Opinión / Columna
 
Julio García Briseño 
El dinero
El Occidental
13 de septiembre de 2009

  Es un hecho que el dinero ejerce una extraña seducción, y ante el deseo de poseerlo, se sacrifican muchos principios. Con demasiada frecuencia en el origen de las grandes fortunas hay acumuladas muchas injusticias: juegos, especulación, usura, guerras... ¡Cuántas riquezas amasadas con los sacrificios de los trabajadores y aún, a veces, con la sangre de los pueblos que son llevados a la guerra para hacer la fortuna de un grupo de especuladores sin conciencia! -Con frecuencia el origen de las grandes fortunas hace temblar; hay quienes no tienen ningún escrúpulo cuando se trata de acumular dinero; todos los medios parecen lícitos-.

Una vez que se ha gozado de las comodidades que traen consigo las riquezas, resulta muy duro desprenderse de ellas. Hemos conocido a varios excelentes católicos que no han dudado en abandonar todo cuanto poseían por cumplir sus obligaciones y aún, a veces, la apariencia de una obligación, pero con frecuencia la tentación de seguir poseyendo, a cualquier precio, es más fuerte y han sucumbido a ella. La riqueza tiene el gran peligro de endurecer a quien la posee; vive rodeado del dolor y con frecuencia parece no verlo; si lo ve, no lo comprende; y lo comprende, se niega a remediarlo por razones que no se comprenden o sencillamente por la razón de seguir incrementando bienes.

Con cuánta frecuencia viven juntos los que nadan en abundancia y los que se ahogan en la miseria. La riqueza suele traer orgullo de la vida. Cuando se tiene fortuna se reciben adulaciones. Todo lo del rico parece bien y hasta "talento" se le reconoce, que le es muy pronto negado, si tiene la desgracia de perder su fortuna. Eso engendra vanidad. El rico no está acostumbrado a ser contrariado; todos se inclinan ante él; sus órdenes son al punto ejecutadas y eso engendra orgullo...

El rico es independiente: ambas palabras han pasado a ser sinónimas; el rico no depende (depende menos) de los demás, y tiende a actuar como si no dependiera tampoco de Dios. Sus propios medios le proporcionan lo que el pobre ha de pedir a Dios en su humilde plegaria de cada día.

El rico tiende a hacerse insensible, demasiado insensible al dolor físico; su vida suele ser más regalada, y de ahí que la pereza, la inacción, sean con frecuencia el patrimonio de los hijos de ricos que dilapidan rápidamente lo que con tanto afán reunieron sus padres.

El que más tiene, tiene que dar más, en todos los sentidos.
 
Columnas anteriores
Columnas anteriores
Cartones
Columnas