Opinión / Columna
 
Antonio Ochoa García de Quevedo  
Proyecto sistémico para el desarrollo: eficiencia económica y solidaridad social
El Occidental
12 de enero de 2010

  Durante el tiempo que ha transcurrido en la Historia han habido importantes contribuciones al pensamiento económico, sobresaliendo entre éstas, la publicación en el año de 1776 de la obra "La riqueza de las naciones", en la cual el inglés Adam Smith afirmaba que había una "mano invisible" que de forma natural aseguraba la producción, la distribución y el abasto de los diferentes bienes en una determinada sociedad. Esto fue en el marco de la expansión de la Primera Revolución Industrial en Inglaterra, misma que comienza entre 1735 y 1750 con el surgimiento del ferrocarril y la máquina de vapor, al haber sido la hiladora hidráulica -aparecida en 1769- su principal invención. En el siguiente siglo -a mediados del XIX- al filósofo alemán Karl Marx le llevó 25 años la redacción de los tres tomos de su última y más importante obra "El Capital", en la que después de detalladas y exhaustivas investigaciones económicas demuestra el fenómeno de la plusvalía. En el año de 1884 nace en Londres, alrededor de las mismas fechas en que muriera Marx, el ilustre economista inglés John Maynard Keynes, quien con sus aportaciones vino a revolucionar todos los argumentos de dicha ciencia.

Él resaltó la necesidad de que el gobierno sustituyera o apoyara a las empresas privadas cuando estas se encontraran en situación de crisis o apremio financiero. También destacó lo conveniente de incrementar el gasto público para lograr el pleno empleo, así esto tuviera cabida mediante niveles moderados de déficit e inflación, ya que asimismo se refirió a lo adecuado de incrementar la demanda de bienes y servicios mediante la emisión e introducción de cantidades razonables de dinero circulante. Finalmente sugirió una mayor regulación económica tanto interna como externa. Dichos argumentos, que lo hicieron merecedor del Premio Nobel, no sólo permitieron la recuperación del colapso de 1929 a 1933, derivado de la crisis que se inició en Wall Street, sino que dieron asimismo forma después de la creación en 1944 de las instituciones financieras de Brettón Woods que ese año originaron el surgimiento del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a los que se agregó en 1947 el GATT: el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio. En efecto, todo esto en su conjunto, auspició de 1945 a 1975 la "larga onda económica expansiva de la posguerra", en la que la característica primordial fue que tanto los países más industrializados así como las naciones emergentes, crecieron esencialmente hacia adentro.

Con todo hay que destacar que en 1974 y 1975 se presenta un nuevo e inédito problema: estancamiento con inflación, el que no se puede solucionar de acuerdo al modelo keynesiano, razón por la que se adoptan los lineamientos de Milton Friedman, creador de la Escuela Monetarista Moderna de Chicago, mismos que en 1979, bajo la influencia asimismo de Hayeck, dan cabida a la creación del neoliberalismo como un medio para hacer frente a la crisis de acumulación por la que atravesaba el sistema capitalista que se refrenda hacia los finales de la década de los años ochenta y principios de los noventa con la aprobación por parte del Congreso Republicano de Estados Unidos del "Consenso de Washington". Este consenso buscó recomendar a los países de América Latina en el contexto histórico de la crisis de la deuda externa, políticas económicas prudentes. Sus bases esgrimen la privatización de las empresas públicas, la desregularización económica interna y la apertura de la planta productiva al comercio mundial. Si bien numerosas naciones entre las que sobresalen incluso aquellas como Francia, de Francois Mitterrand, y mucho tiempo después Brasil de Luiz Inacio Lula da Silva y Chile, de Ricardo Lagos, regidos por sistemas socialistas liberales adoptaron algunas de sus sugerencias, sin embargo es hoy por hoy obsoleto.

Hace 40 años otro economista ganador del Premio Nobel, Paul Smuelson, de origen norteamericano estableció que hay tres preguntas fundamentales a las que debe responder cualquier economía: ¿Qué se va a producir?, ¿cómo se va a producir?, y ¿para quién se va a producir? Asimismo se refirió como etapas posteriores a los anteriores cuestionamientos al crecimiento y la expansión. Sin embargo, otro economista de orientación neokeynesiana, Joseph E. Stiglitz, ganador del Nobel en el 2001, ha señalado en relativamente recientes publicaciones que el colapso de septiembre de 2008 en la Bolsa de Valores de Nueva York constituye para el capitalismo lo que para el comunismo fue en 1989 la caída del Muro de Berlín. En ese sentido, hay que enfatizar que junto con Paul Robin Krugman, galardonado en el 2008 por la Real Academia Sueca de las Ciencias, en efecto han surgido para bien los argumentos neokeynesianos que sin más con la aprobación del paquete del rescate financiero del orden de los 700 mil millones de dólares encontraron la luz al final del túnel e hicieron viable el camino a la recuperación, ya que de no haber sido así no se hubieran factiblemente reportado las cifras expansivas del tercer y cuarto trimestres del 2009 en los Estados Unidos, a pesar de que el tendón de Aquiles de dicha reactivación sigue siendo la escasa generación de fuentes de empleo, núcleo estratégico de cualquier economía.

Aunque hay principios inamovibles en todas las orientaciones del pensamiento económico, como el hecho de que se ha atravesado históricamente por periodos de auge y bonanza seguidos por ciclos recesivos, lo cierto es que mientras tuvo vigencia el keynesianismo se lograron con creces atenuar los efectos negativos e indeseables de las etapas depresivas. Por lo que en la actualidad están resurgiendo dichas bases con el propósito de estructurar un proyecto global y sistémico para el desarrollo, en el cual debe privar un adecuado equilibrio entre eficiencia económica y solidaridad social. Ése es el gran desafío que impera en el presente en que apremia dotar a la innovación tecnológica determinante del crecimiento económico de un mayor sentido de responsabilidad social; plan de largo aliento, que en mi opinión, no cristalizará mientras la economía internacional se siga basando en el sector financiero y especulativo en detrimento de lo que creo que debe ser su núcleo principal; es decir, el sector generador de las tan necesarias fuentes de empleo. De hecho considero que ése es el camino más viable y humano, por lo demás racional para hacer compatible la vigencia de un modelo sistémico que implique un sector empresarial sano y eficiente que se asocie con un alto sentido de responsabilidad y solidaridad social.

* Catedrático universitario de la UNIVA.
 
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