Opinión / Columna
 
Antonio Ochoa García de Quevedo  
Pacifismo y progresismo: paradigmas para la construcción del futuro
El Occidental
26 de enero de 2010

  La violencia ha sido una determinante que forma parte de la realidad de la historia de la humanidad. Se ha dado, en la mayor parte de las ocasiones, paralelamente al surgimiento de los más importantes avances tecnológicos. Este fue de hecho el marco en que se desenvolvió el propio siglo XX, en el cual en su primera mitad tuvieron cabida los conflictos más devastadores que se hayan conocido como la Primera y la Segunda Guerras Mundiales. Particularmente la última de éstas, que entre sus efectos más trágicos, trajo consigo el Holocausto de más de seis millones de judíos, se libró bajo la iniciativa de Adolfo Hitler, quien supo explotar de la mejor manera el resentimiento del pueblo alemán, derivado de las sanciones que le fueron impuestas por los Aliados a partir de la firma en 1919 en París de los Tratados de Versalles.

En efecto dichas penalidades deterioraron sustantivamente su nivel de vida. En ese contexto hay que reconocer asimismo, que las condiciones proteccionistas que privaron en el orbe en el periodo de las entreguerras de 1919 a 1939, fueron también el detonante de la Gran Depresión o Crisis Económica de 1929 a 1933, en los Estados Unidos, cuyos efectos negativos alcanzaron al resto de las naciones de la tierra, ya que se tiene la certeza que tras la aplicación a instancias del presidente Franklin Delano Roosevelt, de las tesis económicas de John Maynard Keynes y la implementación del "New Deal Estate" o Estado benefactor; fue posteriormente la reconversión de la planta productiva e industrial norteamericana hacia fines bélicos, en el marco previo y durante la Segunda Guerra Mundial lo que finalmente condujo a la plena recuperación al haber sido los Tratados de Yalta, firmados en febrero de 1945 y los Acuerdos de Potsdam, en julio de ese mismo año, los mecanismos políticos que abrieron el camino hacia la pacificación, no obstante que el bombardeo atómico a Hiroshima ocurrió el 6 de agosto de 1945.

Europa, en efecto, aprendió de los sucesos de guerra y destrucción que se protagonizaron en su territorio y dio pasos en firme hacia la integración continental al constituirse, en 1951, la Comunidad Europea del Acero y el Carbón, la cual si bien sólo estuvo circunscrita a unos cuantos países, sin embargo representó un relevante esfuerzo de concertación económica, que seis años después, en 1957, transitó hacia la firma del Tratado de Roma, con el cual quedó formalmente estructurada la Comunidad Económica o Mercado Común Europeo, que es el antecedente a la suscripción, en 1991, de los Acuerdos de Masstricht, con los que se forjó la Unión Europea.

Dicho Macro-Estado, que en la actualidad consta de 27 países miembros está regido, desde 1999, por una moneda común: el euro, así como desde antes de esas fechas en lo político por el Consejo de Ministros y por el Parlamento de Estrasburgo, mientras que por la Corte Europea en lo jurídico.

Desde mi perspectiva u opinión, dicha tendencia a la que se han acogido en el Viejo Mundo por igual gobiernos conservadores o socialistas representan el nuevo y más progresista paradigma a edificar.

Para bien o para mal el gasto armamentístico, que en el año 2007 alcanzó un billón 59 mil millones de dólares, históricamente ha sido una fuente, no sólo de innovación tecnológica sino asimismo un recurso para la reactivación económica. Simplemente hay que recordar cómo la computación y el Internet son avances de punta, que provienen del ámbito militar al haber sido creados en 1968 por el Pentágono, centro estratégico del mando de Estados Unidos con sede en Washington, ante la eventualidad de un ataque nuclear de la Unión Soviética en el auge de la Guerra Fría, que se libró de 1948 a 1991.

Por lo demás hay que tener presente que cuando en 1984, la Unión Americana colocó en el espacio un sofisticado mecanismo capaz de contrarrestar y disuadir por medio de rayos láser cualquier ataque atómico de Rusia, con ello se puso a la vanguardia, en el campo tecnológico, en el que se libró la verdadera disputa por el poder mundial, al llevar a la ruina y al colapso a la Unión Soviética y su sistema de economía centralmente planificada, el cual resultó incapaz para competir y dar alcance a la poderosa maquinaria bélica e industrial norteamericana.

Hay que resaltar que en los albores del siglo XXI, el actual contexto internacional da cuenta de un entorno, ya no bipolar sino policéntrico, encabezado por Estados Unidos que conserva el liderazgo en el campo armamentístico, la Unión Europea y China en donde de hecho se comparten ya las áreas de influencia económica. Aunque resulta un tanto quimérico e ilusorio enmarcar el avance tecnológico en un código de ética, sin embargo creemos que apremia imprimir a las más significativas innovaciones de un alto sentido de responsabilidad social, y que los nuevos avances lejos de ser instrumentos letales y mortíferos de guerra y destrucción se perfilen a la construcción, en el futuro, de un mundo mejor toda vez que no concebimos como racional que una zona geográfica de marcados contrastes y desigualdades así como de miseria y marginación en algunas de sus áreas como América Latina haya gastado, en el 2008, 50 mil millones de dólares en armamento, lo cual en una era que debiera estar caracterizada por la concordia y la reconciliación a 200 años del inicio de la mayor parte de los movimientos independentistas, ciertamente dicho dispendio nos aleja sustantivamente de la integración continental, que anheló el ilustre libertador Simón Bolívar, en el hoy por hoy largo camino que aún queda para recorrer para construir, al igual que Europa, una Latinoamérica más justa, más libre y enlazada, con ventajas comparativas a la globalización de la economía mundial.

* Catedrático universitario de la UNIVA.
 
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