Opinión / Columna
 
José Luis Cuéllar de Dios 
Astuto mata gandul
El Occidental
2 de octubre de 2009

  Como una de las peores tragicomedias de la vida política en nuestro país, quedará aquel, ya famoso, mitin en el que López Obrador inventó a "Juanito" -Rafael Acosta- en afán de la persecución del poder económico (presupuesto multimillonario) y político (cientos de miles de votos) de uno de los municipios más poblados y con mayores desigualdades que existen en nuestro territorio nacional: Iztapalapa, en la Zona Conurbana del Distrito Federal.

Nunca imaginó, el político tabasqueño, que a su calidad de astuto le respondiera, desfavorablemente para sus intenciones y proyecto, a partir de un giro inarticulado, un personaje de formación política primitiva y con creencias pedestres, convertido ahora por la proximidad al poder, a la fama y al dinero en ladilla como un auténtico gandul.

Si alguna vez se pensó, por millones de mexicanos que lo pusieron en la antesala de la Presidencia de la República, que Andrés Manuel era un político con fe en la transformación de las cosas injustas, ese pensamiento el mismo AMLO se ha encargado de irlo desvaneciendo; el mejor de los ejemplos es precisamente este patético "affaire" del ya famoso "Juanito", quien ha puesto una espina en el ánimo del astuto "Peje".

Todo comenzó con un menosprecio hacia la persona de Rafael Acosta, ahora famosísimo "Juanito". Sí, ese mismo de la cinta tricolor en la cabeza, ese mismo de las entrevistas ocurrentemente vulgares, al que se dirigió hasta con crueldad y saña al "cosificarlo" dándole en público una serie de indicaciones en las que lo que menos privó fue el respeto a la dignidad de la persona. Quizá López Obrador se olvidó de las especiales condiciones humanas que todos llevamos insitas a nuestra naturaleza. Pedirle a "Juanito" que conociera y disfrutara de fama, de poder y de dinero, para luego renunciar a ellos, era tan erróneo como la soberbia del propio Andrés Manuel al pretender manipular a un ser, que por lo que hemos conocido de él es un auténtico gandaya. Con "Juanito", López Obrador convocó al demonio de su vanidad, para que lo llevara por los infiernos de la indignación a la angustia de ida y vuelta.

No calculó AMLO que su invento podría convertirse en un terrible Frankeisten mediante un fenómeno transformista y camaleónico hasta el punto de retarlo a ver quién tiene mayor popularidad. Curiosamente y como paradoja irónica para López Obrador, ahora las reacciones de repudio las recoge el propio político tabasqueño.

Por otra parte, si se diera el remotísimo caso -altamente improbable- de que Rafael Acosta gobernara el trieno en Iztapalapa, no se haría más que confirmar que ese municipio tendría el gobierno que merece. Muchas risas irónicas con sabor a venganza se esbozarían en éste, insisto, remoto caso. No dejo de recordar lo que Juan José Arreola afirmaba: "El apostolado de la hiena no ha sido en vano, porque es el animal que más discípulos ha alcanzado entre el género humano". Evidentemente por lo ocurrido en aquel recordado mitin, Andrés Manuel tomó una iniciativa más hija de la soberbia, esa aborrecible soberbia que muestra un día sí y otro también, que de la sobria meditación. Los incondicionales del tabasqueño han formado alrededor del ex candidato presidencial, una especie de tribu de carácter endogámico: todo entre ellos y para ellos. Esto irónicamente le ha restado autoridad, sobre todo moral. No resulta entonces extraño que "Juanito" le esté brincando las trancas, aunque sea momentáneamente y para solaz esparcimiento de una sociedad, que a su tragedia le suma episodios, francamente, deleznables y patéticos. Si en esta tragicomedia hablamos de deslealtad, infidelidad, estrabismo, digresión, olvido y arrogancia, ¿a quién nos estamos refiriendo? A López Obrador o a "Juanito". De tal magnitud ha sido el desgaste para AMLO en este asunto, que hasta las personalidades se confundieron.

Para alcanzar sus metas políticas, "El Peje" requería del apoyo de Iztapalapa, en esa meta buscó una brújula y se encontró un escollo, necesitaba un guía temporal y se metió a un laberinto, pensó en un adivino y encontró un sepulturero. El costo de este grotesco pasaje no está aún calculado, para efectos del capital político del tabasqueño. Lo único cierto es que se ha provocado una fragmentación, divisiones, ataques y denuestos y todos a cargo, insisto, en la factura del capital político de Andrés Manuel. Estamos, eso sí, ante un episodio de abyecta miseria. Qué lejos estamos de lograr que la finalidad de la democracia, que implica desarrollo económico y social, se alcance, acciones bochornosas en tiempos que se requiere suavizar rencores, disipar delirios y abrir perspectivas.

Por lo pronto y en lo que el tiempo encoge, sintetizando este periplo: astuto mató gandul. Amén de los amenes.
 
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