Opinión / Columna
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Mario Núñez Mariel
Cretinismo parlamentario en México y en Estados Unidos
Organización Editorial Mexicana
8 de marzo de 2010
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Si no recuerdo mal, el término 'cretinismo parlamentario' lo acuñó Lenin para referirse a los legisladores de las grandes democracias occidentales europeas, que se dedicaban a simular que resolvían los asuntos populares para representar de facto los intereses de las clases dominantes. La simulación sería el rasgo característico de las legislaturas de las democracias de inicios del siglo XX que ameritaban ese apelativo.
Sin embargo, ahora en pleno siglo XXI, en el año de la conmemoración del bicentenario del Estado disfuncional mexicano, podemos observar que nuestro Poder Legislativo se comporta en términos dignos de recordar el estigma leninista: los legisladores mexicanos -sin que quepa el viejo lavado de salud de "con las honrosas excepciones"- se comportan como verdaderos cretinos que simulan representar al pueblo de México en el ejercicio de su soberanía, pero que de hecho sólo representan en términos patrimoniales sus pequeños, cínicos y contables intereses. Son incapaces de legislar, son incapaces de reformar el Estado que hace agua por todos lados, empezando por el mismo Poder Legislativo, son incapaces de fiscalizar al Ejecutivo con la mínima racionalidad y son incapaces de rendir cuentas ante sus electores.
Los diputados plurinominales mexicanos deberían ser llamados diputados patrimoniales por tratarse de los verdaderos dueños del negocio. Los plurinominales hacen de las cámaras su casa privada, su coto personal de peculio, son los dueños de la conducción de las bancadas y tienen más poder que los diputados o senadores de mayoría, que tuvieron que ganar una elección para llegar a ser diputados o senadores. Pero incluso los legisladores que llegan por la vía del voto a sus curules tampoco tienen que rendirle cuentas a nadie. Como a los chimpancés de los zoológicos, todo se les va en la risa. Sienten, creen y saben que a nadie le deben su puesto y no tenemos ninguna garantía de que si se les otorga la reelección, se comportarán de modo diferente.
Los legisladores mexicanos tienen en las manos la posibilidad de legislar las reformas del Estado que regresen a México a la racionalidad y la convivencia civilizada, y no lo hacen porque en el fondo les vale madres lo que pase con el país y sus decenas de millones de desempleados, subocupados y miserables a ser clasificados entre los que comen una, dos o tres veces por día. México es un desastre. Así de llano es el panorama y cabe su diagnóstico en sólo cuatro palabras.
Nos queda la falsa consolación de que en Estados Unidos no cantan mal las rancheras. Si contemplamos el comportamiento de los representantes y de los senadores estadunidenses en el penoso proceso de discusión y aprobación de la reforma del sistema de salud, podemos afirmar con la misma franqueza que estamos ante una bola de ineptos, miedosos, mezquinos y farolones, que contemplan a su nación con los ojos del mismo cretinismo parlamentario que denunciara Lenin en su tiempo. El ego maligno de los legisladores de Estados Unidos es la expresión de una enfermedad que parece haber cobrado la forma de epidemia en el mundo: la parálisis legislativa.
Más allá, tenemos que legisladores en diversos estados de la Unión Americana se afanan por legislar para que en las escuelas se deje de enseñar la teoría evolucionista de Darwin porque niega la interpretación del mundo como creación de Dios. No contentos con ese atentado a la razón, ahora están promoviendo que se revise en las escuelas tanto las ventajas como las desventajas de las teorías científicas y se ponga en duda dentro del mismo paquete: el origen de la vida, la evolución de las especies, la clonación y el calentamiento global. Los perniciosos cretinos.
¡Dios mío, qué hicimos para merecer legisladores tan pendejos!
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