Opinión / Columna
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Julio García Briseño
"La Política"
El Occidental
27 de septiembre de 2009
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Entre los deberes de la justicia señalamos el cumplimiento de los deberes cívicos, obligación grave de todo ciudadano.
La política mira al bien común, está destinada a crear las instituciones de justicia social que traen el bien general.
¿Cuántos bienes dependen de las leyes? La educación, bienestar, libertad, el respeto a la conciencia, la organización de la vida económica, la defensa de la patria.
A nadie, por tanto, es lícito desinteresarse de una causa en que se juegan intereses tan importantes.
La colaboración de cada uno de nosotros será diferente según nuestra edad, preparación, independencia económica, etcétera.
En la juventud, el aspecto de formación es el más importante, pues mientras mayor sea esa formación, mayor será su influencia en los destinos de su ciudad, estado o país.
Países como el nuestro necesitan especialistas bien preparados que puedan dar una orientación bien definida a sus problemas.
Y eso no se improvisa. Por eso conviene que desde el colegio se forme a los niños en contacto con las necesidades nacionales, aprendan a discutirlas y adquieran conciencia de que en ellos descansa el futuro de nuestro país.
La formación política de la juventud debe inculcar la primacía de los intereses nacionales sobre los partidistas, la sinceridad, la abnegación y disciplina en el servicio a su comunidad, pero más aún en el servicio de la nación.
Ahondar divisiones en la familia nacional es crimen de esa patria: acortar distancias es por la grandeza del país.
Ante los peligros de la anarquía social y política tan generalizados en nuestros días, es muy fácil que surja el deseo de una política de fuerza.
El respeto a las instituciones puede llegar a parecer fuera de lugar. Una actitud de violencia puede parecer más eficaz que la educación de las conciencias; en lugar de la caridad que transforma las almas, el sable que corta las discusiones; en lugar del apostolado humilde, la fuerza y el castigo.
Y algunos pueden aspirar a reemplazar la democracia por el totalitarismo.
La autoridad es absolutamente necesaria: hay una inmensa falta de respeto al poder establecido que es necesario afirmar.
Las sanciones eficaces son indispensables y hace falta que sean en verdad eficaces frente a los grandes como a los pequeños y más frente a los grandes. Porque su responsabilidad es aún mayor.
Pero al juzgar la anarquía juzguemos sus causas, mirémosle con profundo espíritu de justicia y caridad, y antes que pedir cañones, tengamos la conciencia de no estar amparando injusticias.
Acabar con la miseria puede parecer utópico, pero luchar para disminuirla es deber sagrado.
Que el país vea que sus políticos y sus líderes empresariales no buscan intereses personales, sino los de la nación y los de sus agremiados, que pongan todas sus energías para dar bienestar no a un grupo, sino a las masas de sus conciudadanos; que si no se obtiene todo lo que se desea es porque la pobreza de la nación, la falta de medios humanos y técnicos, no permite llegar más lejos.
Eso convence. Más eficaz que la victoria por la violencia es la victoria por el convencimiento de la razón.
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