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Opinión
![]() Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Atahualpa y Pizarro
El Sol de México
1 de octubre de 2006
Uno ejecutado; el otro asesinado
Atahualpa era hombre de 30 años, bien apersonado y dispuesto, algo grueso; el rostro grande, hermoso y feroz, los ojos encarnizados de sangre; hablaba con mucha gravedad, como gran señor; hacía muy vivos razonamientos y entendidos por los españoles, conocían ser hombre sabio; era hombre alegre, aunque crudo; hablando con los suyos era muy robusto y no mostraba alegría". Así lo describe el cronista Francisco de Xerez, secretario de Francisco Pizarro, uno de los primeros conquistadores del imperio inca, a quien en el reparto del botín de la ciudad de Cajamarca le correspondieron "110 arrobas de buena plata". De Xerez, apreció colmadas sus ambiciones y con nueve cajas repletas de su caudal se retiró a Sevilla, donde publicó su "Verdadera relación de la Conquista del Perú y provincia del Cuzco, llamada Nueva Castilla". Francisco Pizarro era corto de estatura, iletrado, sencillo de carácter y en el hablar, y muy generoso. Tenía 53 años cuando, en 1531, inició la conquista del imperio inca. Llevaba 180 hombres, 37 caballos y las armas. Atahualpa poseía un ejército de 30 mil guerreros. NACIDOS EN OTROS MUNDOS Atahualpa, el último rey inca, era hijo de Huayna-Cápac, emperador del Perú, el Señor de los Cuatro Puntos Cardinales, y de Cacha, hija del soberano de Quito, cuyo reino había aquel conquistado, incorporándolo a su imperio. Pizarro era hijo de Gonzalo, gran militar español llamado "El Viejo". Era un hombre dotado de extraordinario valor y tras haber tomado parte en numerosas contiendas bélicas, murió combatiendo en el sitio de Amoya por los franceses. Fue padre de Francisco, Hernando, Gonzalo y Juan, quien murió al ir a socorrer a sus hermanos que estaban sitiados en Cuzco por los combatientes de Atahualpa. LA GUERRA CIVIL ENTRE HERMANOS Al morir Huayna, padre de Atahualpa, tras haber reinado durante 50 años con mano tersa y cabeza fría, dividió sus estados entre sus dos hijos, Atahualpa y Huáscar, dejando a aquél el reino de Quito y a éste el resto del territorio. Eran medio hermanos, ya que Huáscar era hijo de la segunda esposa legítima de Huayna, su hermana, y así el engendro era hijo y sobrino de su progenitora. Los hermanos pronto entraron en discordia, inconformes con la división y entonces "echaron mano a sus fierros" para dominarlo todo, desencadenando la guerra civil. Atahualpa ordenó a sus leales generales Quisquis y Calicuchima que al frente de su poderoso ejército sometieran la provincia del Cañar, cosa que hicieron, castigando sangrientamente a sus moradores, logrando escapar el cacique Urco Colla y se autoproclamó Señor de los Cuatro Puntos Cardinales. Por su parte, Huáscar, atemorizado por la bravura de quienes los españoles popularizarían en la célebre frase "Quisquis y Misquis", que utilizan aún los españoles para referirse a un asunto de dos, quiso solucionar pacíficamente la guerra enviando a su general Túpac-Yupanqui para concertar un arreglo con Atahualpa. Las negociaciones no dieron ningún resultado y entonces Yupanqui logró atraer a su causa a los caciques de Cañar, que se unieron al ejército de Huáscar. Yupanqui era más hábil comandante que "Quisquis y Misquis", y al término de sangriento combate Atahualpa cayó prisionero. Logró fugarse, reorganizó sus desmadejadas tropas y continuó la guerra civil, para finalmente derrotar a su hermano y su capaz comandante, al que le cercenó las orejas y mandó ahorcar. En la batalla del Golfo de Guayaquil, un terrible combate en el que fueron vencidos los isleños, Atahualpa fue herido de gravedad de un flechazo. Entretanto sanaba de su herida, sus ya recuperados generales prosiguieron la campaña derrotando a los peruanos en Huamachucu, quedando prisionero el general Huanca Auquí, que sustituyó en el mando del ejército a Yupanqui. En esos días, Atahualpa fue informado del desembarco de Pizarro en Túmbez, en la costa septentrional del Perú. La historia iba a girar en otro sentido. PRIMERO NEGOCIAR Atahualpa, reconociendo que la división entre los incas sería un gran inconveniente para rechazar a Pizarro, primero envió embajadores a su hermano para concertar la paz y así formar un frente único contra el invasor. Sin embargo, Huáscar se negó, alegando que su padre le había heredado a él un reino y lo que Atahualpa pretendía era ser el único soberano. Huáscar, en la batalla de Quipa-Hipa, derrotó a los peruanos, llevando a cabo una horrible matanza en la que murieron casi todos ellos. PIZARRO OFRECE A ATAHUALPA TERMINAR CON LA GUERRA FRATICIDA Pizarro, enterado de la situación y para acabar con la guerra civil, mandó una embajada para notificar a Atahualpa que tenía deseos de entrevistarse amistosamente con él y ofrecerle su apoyo. Atahualpa simultáneamente había enviado embajadores ante Pizarro para que éstos le "tomaran el pulso al español y contabilizarán los efectivos de su ejército y sus armas". Atahualpa recibió con desdén a los embajadores españoles, pues estaba ensoberbecido porque la estratagema concebida por Calcuchimac, su otro gran general, había tenido éxito. Tras que Huáscar puso en fuga a los quiteños a las puertas del Cuzco y después de que el defensor de la capital le prendió fuego a las hierbas secas, consiguiendo con ello quemar vivos a muchos de los soldados de Huáscar, el general Calcuchimac lo aprehendió y luego se vistió con las ropas del prisionero para ir al encuentro de lo que quedaba del ejército cuzqueño. Los soldados de Huáscar salieron de Cuzco sin armas para saludar a quien creían que era su rey y jefe, y en esos alborozos Calcuchimac dio la señal y sus tropas cayeron sobre las cuzqueñas, que iban desarmadas y las masacraron. Atahualpa mandó por Huáscar, por su madre Aragua Ocllo, su mujer Chucuy Huaipa y los denigró delante de sus tropas, y ordenó que todas las mujeres e hijos de su medio hermano fueran ahorcados y a "las que estaban preñadas, antes de morir, se les abrió los vientres para que los fetos cayeran al suelo y, una vez caídos, se los ataban a los brazos", consigna el historiador José Antonio del Busto en su libro "Perú incaico", publicado en Lima, en 1981. Se calcula que "los muertos pasaron del millar y medio". Huáscar fue obligado a presenciar las atrocidades y no dijo una sola palabra, ni cuando contempló cómo torturaban y asesinaban a sus mujeres, hermanos y más de 80 de sus hijas e hijos. Huáscar fue ahorcado y sus restos "aventados al lodazal". ATAHUALPA CREE PODER VENCER A PIZARRO Atahualpa no estaba convencido del carácter divino de los españoles y ordenó a su general Rumiñahui, que se encontraba con sus tropas a la entrada de Cajamarca, "detener a los recién llegados cuando éstos se apresten a huir nada más ser atacados". Rumiñahui se puso en marcha hacia Quito con un ejército de cinco mil hombres. Sin embargo, no avanzó contra Pizarro, sino que en un golpe de ambición personal, "visitó la casa de las vírgenes con intención de sacar para sí las que mejor le pareciesen de las que estaban dedicadas para mujeres de Atahualpa, como tomándolas por suyas se declaraba rey y tomaba posesión del reino", narra el inca Garcilaso de la Vega en su "Historia general de Perú", publicada en 1613. PIZARRO INVITA A ATAHUALPA Y LO HACE PRISIONERO El mensajero enviado por Pizarro y que Atahualpa recibió en los baños de aguas sulfurosas de Cajamarca, suponiendo que Rumiñahui los había enfrentado y vencido, le dijo que el capitán general "viene a entregarle personalmente un mensaje del rey de España". Atahualpa, que sólo se hallaba a algo más de cinco kilómetros de distancia, aceptó la invitación. Al día siguiente se apersonó al sitio donde tenía Pizarro su campamento. Llegó llevado en andas, rodeado por sus jefes ricamente vestidos y adornados, así como una escolta de cinco mil soldados. Para recibirlo se adelantó el fraile Francisco Vicente de Valverde con un crucifijo en la mano y un misal en la otra. El padre instó al emperador para que abrazara el cristianismo con su pueblo o, de lo contrario, se arriesgaba a ser atacado "a fuego y espada". Por medio de un intérprete improvisado, Atahualpa preguntó cómo podía hacerse cristiano. "Estudiando este libro", le respondió el fraile entregándole su breviario. Atahualpa ojeó el libro sin comprender nada y en gesto altivo arrojó el misal al suelo. "¡Sacrilegio!", gritó Valverde. "La palabra de Dios ha sido ultrajada. ¡A las armas cristianos!". Toda esta escena la había concebido Pizarro y así sus hombres se lanzaron al ataque, derribando a Atahualpa de las andas, "asido por su larga cabellera fue arrastrado y se le cargó de cadenas para meterle preso". La ciudad fue saqueada y 30 mil indígenas fueron pasados a cuchillo. ATAHULPA OFRECE ORO A PIZARRO Atahualpa ya en prisión, ofreció a Pizarro "todo el oro que cupiera en una habitación de mi palacio a cambio de mi libertad". La habitación "tenía 10 metros y medio de ancho, 22 de largo y nueve de altura". El capitán general aceptó la oferta y envió a cientos de mensajeros suyos para recorrer "todos los puntos del Perú para recoger el oro". Los enviados consiguieron toneladas de oro. SE SIMULA EL JUICIO Y ATAHUALPA ES CONDENADO Atahualpa era hombre inteligente pero ingenuo. Inteligente porque durante los días que estuvo encarcelado aprendió rápido a jugar ajedrez con sus carceleros e ingenuo porque no calculó que la entrega del oro despertaría aún más la codicia de los españoles. Entonces, Pizarro, ya con el oro en su poder, acusó a Atahualpa de "conspirar contra el rey de España, de usurpar el poder del imperio inca, de fratricidio, de idolatría y de poligamia", y en un simulacro de juicio, el rey fue "condenado a morir quemado en vida". Atahualpa recibió la sentencia con total indiferencia. Como acto de clemencia se le conmutó la pena por "otra menos cruel": el garrote vil. A instancias de Pizarro, durante los pocos días de vida que le quedaban, Atahualpa recibió instrucción religiosa a cargo de Valverde, quien la noche anterior a su ejecución le bautizó. En la mañana de 24 de junio de 1533, dos soldados españoles lo estrangularon en el garrote. EL ASESINATO DE PIZARRO Las riquezas de Perú inundaron las posesiones de España en el Nuevo Mundo y robustecieron las del reino ibérico. Pizarro estaba en las nubes y más cuando se le concedió el título de marqués y a Diego de Almagro, descubridor de Chile, mariscal del Perú. En esos momentos se enconó la rivalidad entre los que habían sido compañeros de aventuras y conquista. Almagro padeció el mismo destino de Atahualpa, ya que Pizarro, tras una ridícula farsa de proceso, hizo dar garrote vil en su prisión a su rival y entonces creyó que ya nadie atacaría su poder después de la muerte de Almagro, persistiendo en su política de hostilidad contra los almagristas cuyos bienes confiscó. La Corte española envió a Cristóbal Cabeza de Castro con plenos poderes para residenciar a Pizarro y arreglar las cosas en Perú, pero el enviado de Carlos I no aceptó la invitación de Pizarro y este desaire alentó a los almagristas para concebir la conjura contra la vida del enjuiciador y ejecutor de Atahualpa y Almagro. Pizarro se enteró de lo que se conspiraba en su contra, pero no adoptó medida alguna preventiva, confiando en el terror que su nombre inspiraba. Así, el domingo 26 de junio de 1541, hacia el mediodía, 19 conspiradores invadieron sin más el palacio de Pizarro; los dirigía su principal instigador, Juan de Rada. El marqués y gobernador se hallaba en uno de los salones en tertulia con varios amigos cuando entró un paje gritando: "¡Los de Chile vienen a matar a mi señor!". Los amigos huyeron dejando a Pizarro solo en compañía de su hermano Martín de Alcántara, Juan Ortiz de Zárate y dos pajes. Pizarro era hombre osado y bravo, y se defendió "a capa y espada", impidiendo que los asesinos entraran a la habitación; sin embargo, Martín de Bilbao le dio una estocada en el cuello y otra en el pecho, y Pizarro cayó al suelo exclamando "¡Jesús!". Yaciente, hizo con el dedo una cruz de sangre en el suelo y la besó. Inmediatamente Juan Rodríguez Barragán le rompió en la cabeza una garrafa de barro de Guadalajara y Pizarro exhaló el último aliento. EL ENTIERRO DE PIZARRO Por la noche del mismo domingo 26 de junio, dos humildes servidores del marqués lavaron el cuerpo, le vistieron con el hábito de Santiago, sin calzarle las espuelas de oro correspondientes porque alguien se las había apañado, abrieron una sepultura en el terreno que hoy ocupa la catedral de Lima y enterraron el cadáver. El cuerpo fue encerrado en un cajón forrado de terciopelo con broches de oro y así se conservaron los restos de Pizarro bajo el altar mayor de dicha catedral, hasta que en junio de 1884 fueron trasladados a la capilla de los virreyes. En otra versión, su cadáver fue arrastrado hasta la catedral y nadie quería darle cristiana sepultura hasta que un hombre que había sido uno de sus servidores, obtuvo permiso para enterrarlo. Columnas anteriores
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