Opinión / Columna
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José Luis Cuéllar de Dios
¿Tiene límites la tolerancia?
El Occidental
16 de octubre de 2009
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Las mismas razones que se pueden aludir para ser tolerantes, son argumentos para ser intolerantes. Todos portamos, dada nuestra condición humana, una incoercible inclinación a ambas posiciones. El asunto termina por definirse en función de la cantidad de veces que practiquemos, según nuestra formación y de acuerdo a nuestras convicciones, cada una de esas posiciones: la tolerancia o la intolerancia. Ortega y Gasset afirma: a veces pienso que los hombres hemos venido al mundo a no entendernos. Esta afirmación nos da una primera y real aproximación al balance del tema: practicamos y con mucho, más frecuentemente y con más intensidad, la intolerancia que la tolerancia.
La definición de tolerancia es abrumadoramente clara: respeto y consideración hacia las opiniones o practicas de los demás, aunque repugnen a las nuestras, (Espasa Calpe, Enciclopedia Universal Ilustrada). Abordo el tema desde la simpática simplicidad de una estadística dada a conocer en una encuesta hecha por las líneas aéreas norteamericanas en el que se asegura -que esperaban- que los "tosijosos", los "gripientos", los gordos y los malolientes son los peores compañeros de asiento en cualquier vuelo; hasta lo que ocurre cotidianamente en nuestra vida comunitaria, tratase del ámbito político, social, religioso, cultural, filantrópico, deportivo y mil etcéteras más que dan cuenta, día a día, de que nos hemos convertido en seres más de antipatías que de afinidades.
La lectura de cualquier periódico de circulación local, las charlas de café, las reuniones entre empresarios, las discusiones en el sector oficial y en general el abordamiento de temas comunes, nos ilustran al respecto. La gran mayoría de las notas, reportajes, editoriales y comentarios, que por cierto en términos generales son malas noticias acentuadas por el afán amarillista, las conclusiones entre amigos, los acuerdos empresariales, las decisiones gubernamentales están matizadas con el acre sabor de la intolerancia.
La lealtad personal o de grupo a ciertas convicciones, a ciertas creencias, a ciertas personas, acarrean conflictos con otros. Nos olvidamos, cuando de resolver asuntos comunitarios se trata, de que la tolerancia atrae, armoniza, asocia, coincide, acerca y finalmente resuelve. ¿Ejemplos? Los que usted guste y de cualquier jaez: Una junta de cabildo del municipio de Guadalajara para resolver el tema de las banquetas de la avenida Vallarta, o de cualquier otro, una reunión de los socios del Atlas para enderezar una nave siempre a pique, una junta de las Cámaras tratando el tema del Cesjal, una reunión de alguna organización filantrópica para decidir reconocimientos, bueno, increíble, una junta familiar para definir invitados a un evento social. En todas ellas el común denominador es la intolerancia, en consecuencia aparecerán la repulsa, el conflicto, la competencia desleal, el disentimiento por capricho, la rivalizacion y finalmente el desacuerdo.
El asunto no se queda en lo meramente anecdótico, es de suma importancia y de mayor trascendencia, al grado de poder afirmar, sin lugar a dudas y poniendo un buen número de ejemplos que la intolerancia y el progreso son una pareja antitética. La intolerancia cualquiera que sea su destino o su intensidad siempre colocara sus intereses por encima incluso, de la verdad. Los tratos en ocasiones humillantes, los egos inflados, los anonimatos sin rostros, los temores de los débiles nacen de actitudes cerradas e intolerantes.
Nos estamos convirtiendo en una sociedad intolerante por antonomasia, somos mensajeros de discordia, de arbitrariedad, de violencia, intolerantes en todo y por todo: lo que otros desean los de enfrente lo aborrecen. Con cotidiana frecuencia se defienden posturas a todas luces erróneas pero que se sostienen por esa condición de intolerancia que, debemos reconocer, en ocasiones causa un deleite morboso, "feromonas de vanidad" que requiere nuestra cuestionable condición humana. Sin embargo no debemos dejar de reconocer que esta actitud se ha convertido en un fenómeno que ahora mismo representa un peligro social. A manera de ejemplo pongamos el comportamiento social complejo que por sistema recurre a la violencia como único medio para manifestar desacuerdos e inconformidades.
Si no se tolera se humilla, si se humilla se arremete, si se arremete aparece la violencia, verbal o física, la intolerancia por su propia condición tiene un carácter ancilar, nunca conciliatorio. Nos ha costado trabajo, a lo largo de la historia convertirnos en seres por naturaleza tolerantes. Dostoievski lo ejemplificaba: Cuanto más amo a la humanidad en general, menos amo a las personas en particular.
Esperemos que vengan tiempos mejores en este tema, la tolerancia es un asunto digno de mayor empeño. En otras palabras, la tolerancia vale más de lo que cuesta. Por cierto, a la pregunta del titulo de esta colaboración acerca de si la tolerancia tiene límites, por supuesto que lo tiene: aquel en el que no se convierta en pendejez. Amén de los amenes.
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