permitir regresar a su puesto, al que ya le faltaba unos cuantos meses para concluir. Pero se desesperaron y dieron un golpe de mano, pensando que cortaban por lo sano una orientación del gobierno que no mostraba ya tanta simpatía por ellos. Les pareció un sacrilegio que Mel Zelaya virara su atención un tanto nada más, un tantito, a los sectores no privilegiados del país. Lo miraron como culpable de desacato, como traidor, y lo echaron violentamente. Pero la presión internacional por el retorno a la legalidad subió de tono y les descompuso el cuadro. Tal vez hubiera concluido ya todo, de no haber prendido la resistencia interior.
Al inicio, el desconcierto parecía apoderarse de la gente de a pie. Pero tras un mes de resistencia, de marchas, de denuncias, el ambiente se ha caldeado en serio. No hay mucha claridad por ninguna de las dos partes. Por un lado, la gente que sale a la calle, que cierra el tráfico callejero y bloquea las carreteras, busca los papeles del Poder Judicial, como son los amparos y las órdenes de libertad, para romper los retenes militares y exigir la liberación de sus detenidos y desaparecidos. O sea que se lucha por restablecer la legalidad mediante procesos de una legalidad que se violentó a sí misma y originó toda la desavenencia presente.
Por el otro lado, las armas "legales" del país están en manos de las policías y del Ejército. Estos cuerpos artillados pueden utilizarlas para sofocar lo que la oligarquía califica como brotes de la ilegalidad. La resistencia entiende muy bien que tiene dos pistas de reacción, en caso de salir a relucir las armas al aire. Una vía es la denuncia de la represión y clamar en su contra. Pedir la solidaridad internacional y "castigar" con el desprecio universal a los golpistas, lo que no cambia mucho las cosas. De esta respuesta se carcajea el cinismo de todo poder de facto. Mas hay otra respuesta: tomar la represión como nueva agresión contra el pueblo y no estar dispuesto a soportarla. Así buscarían la forma de repelerla y castigarla. En este punto se encuentra la situación presente.
Honduras posee el más alto grado de criminalidad de toda Centroamérica, con un índice de 57 homicidios por cada 100 mil habitantes, según datos del Observatorio de la Violencia y organismos de la ONU. Hay registradas en el país 280 mil armas. Y se calculan en medio millón las que circulan por el mercado negro. Un cuerno de chivo se consigue con apenas 250 dólares. El cuerpo castrense cuenta con unos 12 mil efectivos. No le es pues desconocido al pueblo hondureño el recurso a la violencia. Lo extraño ha sido que hasta ahora la resistencia encabezada por Zelaya ha sido pacífica y civilista. No ha dado flanco para que su pueblo sea reprimido de manera brutal, que la oligarquía desate y justifique el baño de sangre para someterlo.
En este punto se debate y teoriza aún para dar el beneplácito a uno u otro bando. No es tarea distractiva, pero tampoco es lo fundamental, por el momento. Lo peligroso reside en que la resistencia se termine exasperando y decida emprender la lucha armada, a la que la empuja la irresponsabilidad de los golpistas. Zelaya se ha visto atinado y certero, buscando resolver el conflicto, sin pérdidas humanas por lamentar. La oligarquía ha dado todos los pasos necesarios para que se desate la violencia. A pesar del amago y el hostigamiento generalizado, su movimiento de reivindicación ha seguido creciendo, lo que ha hecho crecer su figura a nivel internacional. ¿Logrará zanjar el conflicto evitando la confrontación armada? Pronto veremos una u otra cosa.
Columnas anteriores
Columnas anteriores