Opinión / Columna
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César Gilabert
La inteligencia
El Occidental
6 de febrero de 2012
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ROMPECABEZAS
La etimología de la palabra inteligencia esclarece su significado: "Intellegere": inter (entre) y legere (escoger, leer). Una persona inteligente es aquella que escoge bien; que sabe leer. Es una capacidad intelectual por cuanto que las elecciones correctas sugieren aptitudes especiales: capacidad para identificar lo común en la variedad; para reducir lo múltiple a la unidad; y para generalizar.
En suma: es la capacidad de ir más allá de la inmediatez de lo percibido, supone: aprender, pensar, razonar, representar, comparar, clasificar... En contraste, un bruto se limita a sus sensaciones; incapaz de clasificar, relacionar y generalizar, se quedará estancado; no aplicará su experiencia a situaciones semejantes, no anticipará ni calculará resultados.
El lerdo tendrá dificultades para relacionar medios con fines, se mueve únicamente entre los hechos particulares, condenado a repetir los mismos errores sin conectar sus resultados a un lazo que reúna lo vario o en lo uno, lo particular con lo general. Reza una sentencia: es inteligente quien mira más allá de la puerta de su casa.
La inteligencia es fundamental para el desarrollo científico: la construcción de cualquier artefacto mejora por el ejercicio intelectual de encontrar lo que tienen en común los productos mejor construidos.
El pensamiento científico diseñó métodos para pasar de lo individual a lo universal; y luego lo general fue aplicándose a los casos singulares, precisamente, gracias a que la inteligencia elabora las simplificaciones. La capacidad de elegir (componente esencial de la libertad) es lo que nos define como humanos. Pero pensar no es fácil, de hecho, dice Benjamín Franklin, es algo tan difícil, que son pocos los hombres que piensan. Además, Freud mostró las muchas situaciones en que el inconsciente nos gobierna e impide tomar decisiones racionales.
La noción de inteligencia fue diversificándose, y constituyó una fuente de trabajo para los aplicadores de test con la pretensión de medir el coeficiente intelectual, donde lo que se muestra realmente no es la inteligencia, sino la habilidad para responder test.
Y por otra, cobraron fuerza variantes de inteligencia, entre ellas, la más famosa fue la inteligencia emocional, a partir del libro de Daniel Goleman, en el que propone un tipo de habilidades para gestionar las emociones y sentimientos para impulsar motivaciones donde la autoestima se eleva y las relaciones interpersonales resultan más armoniosas.
Hay personas tenidas por inteligentísimas en el ámbito laboral, emprendedores exitosos, buenos planificadores... pero en su vida sentimental son especialmente brutas, enredándose en relaciones con personas abusivas y maltratadoras: no son emocionalmente inteligentes: eligen mal a sus parejas.
Algunas clasificaciones de la inteligencia toman en cuenta aspectos como la diversidad cultural y la integridad ética: no podemos considerar inteligente a tipo habilidoso para estafar a los demás, será astuto como un zorro. Nada más. Pese a su eficiencia para conseguir fines perversos, su maldad es una mala elección, por lo tanto no es inteligente.
La inteligencia psicológica o cognitiva destaca habilidades relacionadas con el aprendizaje, la memoria, la concentración y otras destrezas de los procesos de pensamiento. La inteligencia adaptativa evalúa los estímulos del entorno y elige cursos de acción adecuados, especialmente cuando surgen nuevas situaciones. La inteligencia motriz evalúa habilidades corporales y hasta fisiológicas. Niños aptos para las matemáticas son torpes bailarines. Hete aquí la importancia de reconocer las distintas inteligencias. Otra variante otorga a algunos artefactos el atributo de la inteligencia artificial: sistemas de cómputo con capacidad para clasificar, decodificar lenguajes, planear, así como resolver problemas, con la posibilidad de reprogramarse (semejante a otras habilidades humanas como aprender y pensar).
Cualquier definición de inteligencia luce parcial. Para mí es un atributo creativo y autogenerativo, como dice Woodrow: "La inteligencia es la capacidad de adquirir capacidad". Pero si realmente se quiere medir la inteligencia merece la pena hacerlo en correlación con la felicidad. Una persona verdaderamente inteligente no puede ser infeliz. En este sentido, la inteligencia es una, y hablar de la inteligencia lingüística, musical, espacial, lógica y las restantes, es sobreañadir. San Agustín lo sintetiza elegantemente: Inteligencia: conócete, acéptate y supérate.
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