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Opinión
![]() Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Quevedo, Superdotado, cortesano y rijoso
El Sol de México
21 de septiembre de 2008
Escribía cuando "le venía en gana", era un ser superdotado, de pies deformes, cojo de uno, gordo y muy corto de vista, y quedó huérfano a los seis años de edad.
Se la pasaba la mayor parte del tiempo en las casas que arden de noche y estaba enamorado de las prostitutas de la casa, y había estudiado en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús en Madrid. Un cortesano audaz, agudo y generoso; espía y encargado de organizar la Hacienda del virreinato de Nápoles; fiel al monarca, de quien se burlaba, y del Grande de España, que era su protector. Misógino, fumaba mucho, frecuentaba las tabernas y los lupanares, llevaba una vida desordenada y se entregaba a una febril actividad creativa. LA ENEMISTAD CON GONGORA Luis de Góngora y Argote, a pesar de sus triunfos literarios, obtuvo únicamente los títulos de capellán y limosnero del rey Felipe III. A la contra, Quevedo ostentó los títulos de señor de la Torre de San Juan Abad y caballero de la Orden de Santiago. En 1601, Quevedo viaja a Valladolid siguiendo a la Corte que trasladó allí el duque de Lerma, y en esa estancia vallisoletana comienza su larga enemistad con Góngora, que reside en Madrid y le disputa el favor real y la fama literaria. A Valladolid le llegan a Quevedo las expresiones de la malquerencia que le tiene Góngora y escribe la primera de sus sátiras. Vendrían otras acusándole de "ser sacerdote indigno, homosexual, escritor sucio y oscuro, entregado a la baraja e indecente", y en "A una nariz" se ensaña con el apéndice nasal de Góngora, atendiendo que en aquella época se creía que el rasgo más acusado de los judíos era ser narigudo. El prejuicio prevalece hasta nuestros días. Góngora le respondió con la misma violencia llamándole "coime de burdel", "cornudo de las meretrices, a las que ama precisamente porque son otros quienes las disfrutan", y también haciendo mofa de los defectos de Quevedo: "gordo lujurioso e impotente", "cojo del cuerpo y de la mente", "un ciego que se hace de la vista gorda cuando de vigilar los dineros de la Hacienda es su deber y lo hurtan sus favoritas" y "un borrachín consumado, don Francisco de Quebebo". Góngora da por terminada la querella y escribe su autorretrato: "Los ojos son grandes y mayor la vista, pues conoce un gallo entre cien gallinas; la nariz es corva, tal bien que podría servir de alambique en una botica; la barba ni corta ni mucho crecida, porque así se ahorra cuellos de camisas; fue en un tiempo castaña, pero ya es morcilla". Quevedo ya no siguió con sus sátiras a Góngora, pues la estaba pasando mal en la cárcel. DE PROGENITORES NOBLES Nació en Madrid, el 14 de septiembre de 1580, y pertenecía al linaje de los Quevedos, familia hidalga y montañesa, descendiente de ricos hombres de Castilla, acreditada en el valle de Toranzo, en las montañas de Burgos, actual Cantabria. La casa solariega donde nació se hallaba cerca de Vejorís de Toranzo, sobre una eminencia llamada barrio de la Cerceda, y fue bautizado en la parroquia de San Ginés el 26 de septiembre de 1580. Su infancia transcurrió en la villa y la Corte, rodeado de nobles y potentados, ya que sus progenitores desempeñaban altos cargos en Palacio. Su padre, Francisco Gómez de Quevedo, era secretario de la princesa María, esposa de Maximiliano de Alemania, y su madre, María de Santibáñez, madrileña, de madre también montañesa, era camarera de la reina Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II. Ya adolescente pasó a estudiar al Colegio Imperial de la Compañía de Jesús en Madrid, en donde "me refugié en los libros ante los imperativos de una edad en que el bigote es un listón sombrío sobre los labios". A los 19 años se fue a la Universidad de Alcalá de Henares, donde "estudié incansablemente la licenciatura de Artes durante cuatro años, profundizando en filosofía, lenguas clásicas, árabe, hebreo, francés e italiano". Un año después, en 1601, siguió a la Corte que trasladó a Valladolid el duque de Lerma. Ahí estudió teología y comenzó a destacar como poeta y fue incluido en la antología generacional de Pedro Espinosa: "Flores de los poetas ilustres", de 1605. Cultivó la prosa, escribiendo como juego cortesano en el que "lo más importante es exhibir el ingenio", y así escribió la novela picaresca "Vida del buscón" y obras breves burlescas que le ganaron celebridad entre los estudiantes, y de cuyos textos habría de renegar en su edad madura por ser "travesuras de juventud". En esos días establece un intercambio epistolar con el humanista belga Justo Lipsio, "deplorando las guerras que estremecen a Europa". Lipsio o Lips era secretario del cardenal De Granville y profesor en las universidades de Jena, Liden y Lovaina, y falleció un año después de su correspondencia con Quevedo, a los 59 años de edad. EN MADRID EN LA CORTE Vuelta la Corte a Madrid, arriba Quevedo a ella en 1606. Se entrega a las letras, escribe cuatro de sus "Sueños y diversas sátiras breves en prosa"; obras de erudición bíblica: "Lágrimas de Jeremías castellanas"; una defensa de los estudios humanísticos en España: "España defendida" y la obra política "Discurso de las privanzas", así como lírica amorosa y satírica. SE HACE AMIGO DE LOPE DE VEGA Y MIGUEL DE CERVANTES Frey Félix Lope de Vega y Carpio, a quien se nombra "Fénix de los ingenios", en aquel entonces secretario del duque de Sessa, se hace amigo de Quevedo, con quien comparte la rivalidad de Góngora, que "le envidia su capacidad de innovador y poeta". Lope de Vega escribió dos mil dramas y autos que componen 133 mil páginas con 21 millones de versos. Esta fecundidad "enloqueció a Góngora de envidia". Lope de Vega dedicó numerosos elogios a Quevedo en sus libros de rimas, y Quevedo aprobó las "Rimas humanas y divinas", de Tomé Burguillos, un seudónimo de Lope de Vega. Sin embargo, Quevedo, impaciente y rijoso, "ataca sin piedad" a los dramaturgos Juan Ruiz de Alarcón, cuyos defectos "me hacían gracia, ya que era pelirrojo y jorobado", y a Juan Pérez de Montalbán, hijo de un librero con el que Quevedo tuvo disputas. Igualmente se hace amigo de Miguel de Cervantes Saavedra, con quien estaba en la Cofradía de Esclavos del Santísimo Sacramento y ambos se dedican elogios mutuos. Cervantes en el "Viaje del Parnaso" y Quevedo en "La Perinola". EN ITALIA En ese tiempo estrecha una gran amistad con el grande Pedro Téllez-Girón, el Gran Duque de Osuna, al que acompaña como secretario a Italia en 1613, desempeñando diversas comisiones para él que le llevaron a Niza, Venecia y finalmente a Madrid, donde se integrará en el entorno del duque de Lerma, siempre con "el propósito de conseguir para mi amigo el duque de Osuna el nombramiento de virrey de Nápoles, lo que al fin logré". Vuelto a Italia en 1616 de nuevo con el duque, éste "me encargó de dirigir y organizar la hacienda del Virreinato de Nápoles y desempeñar otras misiones, algunas relacionadas con el espionaje de la República de Venecia". El duque le otorga en recompensa el hábito de Santiago en 1618. EL DUQUE DE OSUNA Pedro Alcántara Téllez-Girón y Guzmán, general y político español, fue el tercer duque de Osuna, llamado "El Grande". "Para enmendar los yerros cometidos durante mi juventud desordenada y borrascosa, senté plaza en los ejércitos españoles de los Países Bajos en 1606", escribe el duque. Por los servicios prestados a la Corona durante su campaña en Flandes, Felipe II lo nombra capitán general y virrey de Sicilia. "Tanto celo puse en defender los intereses de mi patria que intenté terminar con el poderío de Venecia en el mar Adriático, pero mis enemigos venecianos me envolvieron en una conjura y se me retiró de mi cargo". Quevedo le ayudó a su amigo espiando a los venecianos, aunque no pudo descubrir con anticipación la intriga que éstos iban a urdir contra el duque. Al ser elevado al trono Felipe IV, el conde-duque de Olivares lo mandó procesar a él y a Quevedo. Ordenó encarcelar a Osuna en la fortaleza de la Alameda y a Quevedo lo desterró a la Torre de Juan Abad, hoy Ciudad Real, cuyo señorío había comprado su madre con todos sus ahorros para él y se lo heredó. EN EL DESTIERRO Los vecinos del lugar no reconocieron la compra y Quevedo puso pleito ante el Consejo; pleito interminable que se resolverá a su muerte a favor de su sobrino y heredero Pedro Aldrete. Quevedo llegó a Torre de Juan Abad "en lomos de mi jaca Scoto, a quien así llamé por lo sutil que era", cuenta en uno de sus romances. LOS DIAS CON FELIPE IV Felipe IV, rey de España, Portugal y las Indias, sucedió a su padre en 1621, a los 16 años de edad. A esa edad lo que menos le interesaba era regir sobre tan vasto imperio, descargando el peso del gobierno en su favorito: don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares. "Este truhán no hace más que favorecer a sus amigos y extraños, y a destituir a los que antes disfrutaron de gloria y fortuna", comentó Osuna a Quevedo ya caídos en desgracia. El rey, que tiene inquietudes literarias, ordena el levantamiento del castigo a Quevedo y lo invita a acompañarlo en un viaje a Andalucía y Aragón, algunas de "cuyas divertidas incidencias conté en mis cartas a los amigos", dice Quevedo. Al joven rey la relación y enseñanzas de Quevedo le inspiraría años más luego escribir varias obras dramáticas firmadas bajo el seudónimo "Un ingenio de esta", y su nombre llega a figurar en el catálogo de las autoridades de la lengua. A Quevedo la relación con el monarca le significa la vuelta a la política y el tener "grandes esperanzas ante el conde-duque de Olivares". Sin embargo, "el truhán" se comporta como tal y Quevedo escribe un memorial que pone debajo de la servilleta del rey: "Sacra, católica, cesárea, real majestad", donde denuncia la política del conde-duque. Se ordena detener a Quevedo, se confiscan sus libros y, "sin apenas vestirme, soy llevado al frío convento de San Marcos de León". En el monasterio se dedica a la lectura, y así lo cuenta en la "Carta moral e instructiva", escrita a su amigo, Adán de la Parra: "De las 10 a las 11 rezo algunas devociones, y desde esta hora a las 12 leo en buenos y malos autores; porque no hay ningún libro, por despreciable que sea, que no tenga cosa buena, como ni algún lunar el de mejor nota. Catulo tiene sus errores, Marcus Fabius Quintilianus sus arrogancias, Cicerón algún absurdo, Séneca bastante confusión; y, en fin, Homero sus cegueras, y el satírico Juvenal sus desbarros; sin que falten a Egecias algunos conceptos, a Sidonio medianas sutilezas, a Ennodio acierto en algunas comparaciones, y a Aristarco, con ser tan insulsísimo, propiedad en bastantes ejemplos. De unos y otros procuro aprovecharme de los malos para no seguirlos, y de los buenos para procurar imitarlos". Quevedo sale de su encierro en 1643. Está achacoso y muy enfermo, y renuncia a la Corte para retirarse definitivamente en la Torre de Juan Abad. En sus cercanías, y tras escribir en su última carta que "hay cosas que sólo son un nombre y una figura", fallece en el convento de los padres dominicos de Villanueva de los Infantes, el 8 de septiembre de 1645. Su tumba es violada días después por "un caballero que deseaba tener las espuelas de oro con que había sido enterrado". El "caballero", para ocultar su delito, cargó con el cadáver de Quevedo y lo tiró a la fosa común. En la leyenda se dice que el caballero murió al poco "en justo castigo por tal atrevimiento" y las espuelas de oro de Quevedo jamás han sido encontradas. Columnas anteriores
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