Opinión
Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Augusto, instauró el imperio y dio muerte a los asesinos de Julio César

El Sol de México
10 de diciembre de 2006

En el año 44, al ocurrir el asesinato de Julio César, su sobrino Augusto tenía 18 años y se encontraba en Apolonia, pequeña ciudad universitaria del Adriático que no poseía gran reputación de centro de alta cultura. Había terminado sus estudios para perfeccionar la pronunciación del griego que había empezado a aprender en Roma.

Su nombre completo era Cayo Julio César Octavio Augusto y nació en Roma bajo el consulado de Marco Tulio Cicerón y Marco Antonio, el IX de las calendas de octubre, "poco antes de salir el sol, en el barrio Palatino, cerca de las Cabezas del Buey, en el sitio donde ahora existe un templo que fue construido poco tiempo después de su muerte", asienta Suetonio en su obra "Los doce Césares".

En Apolonia se enteró del asesinato de su tío paterno y que en su testamento le había nombrado su heredero. Octavio, ya que en ese tiempo no había elegido todavía los nombres de Julio César en homenaje a su tío y luego el de Augusto a propuesta del senador Munacio Planco, aunque algunos senadores deseaban que se llamara Rómulo, por haber sido, así lo consideraban, el "segundo fundador de Roma".

Durante unos meses estuvo dudando entre implorar el socorro de las legiones instaladas en España, donde había estado al lado de su tío cuando éste derrotó a los hijos de Cayo Pompeyo, habiendo estado antes con César en la guerra de Africa, donde a sus 14 años de edad recibió recompensas militares y se hizo de ascendiente entre las legiones.

Augusto desechó la idea de llegar a Roma apoyado en las legiones por considerar esto "un paso imprudente y precipitado", y desde Apolonia regresó a Roma, donde entró en posesión de la herencia, a pesar de las vacilaciones de su madre Atia, hija de Julia, hermana de César.

La herencia representaba entrar en posesión de todo lo conquistado por César, un imperio.

LOS VETERANOS DE CESAR LO ACLAMAN VENGADOR DEL CAUDILLO

Augusto fue informado por carta de su madre del asesinato de César y en ella, además, le pedía que no se presentase en Roma para reclamar la herencia porque "podrías correr el infortunio de tu tío".

Augusto tomó su decisión, dejó Apolonia y desembarcó en Brindisi para seguir hacia Roma. Allí lo recibieron los veteranos del ejército de César con gran júbilo y lo aclamaron "Vengador del caudillo asesinado".

Lo acompañaban algunos compañeros de la escuela, entre ellos Marco Vipsiano Agripa y Cayo Cilnio Mecenas, que desde entonces estuvieron asociados a sus empresas.

Al llegar a Roma se encontró con que un general de César, llamado Marco Antonio, se había erigido en el vengador y para ello contaba con un ejército y, siendo como era cónsul, dominaba la situación.

La capital de la República estaba en plena convulsión a su llegada y empezó a ganarse la confianza de los republicanos, los cuales lo acogieron bien a causa de sus muestras de generosidad.

Algunos conservadores, Cicerón entre ellos, también buscaron un acercamiento, puesto que como heredero de César tenía el poder.

Marco Antonio lo odiaba y recelaba profundamente, ya que era un obstáculo para sus propias ambiciones.

Entonces queda establecido el juego de fuerzas en el cual Marco Antonio y el Senado, por una parte, y Augusto por la otra, se utilizan mutuamente en beneficio de sus propios intereses.

Vendió todos sus bienes y aun pidió prestado para pagar al pueblo los legados de César y contratar soldados que afluían hacia él en masa. Los veteranos ya lo habían reconocido como hijo de César, porque les pagaba mejores sueldos que Antonio.

Los asesinos de César se habían dispersado, faltos de apoyos para restaurar la República aristocrática, que fue la excusa para la conjura y muerte del dictador.

AGRIPA INTENTA DISUADIRLO Y MECENAS LO ANIMA A TOMAR EL PODER

Los tres amigos se reunieron en casa de Mecenas para conferenciar, habiéndoles pedido Augusto su consejo sobre lo que él debía hacer, si mantenerse en el poder o retirarse, a fin de que "pudiera surgir espontáneamente el gobierno que necesitaba la República".

Los tres amigos eran de la misma edad, algo más de 30 años. Mecenas era noble y de gustos refinados; Agripa, plebeyo, soldado leal, generoso, bravo y tenaz, así como de fina sensibilidad política.

Las razones de Agripa son las siguientes: "Hemos luchado en nombre de la libertad; si nos retiramos ahora, creerán que la fortuna nos ha hecho perder la cabeza. No sólo no haremos felices a nuestros conciudadanos, sino que haremos infelices a nosotros mismos.

"Ya ves en qué lamentable situación se hallan los asuntos de la ciudad y los de nuestras provincias y aliados. ¿Dónde encontraremos el dinero necesario para pagar a los soldados y restablecer el orden?

"Hay muchas cuentas antiguas por saldar y tendremos que castigar a muchos senadores que nos han hecho todo el daño posible. Finalmente, tu salud, Octavio, es precaria: el que gobierna tiene que pasar por infinitas penas y temores, trabajos y alegrías; oírlo y verlo todo y a todas horas".

Por su parte, Mecenas aconsejó: "Dar la autoridad al populacho es lo mismo que entregar un cuchillo a un niño o a un loco. La cacareada libertad conduce a la esclavitud de los mejores.

"No pienses tampoco en que te recomiende oprimir al pueblo ni al Senado. Ni yo me atrevería a proponerlo ni tú a ejecutarlo. Pero será mejor para ti y para el Estado que tú mismo propongas las reformas con el consejo de los más dignos y que tú, con ellos, prepares el gobierno y los demás obedezcan.

"Por fin, será bueno que tú y tu consejo nombréis los oficiales de la administración y determinéis sus honores y castigos. Así las guerras serán justas y no por disputas civiles. Roma es como un buque que lleva a bordo gentes de todas las razas, y ha navegado sin piloto y sin lastre durante muchos años. Sus tablas están podridas y no resistirá otro temporal. Los cielos se han apiadado finalmente de nosotros y te han puesto a ti como capitán y jefe.

"Yo te conmino a que no hagas traición a tu patria; si le eres fiel, vivirá todavía una nueva era".

Augusto escuchó atentamente a sus amigos, les agradeció sus comentarios y recomendaciones, y de inmediato los nombró ministros en su gobierno, dejando encargado a Mecenas del gobierno de Roma cuando se ausentase de la ciudad, y a Agripa, la organización y el mando del Ejército.

Augusto tenía 19 años de edad.

EL SEGUNDO TRIUNVIRATO ROMANO

Entretanto Marco Junio Bruto, también llamado Quinto Quepio Bruto, a quien César reconvino con la célebre frase: "¿También tú, hijo mío?", aguardaba su hora tras su participación en la conspiración del patricio Casio Longino para asesinar al tirano, Antonio, se cobijaba en el repudio absoluto a los asesinos, se apropiaba de todos los poderes, se enriquecía sin freno y utilizaba todo su poder económico y político para amedrentar al Senado, su gran rival.

La llegada de Augusto cambió el escenario y éste, tras escuchar a sus amigos, se presentó ante el pueblo romano como "hijo del dios Julio César", aprovechando la sorpresa que provocó en Roma la visión del cometa Halley, el año de 43, identificándola como un signo de la divinización adquirida por César en el más allá.

Las legiones dieron a Augusto el mando supremo a pesar de no contar con el apoyo constitucional. Agripa hizo su tarea.

Entonces Antonio, Marco Emilio Lépido y Augusto constituyeron el Segundo Triunvirato de la historia de Roma que acabaría con los partidarios de la Republica en Italia.

Los triunviratos proscribieron a sus enemigos de la vida política, confiscaron sus propiedades y asesinaron a Cicerón, 300 senadores y dos mil 500 caballeros.

Habiendo tomado el poder absoluto y en razón de las rivalidades entre Augusto y Antonio, éste decidió marchar hacia Oriente para obtener más riquezas y Augusto se hizo de Roma, despojando a Lépido de toda autoridad y reduciéndolo al ostracismo. Finalmente, Lépido murió "oscuramente".

ASESINATO DE CICERON

Marco Tulio Cicerón siempre deseó ser un gran hombre político y aunque llegó a ser cónsul de Roma y ser llamado "Padre de la Patria", no logró colmar sus ambiciones. Su gloria la merece por "haber llevado el arte oratorio latino a su cumbre", tanto en la declamación de sus discursos como en el texto escrito, "sinónimo de pureza, belleza y clasicismo en las letras latinas".

Hombre honrado "a carta cabal", era mal político por su característica indecisión a la hora de tomar partido en serio. De César manifestó: "Nosotros somos sus esclavos, pero él se ha convertido en esclavo de sus circunstancias".

Tras el asesinato de César acarició la esperanza de retornar a una República en la que él pudiera jugar un papel de primer rango, pero Antonio se le opuso y es en esas que se integra el Triunvirato.

Resentido, Cicerón decide atacar a Antonio y lo hace por medio de sus nombradas "Filípicas", en recuerdo de las que pronunciara Demóstenes contra Filipo de Macedonia y huye de Roma por haber sido proscrito. En su desmesura llama "ramera" a Fulvia, esposa de Antonio.

Augusto ordena su muerte y Antonio, que no necesitaba muchas excusas para llevar a cabo la ejecución, lo alcanza en Formias y lo decapita.

Cicerón, siendo cónsul, desbarató la conspiración de Catilina, a quien acusó ante el Senado en sus célebres "Catilinarias" e hizo ejecutar a sus cómplices, lo cual le valió el título antes dicho de "Padre de la Patria".

Habiendo querido halagar y congraciarse con Augusto había intentado de inmediato vincular a aquel joven de 19 años al Senado, pero Augusto le desconfiaba porque Cicerón no hizo nada para impedir el asesinato de César ni tampoco, después, lo condenó, y se apartó de él y rompió sus relaciones con el Senado.

MUERTES DE BRUTO Y CASIO

Tras el crimen, el Senado premió a Bruto por su participación en el magnicidio, invistiéndolo de plenos poderes militares y en Macedonia derrotó a las fuerzas de Octavio, el futuro Augusto. Fue una victoria efímera porque Augusto mandó a Marco Antonio a buscarlo, combatirlo, derrotarlo y matarlo.

Antonio lo consiguió en dos batallas consecutivas, en Filipos, aprehendiendo a Bruto y Cayo Longino Casio, el líder de los asesinos.

Bruto eligió suicidarse y Casio se hizo matar por un liberto en el campo de batalla.

LOS HERMANOS CASCA Y CIMBER

Tulio Cimber fue el primero que, como señal convenida entre los conjurados, se abalanzó sobre César deteniéndolo por la toga, entonces Publius Servilius Casca, cuando Cimber tenía sujeto a César, le dio la primera puñalada en la espalda. De inmediato, los demás senadores "lo atacaron con las dagas desenvainadas".

Cuando César expiró, los conjurados huyeron en desbandada. Los otros senadores que no participaron en el crimen, también huyeron en tropel "defraudando las esperanzas de los asesinos que confiaban en que el Senado asumiría al punto el poder".

Lo que siguió fueron disturbios en las calles de Roma y en esa agitación Marco Antonio se hizo de la capital y leyó el Testamento de César, donde, entre otras cosas, legaba a los habitantes de Roma sus jardines situados al otro lado del río Tíber, así como 300 sestercios a cada uno y nombraba a Octavio el heredero del resto de su fortuna.

Cimber y los hermanos Casca huyeron juntos de Roma y estuvieron vagando, cada quien por su lado, por poco menos de un año por los caminos y pueblos de Italia, hasta que fueron identificados y denunciados ante Augusto y Marco Antonio.

Augusto mandó a su amigo Agripa en su búsqueda y cuando los encontró, a Cimber lo pasó por la espada y a Serviluis Casca lo decapitó. El otro hermano Casca nunca fue localizado.

En la confusión, y una vez terminados los funerales de César, el pueblo enardecido encontró en su camino al poeta Helvio Cinna y confundiéndolo con el pretor Lucio Cornelio, que el día anterior había pronunciado un discurso vehemente contra César y había aprobado el asesinato, le dio muerte y paseó después su cabeza clavada en la punta de una pica.

El resto de los asesinos tuvo distintos destinos. Casi ninguno murió de muerte natural ni sobrevivió más de tres años. Todos fueron condenados a muerte. Algunos murieron en naufragios, otros en combates como Casca o Bruto clavándose el mismo puñal con que hirió a César.
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