Hidalgo
La inauguración del Reloj de Pachuca
Aspecto que presentaba el acceso a la Plaza independencia, por la calle de Ocampo, la mañana del 15 de septiembre de 1910. Foto: El Sol de Hidalgo.
El Sol de Hidalgo
18 de septiembre de 2011

Por Juan Manuel Menes Llaguno Cronista del Estado de Hidalgo

Pachuca, Hidalgo.- El 15 de septiembre de 1910, las calles de la ciudad de Pachuca, según cuenta don Rodolfo Benavides, eran impotentes para dar cabida a los miles de curiosos que se acercaban a los alrededores de la Plaza Independencia, donde se desplantaba ya la majestuosa torre con la que se conmemoraría el primer Centenario de la Independencia Nacional; poco antes de las ocho de la mañana, el señor Alberto Dross, reconocido relojero de origen alemán, cruzó veloz por los andadores recién trazados y penetró en el interior de la torre, encaramándose hasta el piso del tercer cuerpo del monumento, donde se encontraba la maquinaria del finísimo carrillón londinense y poco después vinieron una tras otra las pruebas para verificar el sonido de las campanas y la exactitud de las manecillas de las cuatro carátulas.

Ante cada sucesión de campanadas, el ritmo de la ciudad parecía detenerse y la mirada de todos se dirigía hacia la torre, que podía verse a muchos metros de distancia y escucharse con claridad el sonido de cada campana. Los comerciantes daban el último toque a los adornos de sus escaparates y los dueños de las casas hacían lo propio en sus balcones y ventanas, escondiendo lo ruinoso de sus fachadas con pendones tricolores y enormes medallones con las efigies de los héroes. En los mercados, tanto de la Fruta (hoy Miguel Hidalgo), como el de la explanada de Mercaderes (hoy 1o de Mayo), los vendedores agotaban vertiginosamente sus mercaderías, de modo que hacia las 9 de la mañana habían vendido prácticamente sus existencias. Cantinas y pulquerías abrieron más temprano que de costumbre; don Manuel Vargas, dueño del otro reloj ("El Reloj de Arena"), la más afamada pulquería del Pachuca de entonces, se entretenía colocando en la artística contra-barra de madera, los vasos que mando hacer a Monterrey, estampados con la bandera nacional y la leyenda: "Primer Centenario de la Independencia. El Reloj de Arena. Pachuca 1910".

Como todas las calles que conducían a la plaza independencia estaban cerradas, las vendedoras de chalupas, tamales, pambazos y los expendedores de banderitas, pendones y cenefas, se acomodaron en las calles aledañas, invadiendo con sus olores y colores el ambiente festivo de aquel día. Hacia las 12 del día, el gobernador Pedro Ladislao Rodríguez visitó la Plaza Independencia, donde Gumersindo Meléndez daba los últimos toques al alumbrado de la plaza, que cubrirían la explanada con series de focos blancos, rojos y verdes que pendían del punto más alto del monumento, hasta cada una de las esquinas de la plaza.

Hacia las siete de la noche la plaza quedó totalmente obscurecida, no así las calles vecinas, donde la gente empezó a arremolinarse en espera de poder pasar a la explanada; la expectativa se hacía larga, pero a las 9 en punto hizo su arribo el cuerpo de Rurales, a caballo, marcialmente ataviados con vistoso uniforme de color negro, en el destacaban los galones y la botonadura dorada, así como el sombrero de ala ancha. Detrás de ellos llegó la gran banda de viento, triunfadora de diversos certámenes musicales a nivel nacional, misma que se encargó de amenizar la espera de la inauguración.

Justo a las 9:15, salió el gobernador de su casa, ubicada en el cruce de las calles de Hidalgo y Leandro Valle, mejor conocida como "El Coliseo". Las fotografías le captaron impecablemente vestido, con bastón, chaqueta de levita, guantes blancos y chistera, acompañado de su esposa, la señora Virginia Hernández, y diversas autoridades, hizo su entrada en la plaza en medio del aplauso generalizado de los asistentes y llegó hasta las tribunas colocadas al pie de la torre, desde donde presidió la ceremonia, que dio inicio con una obertura tocada por la Banda de Rurales, posteriormente el licenciado Joaquín González pronunció el discurso oficial, una encendida pieza oratoria sobre el significado de nuestra Independencia y el esfuerzo de pueblo y gobierno para construir la gran torre, a lo que siguió una interpretación más de la banda, acto seguido el alumnado de las escuelas oficiales de Pachuca interpretó el Himno a Hidalgo, nuevamente la Banda de Rurales ejecutó una pieza musical, preámbulo a una poesía a cargo de la señorita Luz Conde, la banda finalizó su participación con la obertura de la ópera Tosca y cerró el programa el poeta Miguel Bracho con la declamación de un poema suyo.

Cuando faltaban escasos minutos para las once de la noche, entró el gobernador en la planta baja de la gran torre y al escuchar el primer repiqueteo corrió la cortina que ocultaba la placa de mármol que dio fe de aquella inauguración, posteriormente subió a la primera planta, la de los balcones descubiertos, donde vitoreo a los héroes, según la costumbre ya observada entonces y después de entonar el Himno Nacional, recibió el saludo de la muchedumbre que por miles se encontraba en la plaza.

La algarabía fue mayúscula, el señor Dross había arreglado la maquinaria del reloj, para que durante quince minutos, el repiqueteo fuera constante, sumado a las cornetillas, flautines, panderos y otros instrumentos que producían un ruido ensordecedor al que se agregó el estallido controlado de cargas de dinamita que las empresas mineras accionaron en los cerros que rodean a la población, luego fueron los fuegos de pirotecnia los que continuaron atronando en aquella noche lluviosa y fría, lo que no fue obstáculo para la fiesta popular.

Así, en medio de ese gran jolgorio, se inició la cuenta del tiempo y de la historia, que desde lo alto de la gran torre se ha registrado hora tras hora, minuto tras minuto, a lo largo de los ya 101 años de ser el símbolo y la identificación no sólo de todos los pachuqueños, sino de todos los hidalguenses.

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Pachuca Tlahuelilpan,

septiembre de 2011