Opinión / Columna
 
José Luis Cuéllar de Dios 
Buenos deseos; cuan iluso soy
El Occidental
18 de diciembre de 2009

  Con la venia de todos, esta colaboración es la última de este desastroso año; ¿no que año de nones año de dones? Pamplinas, por eso no hay que ser supersticiosos, porque es de mala suerte. Si Dios lo permite y los lectores lo aceptan, este escritor reaparece el 8 de enero de un 2010 que, de acuerdo al legado del que se retira para, gracias al Creador, nunca más volver, nos depara más penas que alegrías, más obstáculos que oportunidades, más oscuros que claros. Ante una realidad tan real y con el riesgo de sonar moralista, me permito, como última colaboración de este año, hacer algunas reflexiones que, advierto, están alejadas de ser recomendaciones. Reflexiones que acaso sirvan para tratar de sacar experiencia de los embates de una realidad vivida a lo largo de los últimos 352 días, que por momentos nos asqueó y que quizás, podrá repetirse en los siguientes 365 más 13 días hasta llegar al 2011.

Indudablemente hemos vivido un año acechados por calamidades que nos han hecho recorrerlo con una permanente sensación de angustia y desesperanza.

Como consecuencia de una crisis multiforme y tridimensional se desnudaron las terribles carencias políticas, sociales, económicas y morales, que caracterizan hoy día a nuestra nación, a la distancia de casi 200 años de Independencia y 100 de Revolución. No podemos echar campanas al vuelo diciendo que avanzamos cuando existen 60 millones de pobres en diferentes escalas, un país sumido en la más terrible violencia que el narcotráfico genera, un incremento gradual en el consumo de drogas, en suma una degradación social evidente y en continuo crecimiento.

Los cimientos sólidos que toda nación requiere para su permanente desarrollo están contaminados y sembrados permanentemente con el germen de la desconfianza, producto de tantas simulaciones, mentiras y frivolidades, situación que genera las desgracias por todos conocidos, desgracias económicas, políticas, sociales y morales. Hemos adoptado culturas reprobables y altamente peligrosas, por citar alguna de ellas: las desgracias ajenas nos provocan, en el mejor de los casos indiferencia, regocijo en el peor de ellos; el triunfo de los demás nos convoca al resentimiento.

Sin embargo, ante expectativas tan deprimentes recordemos que la esperanza es el flujo de la vida, por esta absoluta realidad, al 2010 habrá que recibirlo con la flor de una esperanza, evitar que la epifanía de un nuevo año se convierta, pronto, en deceso prematuro. Evitemos sumarnos a esa legión cada vez más numerosa de los partidarios de la autodestrucción.

Señales y signos negativos para el año que en unos días asoma, expuestos por expertos en diferentes materias, hablan de problemas previsibles, mas no supongamos que por previsibles sean inevitables.

Tal vez sea el momento de pedirles a los políticos la renuncia a componendas, vanidades, rivalidades e intereses personales que tanto daño han causado al desarrollo del país. Convocar a los medios de comunicación a combatir esa peste mediática causante de no pocos males sociales. Llevar a cabo una gran campaña nacional de sensibilización a fin de que las adversidades se enfrenten con leal deber y si es posible con sincero afecto. Esto por aquello de nuestra atávica costumbre a buscar antes que soluciones el cómodo e inservible "chivo expiatorio".

Porque no, comunicarse con la delincuencia organizada para solicitarles una tregua y dejar de lado la crueldad, la insensibilidad, el egoísmo; seguramente que todos ellos desean un mejor país para sus hijos. No es imposible que los notables y acelerados avances tecnológicos y científicos sirvan para recomponer el tejido social tan severamente dañado. Por último y muy importante, que sepamos construir un andamiaje de seguridad contra cualquier tipo de discriminación. Seamos adictos a la tolerancia, esa cultura que construye puentes de comunicación para que transite con seguridad la humanidad.

En fin, buenos deseos para que la áspera realidad se convierta en un futuro mejor, digno de vivir. Por esto y más, exclamo sinceramente: ¡cuan iluso soy! Paz y bienestar a todos hoy y siempre. Amén de los amenes.
 
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