Opinión / Columna
 
José Luis Cuéllar de Dios 
Uniones separadas
El Occidental
28 de agosto de 2009

  Juana María tiene 30 años de edad, es alta, muy blanca y de grandes ojos verdes, conserva una excelente figura a pesar de tener dos hijos: Pablo de 6 años y Carolina de 3. Se recibió de licenciada en Ciencias de la Comunicación. Excepto su servicio social, jamás ejerció su profesión. Está casada, desde hace siete años, con José Fernando que cumplió 32 años, es licenciado en Economía y director comercial de una firma transnacional, trabajador y talentoso ha podido alcanzar una posición económica bastante más allá de lo "desahogado". Practica deportes y aunque está perdiendo el pelo, se mantiene en excelente condición física. Tiene buena presencia.

Ambos se conocieron en la boda de mutuos amigos, salieron después un par de ocasiones y duraron casi dos años de novios. Juana María tenía entonces 21 años, José Fernando 24. Ella tuvo su primer novio formal a los 16, él sumó varias novias desde los 15. Como muchas otras parejas vivieron un noviazgo que les proporcionó intensos momentos de felicidad y no fueron pocas las veces que se declararon profundamente enamorados jurándose amor eterno.

A pesar de estos comunes antecedentes, que privan en miles de parejas, como muchas otras en estas malhadadas épocas, Juana María y José Fernando están actualmente en proceso de divorcio. Los dos confiesan que aún se quieren, pero que han llegado a la conclusión de que el matrimonio no les ha permitido conseguir sus aspiraciones, ni ejercer libertades por ellos deseadas. Ella desea desarrollarse profesionalmente y él aceptaría la propuesta de viajar por varios países del mundo como gerente internacional de la firma que representa, decisión dilatada desde hace un año por los compromisos con esposa e hijos, en tanto casado. Ambos adoran a sus dos hijos, pero en las pocas cosas en las que ambos coinciden ahora, es que debían haber tenido tan sólo uno.

El caso de esta joven pareja comienza a ser la cada vez más frecuente historia de los matrimonios de esta generación. Como le dijo Satanás a Cristo: son legiones. No importan las condiciones sociales, económicas, culturales y familiares. Progresivos y no planeados distanciamientos que provocan que se dejen de lado afecto, respeto y deberes; paulatinos egoísmos que conducen a la insensibilidad primero, a la intolerancia después, intolerancia que se convierte en la ruina de la relación, van haciendo mella en el ánimo de la pareja, cuya formación al respecto no incluye el menor sacrificio y los conduce a la más moderna de las conductas: desechar lo que molesta, lo que implica compromiso, lo que evita ciertas "libertades".

El mundo se ha llenado de estímulos, muchos de los cuales se descubren una vez casados. Para entonces se convierten en inaccesibles, cuando primero hay que cumplir con los deberes que implican la pareja y los hijos. Remota ha quedado la época -tampoco justificada- en las que el matrimonio sobrevivía gracias a la entereza y disposición al sacrificio de la mujer. Como las escopetas: cargadas y en un rincón, sentencia por muchos cumplida al pie de la letra.

Para los jóvenes de esta generación, el matrimonio se ha convertido en un compromiso que hostiga y amedrenta. La afortunada, en tanto sea bien ubicada, liberación femenina, le ha permitido a la mujer abrirse puertas a campos que neciamente les mantuvieron cerrados. Experiencias cada vez más amplias e intensas, tanto del hombre como de la mujer, los conducen a adoptarse como compañeros, pero sin la capacidad de adaptarse a la vida matrimonial de pareja por los siglos de los siglos: "¿prometes quererla y cuidarla todos los días de tu vida...?" No se lo aseguro padre, contestarían muchos. La razón es ahora vencida por la frustración, por los resentimientos, celos, envidias y hasta desprecios. Sociedades que han perdido el valor de la fidelidad, en las que se arraiga la cultura del apego a lo banal y que por lo tanto generan personas cuyas vidas no son vividas.

El aumento en los índices de divorcios se ha convertido en un tema complejo y perturbador. Cada vez es más frecuente escuchar a niños decir que sus papas están divorciados. Es absolutamente cierto que un matrimonio mal avenido equivale a una dantesca esclavitud, sin embargo lo que no ha caminado paralelamente y al mismo ritmo que la cultura del divorcio es la cultura para la debida protección y tratamiento oportuno de los hijos de divorciados. Así como el hombre y la mujer tienen derecho a buscar la felicidad según sus conceptos e impulsos, también los hijos deben ser atinadamente conducidos por caminos que les permitan acceder a estadios de felicidad. La vida no tiene retorno, el matrimonio es una decisión trascendental y difícil, los que estén a punto de tomar esta decisión píenselo un poco más, pero háganlo recordando la sabiduría popular que asegura que el mejor tiempo para casarse es 15 minutos antes de morirse. Amén de los amenes.
 
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