Opinión / Columna
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José Luis Cuéllar de Dios
Un secuestro con sabor a irrealidad
El Occidental
18 de septiembre de 2009
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A la densa retahíla de grandes infortunios que viene padeciendo nuestro país: inseguridad, quiebra financiera, desempleo, alertas sanitarias y mil etcéteras más, se sumó una, la semana pasada, que siendo un hecho real ha estado increíblemente sujeta a infinitas especulaciones: El secuestro de un avión de Aeroméxico, procedente de Cancún con destino a la Ciudad de México. Un secuestro realizado por un "sui géneris" personaje, un hombre boliviano, desquiciado, chabacano y ramplón, que parecía, en el momento de sus declaraciones, manejado como muñeco de ventrílocuo y que al fin y al postre ha convocado a la más atroz de las desconfianzas sociales: la incredulidad del propio hecho. Se acusa al Gobierno, por una increíble cantidad de mexicanos de todos los estratos sociales, de ser el autor de este montaje para distraer a la población, entre otras cosas, del anuncio de la nueva miscelánea fiscal, léase aumento y creación en lo que a impuestos se refiere.
Afortunadamente el hecho no tuvo un desenlace trágico -tampoco tenía esa intención- que hubiera sido fatal, por lo menos para el turismo, tema tan sensible en estos momentos en los que las medidas tomadas: fusión de la Secretaría del ramo arroja la interrogante de si no irá a salir más caro el caldo que las albóndigas.
No logro imaginar -¿supina ingenuidad?- a un grupo de funcionarios del área de Seguridad organizando en contubernio con otro grupo de "patiños", pilotos, sobrecargos y pasajeros todo el montaje de este particular secuestro. Por lo menos me suena a mal chiste. Sin embargo, por la gran cantidad de opiniones que afirman que todo ha sido planeado, me asalta una inquietud, si la incredulidad hacia nuestros gobernantes ha llegado a tal grado, lo siguiente es el desastre colectivo. Justifico, en parte, la perniciosa desconfianza, ésta es producto de la enorme creación de realidades tramposas que divulga el Gobierno en todos sus niveles. Promesas sin sustento que en ocasiones se basan en supuestos que ofenden la inteligencia.
Vivimos en un país donde el Estado interviene tanto en los diferentes ámbitos de la vida ciudadana que se ha convertido en una fuerza corruptora de ida y vuelta: corrompe y se deja corromper. El fenómeno de la desconfianza acarrea consigo efectos apabullantes; miremos hacia atrás y repasemos la Historia, los momentos previos a los movimientos sociales estuvieron caracterizados por el tono grave de la desconfianza. La desconfianza contamina el alma y esto como dijeran los clásicos "graecum est, non legitur": ilegible, está en griego.
Entiendo que en un mundo dominado por la virtualidad de las pantallas de televisión este tipo de hechos, amén de difundirse más rápido que pestañear, se preste a todo tipo de especulaciones, más aún cuando el protagonista ha tenido el increíble perfil de la comicidad de una audacia, pero de ahí a considerarlo un montaje al más puro estilo de la edición penguin: buena, bonita y barata, seriamente como muchos aseguran, me parece que hay un inmenso abismo. Nos veríamos, como ciudadanos, sujetos de una burla solamente practicada a personas consideradas retrogradas.
Sin embargo, paradójicamente, el propio hecho de que se dé paso a esta especulación es una muestra de la decadencia en la relación entre Gobierno y gobernados; un trato hostil y enajenante entre ambos actores.
Ya lo dice el inefable Maquiavelo: "hay que usar el engaño como siniestro instrumento de poder". Pero un engaño tan burdo tendría repercusiones contraproducentes. Creo, mas bien, que la incredulidad, en este caso, es una forma de venganza por todas las equivocaciones, injusticias, ridiculeces, omisiones, falsedades e incongruencias que desde hace décadas se le viene ofreciendo a un pueblo depauperado y doliente. Habla también de una reacción agresiva que acusa las carencias de orden social y educativo. No olvidemos que habitamos un país donde el 50% de su población vive cubierto por la injusticia social. Así pues un secuestro aéreo, el tercero en la Historia de nuestro país, con sabor a irrealidad y que no logra evitar que me remita, adaptándolo, al gran M. Benedetti: "Vivimos en un país donde hay pocos que se matan trabajando, muchos que debían trabajar y muchos más que tendrían que matarse". Amén de los amenes.
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