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Opinión
![]() Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Rawlinson y Chapollion
El Sol de México
22 de octubre de 2006
La Epopeya de Gilgamés y la Piedra Roseta
En 1830, en una peña de Behistún, en Persia occidental, cubierta de esculturas en relieve, el joven oficial inglés del Ejército de ocupación, Henry Rawlinson, encontró lo que buscaba y necesitaba: textos cuneiformes paralelos que contuviesen un vocabulario más amplio que los disponibles, algo semejante a la Piedra de la Roseta que había permitido a Jean Francois Chapollion descifrar los jeroglíficos egipcios pocos años antes. El hallazgo y la tarea que Rawlinson llevó a cabo, rescató el más antiguo poema heroico conocido, la Epopeya de Gilgamés, que es anterior a la Iliada de Homero en unos mil 500 años. GILGAMES Y EL DILUVIO La versión primitiva del relato del Diluvio Universal proviene de Babilonia, el actual Irak. Es un episodio más de los que componen la Epopeya de Gilgamés, en la cual es Utnapishtim de Shuruppak el antecedente de Noé. La narración de Gilgamés es semejante a otro relato babilonio aún más antiguo, que a la vez es similar a un texto sumerio antiquísimo: la Epopeya de Ziusudra, escrita en tablillas de barro, uno de cuyos fragmentos referentes al Diluvio fue encontrado en 1890 en Nippur, ciudad sagrada de Sumeria. Se establece que el relato del Génesis, cuya primera versión data de los tiempos del rey Salomón, hubiera procedido de estas dos fuentes distintas. EL HALLAZO DE RAWLINSON Henry Creswicke Rawlinson tenía 20 años de edad cuando llevó a cabo su descubrimiento. Habiendo servido en el Ejército en la Compañía de las Indias Orientales, fue enviado a Persia, contribuyendo a la reorganización de las fuerzas del Sha. En sus horas libres prosiguió sus estudios de la escritura cuneiforme, cosa que le apasionaba. Los viajeros europeos del siglo XVI, que se apersonaron en Persia y Mesopotamia, encontraron extrañas inscripciones compuestas en forma de cuña, unas impresas en tablillas y cilindros de arcilla, y otras cinceladas en la piedra, junto altorrelieves que describían epopeyas de antiguos imperios extinguidos. Rawlinson había escuchado, de boca de su abuelo, de su padre y de su hermano Jorge, que se había convertido en orientalista, la historia de aquella singular escritura que nadie había descifrado todavía. En lo íntimo, él se propuso hacerlo algún día. Los textos, encontrados en Persépolis, la antigua capital del imperio persa, ya habían sido estudiados y lo único que se afirmaba era que representaban tres lenguas muertas diferentes, que fueron identificadas arbitrariamente, denominándolas clase Uno, Dos y Tres. Rawlinson se propuso lograr la traducción convincente de los tres tipos de escritura. Y aquel mediodía de calor en la peña de Bhistún encontró su destino. LAS TRADUCCIONES Lo que Rawlinson encontró en las esculturas en relieve fueron unas 400 líneas con texto de la clase Uno, junto a lo que parecían ser versiones paralelas en las clases Dos y Tres. Subió por una escalera de mano 100 metros por encima de un abismo y allí, en aquella montaña de piedras, cilindros y tablillas, se dio a la tarea de copiar las inscripciones presionando sobre ellas hojas de un papel humedecido. Todavía no se había perfeccionado el sistema de colocar una hoja seca y flexible sobre los altos y bajos relieves, y pasar sobre ella lápiz y o un rodillo entintado, lo cual reproduce en negativo las imágenes y figuras. Esta tarea, bajo temperaturas que en ciertas temporadas alcanzaban 49 grados centígrados, la llevaba a cabo durante el día y por las noches hacía las traducciones en el interior de una rústica cabaña levantada en las proximidades, que los ayudantes persas mantenían refrigerada echando agua sobre el techo. Este arduo quehacer se prolongó dos años. Mas como pertenecía al Ejército y no se había dado de baja, ni el Ejército a él, fue llamado nuevamente al servicio activo y tuvo que ir a parar a las Indias Occidentales. Al cabo de nueve años regresó al peñasco, que había sido resguardado por dos vigilantes que él pagó de su mesada y terminó de traducir el texto de la clase Uno: "Las hazañas del rey Darío". El primer documento del imperio que habría de darse a conocer universalmente. Habiendo conseguido la clave para descifrar las inscripciones de la clase Uno, poseyó las mismas para hacer lo mismo con las de la clase Dos y Tres. La tarea le representó 10 años más de aplicado esfuerzo. En esas, en 1844, fue nombrado cónsul de Gran Bretaña en Bagdad y esto lo protegió de los frecuentes asaltos de que era víctima durante sus indagaciones, tanto por los fundamentalistas persas como por los ladrones de joyas arqueológicas. Años después estudió las inscripciones asirias, muchas de ellas procedentes de la biblioteca del rey Asurbanipal, en Nínive y luego en Babilonia. Rawlinson nació en Chadington, condado de Oxford, en 1813 y murió en Londres, en 1885. LA EPOPEYA DE GILGAMES En la década de 1870 los arqueólogos descubrieron la ciudad de Lagash, a 160 kilómetros de Babilonia. Allí encontraron amplios testimonios de una civilización muy antigua con una lengua notablemente distinta al arcadio, el sumerio, la que tradujo Rawlinson, la misma que él había estudiado en su momento. Entre los escritos sumerios, la mayoría de carácter práctico, como inventarios y registros agrícolas se descubrió La Epopeya de Gilgamés en lengua arcadia. En esta magnífica obra literaria, los mesopotámicos relatan, a semejanza de los textos bíblicos, la creación del mundo y su destrucción por medio de un diluvio universal. Gilgamés, angustiado por la proximidad de la muerte, busca un árbol de la vida, el cual consigue que el hombre posea la inmortalidad. Gilgamés no lo encuentra y, como todos los demás, muere. En el episodio del diluvio, una noche mientras Utnapishtim dormía, el dios Ea le susurró una advertencia a través de las cañas de su casa: Enlil, el dios supremo de las divinidades babilonias, estaba a punto de provocar una inundación inmensa que destruiría a la humanidad. Ea ordenó a Utnapischtim construir un arca y éste comenzó a hacerla; luego se embarcó con su familia y sirvientes, así como cierto caudal de plata y oro, y "con las semillas de todas las cosas vivientes". Cesaron las lluvias, subieron las aguas y la tormenta se prolongó seis días y seis noches. El séptimo día el arca se detuvo en la cumbre de una montaña. Abajo, cubierta de lodo y despojos, la tierra se veía "plana como un techo y la humanidad había regresado al barro". Utnapishtim abrió una ventana del arca y, para cerciorarse de que la tierra estaba seca, soltó primero una paloma, después una golondrina y finalmente un cuervo. Las aves le confirmaron lo que buscaba. En la cumbre, la montaña donde encalló el arca, ofreció un sacrificio a los dioses. La ira de Enlil se apaciguó y confirió la inmortalidad a Utnapischtim y su mujer. CHAMPOLLION VIAJA A EGIPTO El 19 de marzo de 1798, Napoleón, que se aburría en París -"Este París me pesa como si llevase un manto de plomo. Lo que necesitan unas alas como ésas es un vuelo libre por el espacio; aquí voy a morir, es preciso que me vaya"-, zarpa de Tolón en el "Oriente" una fragata de 120 cañones, al frente de una flota de 48 navíos de guerra y 280 barcos-transporte, en que iban un ejército de 38 mil hombres, entre éstos un ciento de científicos, artistas e intelectuales. Los miembros del Instituto de Francia: el químico Berthollet, el físico Monge, el arqueólogo Denon. Todos han puesto cuanto poseen apostando a la buena estrella de Napoleón: su suerte, su vida, su honor en un "juego extravagante". El destino: Egipto, por la ruta de Malta. El 2 de julio, a la una de la mañana, Bonaparte desembarca el primero en tierra de Egipto. Ese mismo día se apodera, sin disparar apenas un tiro, de Alejandría, capital antaño de Oriente, convertida en una mísera villa de seis mil habitantes. La conquista de Egipto es desastrosa, mas Napoleón ha abierto el camino a las ciencias. Champollion tenía ocho años de edad en ese año. Nació en noviembre de 1790 en Figeac, Francia, y se hizo llamar Champollion "El Joven" para diferenciarse de su hermano. En 1824, a los 32 años de edad comienza sus misiones científicas en Egipto. Desde la adolescencia domina seis lenguas orientales: copto, hebreo, asirio, caldeo, árabe y etíope; luego robusteció su repertorio añadiendo el chino, sánscrito y persa. CONSIGUE FONDOS PARA SU EXPEDICION Habiendo sido nombrado, en 1826, conservador de las colecciones egipcias del Museo del Louvre, integradas con los miles de objetos que Napoleón se llevó a Francia después de su campaña en Egipto, consigue dineros para su viaje a ese país. Durante tres años, de 1828 a 1831, Champollion, en compañía de Hipólito Rossellini, va y viene mirándolo todo, y percatándose del saqueo de antigüedades a cuenta de los europeos ávidos de formar su propias colecciones de arte egipcio. Ante la incalculable dispersión del patrimonio originario, favorecida por los embajadores residentes en El Cairo y tolerada por los bajaés, que lo consideraban de su propiedad, en 1830 Champollion presentó una instancia en que se solicitaba la creación de un servicio local de tutela y conservación de antigüedades. Su llamado, el único en aquellos días, fue ignorado por muchos años. LA PIEDRA DE ROSETA Como es tradicional en los descubrimientos arqueológicos, es el azar el que interviene. Así, en julio de 1799, uno de los oficiales de Napoleón, el ingeniero Bouchard, encontrándose cerca del gran brazo del Nilo cercano a El-Rashid en Roseta, observó junto a sus hombres una lápida de basalto negro que contenía inscripciones de tres tipos de escritura diferente y dedujo que podría tratarse de tres versiones del mismo texto, y acertó. La piedra fue depositada en el Instituto Nacional de El Cairo y Napoleón ordenó hacer copias de la piedra para que pudiera ser estudiada por los eruditos de Europa. En 1802 fue llevada a Londres y hasta la fecha allí permanece, en el Museo Británico. Demasiados sabios intentaron descifrar su contenido y elaboraron toda clase de teorías sin "darle al clavo". Entretanto, Champollion, en su casa de campo, cerca de Grenoble, estudiaba su copia impresa en una hoja de papel y al recibir en 1822 copia de un obelisco de Philae, en el que se reconoce los nombres de Ptolomeo y Cleopatra, el políglota dispuso de un alfabeto de 12 letras. Comparando cartuchos reales de la época grecorromana, estableció el alfabeto completo de jeroglíficos fonéticos y sus correspondientes demóticos. La piedra está dividida en tres zonas: la superior escrita en jeroglífico, la media en demótico y la inferior en griego. Todas ellas tienen inscrito el mismo texto: el Decreto de Menfis del 27 de marzo de 196, bajo el reinado de Ptolomeo V. Días después de su tarea, Champollion presentó su traducción en la Academia Real de Inscripciones y Bellas Artes de Francia, con lo cual se fecha el momento histórico que señala el nacimiento de la Egiptología. Infortunadamente, Champollion murió mientras preparaba la publicación de los resultados de sus expediciones a Egipto, en París, el 8 de septiembre de 1832. EL TEXTO Este es el texto de la Piedra de la Roseta: "Bajo el reinado del joven que recibió la soberanía de su padre, Señor de las Insignias Reales, cubierto de gloria, el instaurador del orden en Egipto, piadoso hacia los dioses, superior a sus enemigos, que ha restablecido la vida de los hombres, Señor de la Fiesta de los Treinta Años, igual a Hefaistos el Grande, un rey como el Sol, gran rey sobre lo Alto y el Bajo país, descendiente de los dioses Filopáteres, a quien Hefaistos ha dado aprobación, a quien el Sol ha dado la victoria, la imagen viva de Zeus, hijo del Sol, Ptolomeo, viviendo por siempre, amado de Ptah. "En el año noveno, cuando Aetos, hijo de Aetos, era sacerdote de Alejandro y de los dioses Soteres, de los dioses Adelfas, de los dioses Euergetes y de los dioses Filopáteres, y del dios Epífanes Eucharistos, siendo Pyrrha, hija de Filinos, athólfora de Berenice Euergetes; siendo Aria, hija de Diógenes, canéfora de Arsione Filadelfo; siendo Irene, hija de Ptolomeo, sacerdotisa de Arsínoe Filopátor, en el día cuarto del mes Xandikos, o el 18 de Mekhir de los egipcios". La piedra es una losa irregular de basalto negro, que mide 114 centímetros de largo, 72 de ancho y 28 de grosor. Le faltan tres de sus cuatro esquinas y sólo se conserva intacta la esquina inferior izquierda. Columnas anteriores
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