Opinión / Columna
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José Luis Cuéllar de Dios
Marchando rumbo a lo peor
El Occidental
25 de septiembre de 2009
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Producto de las pésimas y peligrosas condiciones económicas por las que camina la vida nacional, los gobiernos, en sus tres niveles: federal, estatal y municipal, han dado a conocer programas de austeridad, por cierto, ambiguos, complejos y contradictorios, pero que permiten apreciar la vergonzosa tendencia irrefrenable al dispendio económico con el que se conducen actualmente los destinos del país, de los estados y de los municipios: vehículos, choferes, "guaruras", viáticos, bonos, seguros médicos, viajes al extranjero por nimias razones, graves y costosos errores de planeacion y operación y mil etcéteras más que hasta al más frívolo harían palidecer de vergüenza.
Ha sido necesario que el país llegue al borde de un fatal precipicio para que los simples ciudadanos nos demos cuenta, primero, que la mediocridad entre la clase política se ha vuelto norma, nos gobierna, salvo escasas y honrosas excepciones, una generación de políticos con la mira puesta en la grandeza personal, en el status, la celebridad y el poder, y segundo, que más que servicialmente indispensable la burocracia se convirtió en una fuerza de exterminio: "einsatzcruppen" (nazis dixit). Los dispendios, inmorales y abusivos, que los gobiernos hacen del erario público por razones mil: ineficiencia, corrupción, desconocimientos de las tareas y abusos, no solamente deben ser eliminados de inmediato sino castigados a fin de que jamás se vuelvan a repetir. Hasta ahora el derroche ha sido el rector en las administraciones públicas de todos los niveles.
¿Cómo se ha llegado a estos escandalosos escenarios? Tejiendo una red de entramados densos con cientos de hilos de complicidades y corrupciones, desde el nivel más bajo hasta los silenciosos y fríos pasillos del alto poder. Los anuncios de recortes, de ahorros y de astringencias, hasta ahora no han pasado de ser declaraciones de buenas intenciones. Nada hay en concreto que otorgue la certidumbre de que estas medidas no sean pospuestas, frívolamente, para el nunca jamás.
Llama poderosa y preocupantemente la atención el contenido de los mensajes que por los diferentes medios de comunicación se hacen para promover el apoyo a las medidas fiscales, que recientemente se presentaron como proyecto de Ley de Ingresos para el próximo año 2010 (20 es la mitad de 10: ¿será de buena suerte?) En ellos se aluden veladas amenazas: algo así como que si no se aprueba el paquete fiscal no habrá dinero para vacunas, no para salud, no para educación, no habrá dinero para los programas asistenciales -muchos necesarios, muchos perjudiciales- no habrá dinero para promover fuentes de empleo; en fin, mensajes deprimentes y tenebrosos que provocan que el pueblo viva con el corazón asfixiado por la incertidumbre. Me parecen, por decir lo menos, éticamente injustificados, algo así como la definición que Voltaire hace de fanatismo: piensa como yo o morirás.
Por otra parte y para colmo existe un buen sector de la sociedad que mira con reticencia y escaso entusiasmo las medidas de austeridad anunciadas. Eso de que les quitaran vehículos, guaruras y choferes, viáticos y dietas, bonos y seguros, desde secretarios hasta directores, está por verse. Entre buenas intenciones y desconfianzas no es extraño que entre gobernantes y gobernados siempre existan opiniones opuestas y discordias permanentes.
La clase política sostiene, no sin antes rasgarse las vestiduras, que las actuales condiciones negativas que enfrenta México como nación es producto de una mala jugada del destino. Ignoran que la Historia ha comprobado, una y otra vez, que el destino de una nación son precisamente sus gobernantes y sus gobernados. Creo que ni unos ni otros hemos estado a la altura, mucho menos aún si consideramos la gran oportunidad de cambio que el ciudadano otorgó, a través de su voto hace nueve años, cuando decidió sacar de Los Pinos a un partido que se había perpetuado en el poder, pero que muchos, increíblemente desean que nunca hubiera salido. No es para menos, vivimos en un país sin Estado de Derecho, lleno de arbitrariedades, de injusticias, donde campea la cultura de la falsedad y se respalda la mentira, carente de orden social y educativo. Por una parte enormes riquezas de origen inconfesable, por otro lado fanáticos que invocando a Dios delinquen sin que nos demos cuenta que el fanatismo y la pobreza son parientes muy cercanos. La pérdida de empleo sigue arrojando índices alarmantes, un país que no ofrece las fuentes de trabajo indispensables para que sus habitantes satisfagan las más elementales de las necesidades es un país sin posibilidad de desarrollo y si este desarrollo acaso se diera, sería de carácter indecente.
No es que la presente colaboración este teñida de un pesimismo sin brida, son la proporción y complejidad de los desafíos los que atemorizan. Nuestro futuro es complejísimo, peligroso, inédito e incierto. Esperemos que esta realidad cambie a fondo. Amén de los amenes.
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