Opinión / Columna
 
José Luis Cuéllar de Dios 
Del enojo depresivo al estallido social
El Occidental
30 de octubre de 2009

  Resulta preocupante y altamente peligroso, por decir lo menos, las cada vez más frecuentes alusiones a la posibilidad de estallidos sociales en nuestro país. Comunicadores y personajes de la vida pública y privada de nuestra sociedad, han venido abordando el tema cada vez con mayor frecuencia, y lo peor, con mayor énfasis. Ya en su momento lo dijo el rector de la UNAM, ya lo han dicho hombres de negocio prominentes, ya lo expresaron políticos de diferente jaez, y hasta alguna que otra autoridad eclesiástica.

Sin dejar de reconocer los graves atrasos y la infinidad de problemas en todos los órdenes de la vida nacional, esperamos y deseamos, nada más remoto, que la terrible posibilidad de alzamientos sociales, por la vía de la violencia. Evidentemente resulta complicado entender las verdaderas condiciones de inconformidad social, que capas de diferentes estratos sociales experimentan en estos difíciles momentos, es un asunto que se ha vuelto turbio e ilegible, pero de que se trata de un asunto grave y verdadero ni lugar a dudas para soslayarlo.

Millones de desempleados, políticos enfrentados, empresarios inconformes, enfrentamiento contra el narcotráfico, finanzas alarmantemente vulnerables, y algunos etcéteras más, complicados y urgentes, perfilan un horizonte de turbulenta realidad. Sin embargo, ante panorama tan desolador cada uno de nosotros, desde nuestra posición, por insignificante que parezca, debemos poner nuestra cuota de sensatez y buena disposición. Es importante que autoridades y sociedad en general, a través de todas las representaciones establecidas, orienten sus esfuerzos hacia la convivencia y la estabilidad.

Es evidente el fracaso político, que el partido en el poder a nivel nacional, ha tenido en materias de alta prioridad para la estabilidad económica, política y social de la nación, pero también es evidente que la oposición se aprovecha de estos estrepitosos fracasos para exhibir al adversario pensando en futuras posiciones políticas, antes que en decisiones que alcancen el bienestar social y el progreso en temas sensibles. Somos testigos frecuentes de que los argumentos para defender -o atacar- ciertas iniciativas y medidas conllevan más un carácter de intereses partidarios y grupales que de soluciones razonables y congruentes, que proporcionen esperanzas a futuro para la población.

No hay que perder de vista la Historia, a naufragios particulares le siguen desastres colectivos, las promesas por parte de los políticos ya no son, ni siquiera, expresiones de buena voluntad, ahora están matizadas por el auténtico cinismo. Con inusual frecuencia las estadísticas que se refieren a nuestro país en materia de crecimientos y estabilidades en diferentes rubros, nos vienen colocando en los últimos lugares del mundo, si del mundo; resulta incomprensible y aberrante que ante tales evidencias para los políticos la única visión y meta sea el poder y dominación como aspiración central.

Los mexicanos "de a pie" vivimos ahora un enojo depresivo, más que una irritación con carácter de agresividad, preocupa la impresionante y enorme condición de desempleo que impide sostener las necesidades de toda familia, educación, salud, alimentación, recreación. Ante tal condición no deja de ser simbólico y revelador el que no se hayan presentado manifestaciones callejeras de inconformidad, espontáneas y sin liderazgos políticos, que marquen un indeseable inicio de posteriores movimientos. Sin embargo debemos estar atentos y sin olvidar que la injusticia es un caldo de cultivo para la manipulación. Hay posiciones y en consecuencia decisiones políticas cubiertas de indiferencia y prepotencia que sólo causan -y han causado- pérdidas y desarreglos que por momentos parecen encender las llamas de la indignación. Ahora es frecuente ver como pendientes de imperiosa atención se aplazan, no para el análisis y perfeccionamiento sino para negarse. Kierkegard afirmaba, no sin razón, que la desesperación forma parte de la condición humana, ¿bastaran tres millones de desempleados, más los que se acumulen, invadidos por la desesperación para que el país entre a un estado tal de inconformidad que roce la posibilidad de convertirse en una escalada de violencia? Se trata evidentemente de un riesgo colosal que debe ser afrontado por todo los mexicanos para desvanecerlo hasta perderlo y descartarla como posibilidad. Pongámonos a trabajar con lucidez y cariño por México y dejemos de manejar cábalas con mensajes funestos. Amén de los amenes.
 
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