Opinión
Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Wagner y Luis de Baviera

El Sol de México
24 de septiembre de 2006

El maestro y el protector

Wagner era narcisista en extremo y se estimaba gran dramaturgo, enorme pensador, cabal revolucionario y el más genial compositor musical del mundo.

Niño mimado, no tenía sentido del deber y jamás supuso que tenía que trabajar para ganarse la vida. El sustento lo proporcionarían sus admiradores, sus amigos y sus mujeres e incluso gente que apenas trataba. El mundo "es responsable de mi bienestar".

Vivía de prestado y nunca reintegró los dineros proporcionados sin mayor condición que "a la palabra"; gastaba toda suma que llegaba a sus dispendiosas manos sin ningún límite y sin atender las cosas comunes y corrientes como pagar la renta o la ropa que vestía.

Era, pues, "un monstruo de vanidad" y un vividor persistente. Extravagante, egoísta y locuaz con respecto a su participación en la política y siempre en riña con la prensa que lo presentaba en todos sus desequilibrios, emocionales y mentales. Se mal avenía con los medios infatigablemente.

Entonces encontró a su mecenas absoluto, el rey Luis II de Baviera. El lugar que ocupa en la historia Luis II está esencialmente relacionado con Richard Wagner y con los castillos fabulosos que construyó, y que hoy mantienen su atractivo y subyugan a propios y turistas.

Un día, el joven rey, que igualmente era extravagante, vanidoso y manirroto, invitó a Wagner viajar a Munich para conocerlo personalmente y presentarle su proyecto de construir un teatro donde se pudiesen representar sus óperas.

LUIS ORDENA LA BUSQUEDA DEL GENIO

Algunos días después de que había ascendido al trono, su majestad convoca a palacio al barón Von Pfistermeister, su consejero áulico, para "encomendarle la gran misión de su vida".

Luis II se encontraba en medio de un estado emocional de gran agitación y sin más le pidió al barón las listas de los extranjeros de paso en Munich, ya que "busco desesperadamente a Wagner y en los registros de policía no se ha encontrado a ninguno".

El barón, que ignoraba que se trataba del compositor, preguntó al rey a qué Wagner buscaba. Luis, áspero y directo, lo ilustró: "Según yo sé, no existe más que un solo Wagner importante en el mundo y es el autor de 'Tannhäuser' y de 'Lohengrin'. Le ordeno que de inmediato, al costo que sea, invite a Wagner venir a Munich y lo traiga sin más".

El barón, quien creía habría de ser nombrado ministro, acata la encomienda real y parte hacia Penzing, cerca de Viena, donde según informes que le presentan allí se encuentra el músico. Cuando llega, Wagner ha partido sin dejar dicho a dónde se dirige.

Von Pfistermeister, que no hace bien su tarea y pretende librarse de ella, telegrafía la noticia al rey. Luis da respuesta inmediata:

"Vuestro telegrama me ha horrorizado; mi resolución está tomada; prosiga lo más rápido posible. Y, sin llamar la atención, tráigame a Richard Wagner. Es mi más caro deseo".

El barón prosigue la búsqueda. El huidizo compositor va a Suiza y luego a Alemania con el propósito de ir a la Selva Negra para trabajar en su nueva ópera "Los maestros cantores de Nuremberg".

Nada más llegar a Stuttgart, las autoridades de la ciudad confirman la presencia de Wagner en ella.

El hombre, que el barón encuentra el 3 de mayo de 1864, tiene 50 años de edad y vive prácticamente en el destierro. Varios de los estados alemanes, a causa de su pasado revolucionario, le han prohibido la entrada y Wagner se la pasa viajando sin dinero, sin mujer, que está moribunda en Dresde y a la cual abandonó, y no tiene más compañía que su perro "Pohl".

"Decepcionado, agobiado de preocupaciones, tan sólo espero la muerte como liberación".

Mas la suerte está echada y Wagner ha encontrado "el mecenas que me ayude a dar a conocer la música del porvenir".

LA PRIMERA CARTA AL REY

Nada más ser reconocido por el incansable Pfistermeister, Wagner se sienta a la mesa de su habitación en el albergue de la Raulie Alp y escribe a Luis II la primera de cientos de cartas que, junto con otras tantas del rey, han sido reunidas en cinco volúmenes.

"Amadísimo y magnánimo soberano: Os envío estas lágrimas de conmoción celeste para deciros que los milagros de la poesía han entrado ahora en mi pobre vida anhelante de afecto como acontecimiento divino. Y esta vida, sumergida en la poesía, os pertenece, mi joven y clemente soberano: disponed de ella como de vuestra propiedad. Con el mayor entusiasmo, fiel y sincero, vuestro súbdito".

Wagner pone la fecha: Stuttgart, 3 de mayo de 1864, firma y, como era un ser que olía mal, se baña en loción y se va con Pfistermeister a la estación del ferrocarril y toman el tren rumbo a Munich.

Nada más descender del tren en la Bayrischen Hof, esa misma tarde es recibido por Luis II de Baviera.

INFANCIA ES DESTINO

Nació el 22 de mayo de 1813 en Leipzig. Su padre fue el actor y pintor amigo de la familia Ludwing Geyer, quien le puso el cuerno a quien le daría su nombre, el honrado oficial de policía Karl Friederich Wilhelm Wagner. Su madre, Johanna R. Pätz, al quedar viuda, casó con su amante y Wagner siempre ignoró que Geyer había sido su engendrador.

Aunque nada en su niñez mostró su extraordinario talento musical, como es más o menos la norma en los genios musicales, fue hasta los 15 años, después de escuchar "La novena sinfonía" de Beethoven, que se le reveló la vocación de compositor.

"'La novena sinfonía' de Beethoven se convirtió en el polo de atracción de toda mi sensibilidad y de todas mis aspiraciones fantástico-musicales", escribió en su autobiografía.

A esa edad comenzó a llevar una vida escandalosa, absurda y corrompida; contrajo deudas de juego y, antes de cumplir los 20 años, aprendió que es más difícil obtener algo de las mujeres que de los hombres, aunque tenía mucho éxito con ellas por poseer cierto grado de feminidad, sin ser homosexual. Luis II sí lo era.

En el verano de 1845, en el "Castillo de las Ninfas", en las afueras de Ninfenburgo, la familia real espera "un feliz suceso": la princesa María, esposa del príncipe Maximiliano, heredero del trono de Baviera, va a dar a luz.

La noche del lunes 25 de agosto nace la criatura, un niño. Es rubio y sonrosado con grandes ojos negros y profundos.

Al día siguiente, el cardenal Gebsattel lo bautiza con gran pompa en la capilla del castillo. El rey de Prusia, Federico Guillermo, que llegó de Tegernsee durante la noche, y el tío del pequeño, el rey Otto de Grecia, son sus padrinos. Se le nombra Ludwig Otto Wilhelm.

En ese momento, Wagner tiene 32 años de edad y quien no es su engendrador, aunque le ha dado el apellido, también lleva el Wilhelm. Una destacable coincidencia.

LUIS, A LOS 13, SE SABE DE MEMORIA LOS LIBRETOS DE "TANNHÄUSER" Y "LOHENGRIN"

A los nueve años de edad, la vida del príncipe transcurre a la orilla del Starnbergersee, donde se baña, hace locuacidades en la Isla de las Rosas y pesca con su hermano Carlos Teodoro, al que apoda "Gackl".

Luis lee novelas y se alimenta de antiguas leyendas germanas. Su novela preferida es "Quentin Durwad", del inglés Walter Scott, célebre por su novela histórica "Ivanhoe".

A los 13 ha aprendido de memoria los libretos de las dos óperas de Wagner: "Tannhäuser" y "Lohengrin".

A los 16, el 2 de febrero de 1861, la ópera real anuncia la presentación de "Lohengrin" y Luis pide a su padre permiso para asistir a la función. Para el muchacho es "el deslumbramiento, la revelación" y la obra "se convierte en el emblema de mi vida y de mi propio combate".

Ese es un año difícil para Wagner, que "ha descendido lentamente hacia el abismo". Va recorriendo Europa "como poseído por las furias". Sí, "las furias" eran sus deudas y sus acreedores. A pesar de esta ruina económica, Wagner vive en un palacio veneciano y en albergues y casas que él amuebla lujosamente a su gusto, sin poseer ni un marco.

SOLO UN AÑO DURA EL "IDILIO"

El 10 de diciembre de 1865 por la tarde, Wagner sale de Munich. Parte sin ninguna otra compañía que su viejo perro "Phol", el único ser en el mundo que le será fiel hasta la muerte. Parte sí, con el futuro económico asegurado de por vida, ya que Luis ha dispuesto para él una jugosa pensión hasta que muera. Ha pasado poco más de un año del comienzo de las relaciones idílicas entre el maestro y el admirador embelesado.

Esta partida es la consecuencia de la campaña de prensa que han coordinado los enemigos del compositor, quienes reprochan al rey su "debilidad" por ese "ser impuro y aprovechado".

En el Allgemeine Zeitung se publica a principios de febrero el primer ataque: "Lo que Wagner entiende por el bienestar de la vida corriente proviene de esa naturaleza tan deliciosamente sibarita que hasta un pachá sentiría asco de vivir en su casa y comer en su mesa".

Los enemigos y conspiradores son el ahora ministro barón Von Pfistermeister, que no perdona la "humillación de haber ido en búsqueda y encuentro con un malviviente", y el ministro presidente Von Der Pfordten, el nombrado barón "Pfo". Este último es un bávaro que sirvió al rey de Sajonia y que conoce bien el pasado revolucionario del compositor, y lo considera "un espíritu peligroso".

El trío se odia más que cordialmente y los ministros tratan de desacreditar a Wagner ante los ojos del embelesado monarca. Durante varias semanas se da una lucha abierta en los medios que pone en conflicto al compositor y a los dos ministros. Estos no se limitan y aprovechan el menor descuido de Wagner para echarle tierra.

Los funcionarios divulgan el rumor de que entre el rey y el músico existe "una relación que va más allá de la admiración al músico y la del músico que disfruta de la particularidad sexual del monarca, y que el músico es quien secretamente gobierna en Baviera". El rumor enciende las buenas conciencias de los muniquenses, considerando que Wagner "es un demonio de lascivia, que ha pervertido al noble e ingenuo soberano y lo ha dominado".

La campaña avanza y aunque está prevista la representación de "Tannhäuser" en Munich con la presencia del rey, a finales de febrero, contra todo lo previsto Luis no aparece en la escenificación.

Al día siguiente, al presentarse Wagner a una audiencia con el rey, se le despide sin más. Los conspiradores han vencido.

LA DESPEDIDA

Luis admira a Wagner y adora su música, pero repugna su comportamiento abusivo y holgazán, y, todavía más, sus amores son otros y nunca ha imaginado, ni en sus más atribulados ataques de locura, que Wagner le proporcione aquello que sí le dan a su majestad sus gallardos guardaespaldas de la escolta real, los mozos de cuadra y los artesanos que se le sirven de carpinteros y albañiles en el palacio. Todos jóvenes robustos, hermosos y complacientes.

Tras un viaje que Luis realiza a Hohenschwangau, adonde lo ha llamado el compositor que está allí trabajando en la partitura de "Sigfrido", las intrigas arrecian y van a tener éxito.

El maestro y el mecenas pasan ocho días de fiestas y regocijo. Todas las noches Wagner dirige para Luis un concierto.

Juntos visitan la iglesia de Ettal, construida por el emperador Luis "El Bávaro" según los planos del templo de Graal.

En esos días, Luis, en compañía de Pablo de Taxis, está a punto de ahogarse y deja la ciudad para trasladarse a Munich, acudiendo presuroso al teatro donde el joven actor Emilio Rohde, por el cual se ha encaprichado, hace su presentación en una obra sobre Guillermo Tell. Esa misma noche ambos parten para el Oberland bernés, donde Luis quiere efectuar una peregrinación donde vivió el héroe suizo.

A su regreso, Munich se encuentra en efervescencia. Los rumores sobre sus relaciones con Wagner ya son dominio público, se le reprocha haberle dado fuertes cantidades de dinero y el diario Neueste Nachrischten publica un artículo venenoso donde se le reprochan al rey sus ausencias de la capital, de no recibir a sus ministros y someterse sin control a Wagner.

El compositor tiene la pésima iniciativa de escribir un artículo anónimo en respuesta a los ataques y esto exaspera al rey. Además, le envía una carta dándole consejos sobre cómo reinar.

Los ministros le piden escoger entre su pueblo y la amistad de Wagner, y el rey hace su elección.

Le encarga a su ministro Lutz comunicarle a Wagner que debe abandonar la ciudad en las próximas 24 horas.

El idilio muniquense ha terminado. Nunca más se verán, aunque Luis dispondrá de la pensión de por vida para el compositor.
Columnas anteriores
Columnas

Cartones