Opinión / Columna
 
José García Rivas 
Carta a una madre viuda
El Heraldo de Chihuahua
27 de agosto de 2010

  Me parece que nadie sabe lo que significa perder al compañero, cuando suponía que juntos iban a cruzar por la vida. La madre viuda sufre mucho la pérdida; pero más le afligen los acosos y la soledad. Acostumbrada a caminar con él, de pronto se encuentra sola, desamparada; arrojada a un pozo en el que nunca pensó caer; se siente morir. Con motivo del Día de la Madre sola, me quiero dirigir ahora a una madre viuda. Habrá un retiro para madres solas el domingo 19 de septiembre, en Salesianos Secundaria, de 10:00 a 12:00 horas.

Estimada amiga:

Deja que te llame amiga, porque te ofrezco mi amistad. Te llamo estimada porque en realidad te estimo. Comprendo que te sientas como te sientes. Tú no esperabas esto. No creías que a ti te pudiera pasar. Pero sucedió. Es el hecho. La cruel realidad te aturde. Cuando te avisaron no lo creías, no podías creerlo. Aquel mundo irreal te sofocó. No sabes cómo pudiste sobrevivir. Sentiste que el cielo se caía, sentiste que la tierra temblaba bajo tus pies. Lloraste, lloraste mucho ante la irremediable tragedia. El mundo incierto no te preocupaba, porque no pensabas en el mundo. Tú querías, deseabas, hasta cometiste la tontería, de rezar para que también a ti llegará la muerte. Tu impacto primero fue terrible. El cadáver que tenías delante no era aquel hombre que todos los días se despedía de ti para irse a trabajar. De pronto, sin tú haberlo asimilado, te hallabas sola, terriblemente sola. Tú que te habías ilusionado con un matrimonio largo. En tus devaneos te habías visualizado prendida al brazo de él, ancianos ambos, llenos de recuerdos, lento el andar pero chispeante de gusto por la vida pasada juntos. Imaginabas que ya tus hijos eran mayores, habían ya constituido sus propios hogares. Todo concluía felizmente. Te imaginabas sonriente, llena de dicha. ¡Qué cruelmente se rompieron tus ilusiones! La muerte pronto cegó tus dulces aspiraciones.

Yerto, examine, tendido ahí. . . todo te parecía imposible. Te daba la corazonada de que soñabas. Ibas a despertar, ibas a constatar que aquello era una pesadilla. Cuando te dabas cuenta de que todo era cruel, que era verdad, de que aquel tendido ahí era él; se te ocurría pensar que él se iba a mover, que iba a abrir los ojos, te iba a mirar, tras amable sonrisa te iba a dar el beso de siempre. .. Y todo iba a terminar así. Pero él no se movía y seguía acostado ahí, sin movimiento, diciéndote, con su silencio que todo era verdad.

Fofas te sonaron las condolencias todas. Las mujeres se te antojaban hipócritas, los hombres irrespetuosos. Todos falsos. "Te acompaño en tus sentimientos", decían. ¿Que sabían ellos de tus sentimientos? Si como tú sintieran, no hubieran hecho del momento un lugar de plática y sonrisas. Y se reían y platicaban como si estuvieran en una fiesta.

Aunque entonces lloraste, la angustia y la sorpresa no te dejaron desahogar todo tu llanto.

Ya no eras la esposa de. . . no, ya no, porque él no estaba más en el mundo.

Estimada amiga. Acepta mi comprensión. Yo sé que tu dolor es hondo, inmenso, tan tuyo y tan personal que nadie lo puede vivir como tú. Te comprendo. La realidad es cruda, la realidad es irrenunciable, la realidad es esa que tú no quisieras. Acéptala, acepta que así es: es por tus hijos. La realidad es que eres viuda, aunque te choque el calificativo. A ellos les haces falta. Ánimo. Alza la cara. Tus hijos te necesitan animosa, para ellos afrontar su propia vida: No se desprende un cabello de la cabeza, sin la voluntad del Padre.
 
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