Barroco
Otomís de San Ildefonso Voces desde los valles queretanos
Diario de Querétaro
4 de junio de 2010

Margarita Ladrón de Guevara

Querétaro, Querétaro.- La reforma realizada en 2001 al artículo segundo de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos eleva a nivel constitucional la conciencia de la identidad indígena al asentar que:

La Nación Mexicana es única e indivisible. La Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas. La conciencia de su identidad indígena deberá ser criterio fundamental para determinar a quiénes se aplican las disposiciones sobre pueblos indígenas.

Gracias a lo anterior, finalmente se reconoce que en México no existe una mayoría mestiza y una minoría indígena, sino muchos grupos con culturas y formas de vida diferentes, algunos indígenas y otros no", según concluye el investigador y doctor por la UNAM Federico Navarrete Linares.

En Querétaro, según el censo de 2005, de 1,598,139 habitantes, 43,852 son indígenas y se concentran principalmente en los municipios de Amealco, Cadereyta, Tolimán, aunque es el primero el que mayor presencia otomí tiene en todo el estado. Aunque la ley distinga las diferencias culturales y defienda la igualdad, hoy en día nuestros pueblos originarios sufren discriminación y abusos por parte de los mestizos; a pesar de ello, los otomís que viven en el sur y semidesierto queretanos mantienen sus tradiciones ancestrales adaptándolas a los tiempos.

Los pueblos indígenas han sobrevivido durante los últimos cinco siglos porque han sabido adaptarse a las nuevas realidades. Ser indígena no ha significado aferrarse al pasado, sino saber armonizar el cambio con la continuidad, la fidelidad a las tradiciones con la capacidad de adaptación.

Cabe enfatizar que los otomís que viven en la región de los valles, es decir, Amealco, San Juan del Río y Querétaro, se caracterizan, por un lado, por su vestimenta tradicional; por otro, la lengua que hablan tiene variantes.

El municipio de Amealco tiene tres delegaciones: San Miguel Tlaxcaltepec, Santiago Mexquititlán y San Ildefonso las que concentran el mayor número de otomís mismos que llegaron a la zona a través de migraciones en épocas prehispánicas y durante la conquista.







La zona ha sufrido la sobreexplotación de sus bosques y hoy en día, la economía subsiste entre las sillareras, la alfarería y la venta de muñequitas, servilletas o manteles tejidas por las mujeres de la zona; la cosecha de maíz y frijol es sólo para el autoconsumo.

La delegación de San Ildefonso Tultepec, en los límites del Estado de México, está formada por once barrios, incluido el Centro, y es uno de los principales bastiones otomís en el estado, con sus fiestas, tradiciones, colorido y lindas casas de sillar y teja. Ocupado por 8912 habitantes repartidos en 2047 viviendas, San Ildefonso Tultepec es un enclave otomí: del 97% bilingüe, el 82.56% de la población de 5 años y más habla otomí; el resto es población monolingüe que sólo habla otomí. Se tiene registro de que el templo empezó a construirse en 1711, aunque los restos de una iglesia más antigua (llamada "iglesia viejita") sugieran que desde el siglo XVII ya se había evangelizado la región.

La delegación cuenta con tres centros de salud aunque un mínimo porcentaje, solo el 1.27% está afiliado al IMSS y la falta de empleo ha producido una migración hacia las ciudades y Estados Unidos, lo que también les ha obligado a aprender español. Además, un gran número de familias se ve beneficiada por apoyos gubernamentales federales, ya sea becas o despensas, lo que desahoga un poco la situación económica.

Los números y las estadísticas pueden dibujar un panorama frío de lo que sucede en las comunidades otomís de Querétaro; al hablar con la gente que ahí vive es esclarecedor. Las estadísticas nos marcan que si bien la migración es muy grande, los habitantes de San Ildefonso siempre tienden a regresar a su terruño, motivados por la calidez de las tradiciones ancestrales que todavía se realizan con la misma religiosidad desde hace siglos.



LA FIESTA ES LO MAS IMPORTANTE



La fiesta más importante de San Ildefonso es el 23 de enero, día en que celebran a su santo patrón. Si bien todo el año hay fiesta y los maestros tamboreros o las danzantes deben ir a otros barrios vecinos, todas las actividades del pueblo se centran en el 23 de enero.

Los pobladores de San Ildefonso se encomiendan a sus santos según los meses y es tradición en los otomís tener en cada casa, una capilla oratorio donde la familia centra su fe, la cual comparte comunitariamente en la fiesta patronal.



"Las capillas oratorio parecen ser la marca cultural distintiva de los pueblos otomianos que habitan hoy en el centro de México. Las capillas familiares desempeñan un papel fundamental en la vida religiosa, simbólica y organizativa de las comunidades, a pesar de haber enfrentado diversas transformaciones que han dado origen a múltiples formas rituales. Tradicionalmente, en la capilla reciben a las ánimas, ofrendan a los muertos, velan a los santos y llegan los cargueros entrantes".



Celia Cruz Jacinto y su esposo Jerónimo Margarito Pascual, son propietarios de una tienda de abarrotes, telas y artesanías. Tienen cuatro hijos, el mayor de 12 años. Celia y Jacinto comparten el buen humor de la gente humilde, y son orgullosamente otomís de San Ildefonso. De muy bien humor aceptan hablar de sus tradiciones; ella actualmente tiene cargo: debe cuidar una de las siete imágenes del templo. También vende telas, gracias a lo cual ella cuenta con gran cantidad de vestidos.



LOS VESTIDOS, LAS MUÑECAS Y LAS FIESTAS



"Tengo muchos vestidos, yo misma me hago los bordados y mis trajes" comparte en su casa Celia, de 32 años "me acomodo con las faldas no tan largas, aunque a veces sí me las pongo. La moda de las jovencitas ahora es usar la falda muy larga y el delantal cortito".

Celia también es danzante, aunque lamenta que casi no le da tiempo de ir a las fiestas pues sus hijos ya van a la escuela y no hay quien se quede a atender a la tienda. El ser danzante implica que, ataviada con su traje, vaya a bailarle al santo de algún pueblo o barrio vecino, desde Amealco hasta San Lucas o La Concepción. Los colores y flores del traje, sombrero, bastón y arco son una ofrenda al santo "nuestro santo patrón tiene varios colores, por eso nuestros trajes, el sombrero, sus listones y arcos son de colores" explica Celia.

"Los diseños son tradiciones antiguas, ya desde que me acuerdo mi mamá así se vestía; ella dice que antes no se vestían de colores porque no había tantas telas, sólo de manta entonces la bordaban con lana de borrego porque no había estambre, la pintaban y así adornaban; ahora que hay estambre se pueden hacer los bordados de colores".

Las telas que vende Celia son importadas de Corea del Sur y las compra en el Centro Histórico de la ciudad de México. "Nos ponemos nuestros vestidos bordados y la gente nos dice: qué bonitos bordados; a nosotros nos gusta que nos miren nuestros vestidos y adornos". Celia tiene muchos trajes diferentes y el color blanco lo usa cuando hay fiesta "por ejemplo, la Víspera uso un traje, en la Fiesta me pongo el traje que se me vea mejor, y en la Tornafiesta me pongo otro; pero la gente que no tiene tantos vestidos, el día de la Fiesta se viste de blanco, por el bordado".

El traje incluye una blusa plisada; falda larga, faja, delantal, sobrero con listones y flores y bastón con cascabeles; aunque en época de calor, las mujeres prefieren usar sólo la blusa y delantal. Los hombres usan un traje de manta, y aunque se ha perdido la costumbre, en la Fiesta usan su traje blando con una gran faja roja "la tradición así es: los hombres deben usar rojo, normalmente se usa pantalón negro pero antes se usaba manta bordada". Ahora ya les da pena "mi niña, Paty, ya no quiere ponerse el traje, dice que prefiere sus pantalones; le hice un traje en enero y nada más se lo puso una vez", además, no quieren hablar otomí.

El arco es para la danza de hombres, se usa para todo el año para la Santísima Trinidad, el Corpus Christi o Día de la Virgen, se hace de vara correoso y se tarda un par de horas en hacerlo, desde que dobla la vara hasta que le coloca las flores. A Lucas Hernández, de 42 años, le enseñó su papá a fabricarlos y él le enseña a su sobrino.

Lucas tiene 42 años y dos hijos, pero su hermana murió dejando ocho niños huérfanos, que él adoptó; su esposa, Lorenza Simón, también de 42 años, hace muñequitas y las va a vender a la caseta de cobro de Palmillas.

Lucas ya sólo se dedica a tocar el tambor en fiestas de otros barrios y no puede tener otro empleo, aunque sólo le dan comida y no dinero "la muñeca es lo único que nos da dinero" dice Lorenza, mientras teje a mano las piernas y brazos de la muñequita trenzada otomí, en su casa, hecha de piedra y piso de cemento, tiene su capilla familiar. El taller es en una habitación contigua que tiene una cama y una televisión grande; ahí, toda la familia realiza los trabajos manuales. En las vigas del techo de teja cuelgan las bolsas con el estambre para el cabello de la muñequita, en otra están los brazos, las piernas, los pedazos de tela para la falta y en el suelo, dentro de una enorme bolsa negra, están las flores para el arco que confecciona Lucas. Lorenza, sobre la cama, viste un hermoso traje floreado amarillo con falda verde limón. Ambos son muy amables y le abren la puerta de su casa a Diario de Querétaro. Nos acompaña Celia, quien de cuando en cuando intercambia frases en otomí con Lorenza.

"Antes vendíamos la muñeca india" precisa Lorenza "pero ahora tenemos que hacer la que es tradicional de Santiago Mezquititlán



"También hago sombreros y soy maestro tocador" adelanta Lucas. Antes, se hacía la flor de papel celofán pero dura más con flores de plástico.



HABLAR OTOMÍ O ESPAÑOL



Los investigadores Questa y Utrilla afirman que un elemento importante que propició que muchos habitantes de la zona dejaran de hablar la lengua fue la migración de la población indígena a las ciudades, pues los obligó a hablar español con el fin de vender sus productos y lograr comunicarse con la población mestiza que los empleaba. Por ello, algunos padres de familia prefirieron que sus hijos hablaran únicamente el español. La migración en el municipio de Amealco es principalmente a las ciudades de Querétaro y San Juan del Río, pero también a los Estados Unidos; en el tránsito hacia el país del norte, los hablantes de otomí encuentran más obstáculos idiomáticos ""Hay gente que no quieren que su niño aprenda el otomí porque es muy difícil, por ejemplo, la gente que sale del pueblo y se va al norte, no saben ni pedir de comer", continúa Celia.

Las escuelas primarias enseñan sólo en castellano; es hasta la secundaria que el alumno debe aprender a leer y escribir en otomí. Celia sabe leer en español, pero no en otomí ("tiene muchas haches", se queja ella). Dentro de casa, los adultos se hablan en su lengua nativa y los pequeños entienden, pero prefieren hablar en castellano.

Aunado a lo anterior están las diferentes variantes de la lengua incluso en comunidades vecinas; dicha situación se da en esta región otomí, donde se pueden identificar, por lo menos, tres variantes del hñäñho: el de San Ildefonso Tultepec, el de Santiago Mezquititlán y el de las comunidades del sureste de esta región."En Santiago Mezquitilán se habla diferente, es el mismo idioma pero hay palabras que tienen influencias de otras lenguas" como Náhuatl "nuestra lengua otomí es más pura", dice Celia. "Es muy difícil mantener que los niños hablan otomí porque si salen del pueblo, ellos no entienden el español y nadie les entiende el otomí; igual pasa si viene un inglés (hablante del inglés), ellos no nos entienden ni nosotros tampoco... ellos nos pueden humillar si no hablamos el inglés, pero te aseguro que nosotros primero aprendemos el inglés que ellos el otomí porque es más difícil" reconoce Jerónimo. "Aquí prefieren que haya tiendas con gente que habla otomí, como yo, porque nos entendemos; las abuelitas y la gente de antes habla puro otomí y vienen a la tienda pidiendo en otomí, si mi niño no sabe hablar otomí ¿cómo le va a despachar?" dice Celia.



NO HAY DINERO



Tradicionalmente la región ha sido sobreexplotada, en particular en sus recursos forestales; si bien la economía de muchas familias se sostiene a base de bancos de sillar, el sociólogo Mario Monroy, codirector del Instituto Intercultural Ñöñho, A.C. sostiene que a este recurso natural sólo le quedan ocho años de vida. Todas las mujeres de San Ildefonso saben tejer y bordar, por lo que deben dedicarse a la venta de muñequitas, morrales y servilletas, los hombres, a la alfarería en la que fabrican cántaros, macetas y recientemente, calabazas para el Día de Muertos (con influencia del Halloween); lo que cosechan de sus tierras sólo es para consumo personal. "Antes trabajábamos en el sillar pero nos va mejor en la tienda porque hay mucha competencia y por necesidad tienes que vender muy barato", dice Jerónimo "hasta 5.5 rebajan el sillar, y hay que invertirle: comprar el banco, comprar la máquina labradora o picos... no sacas la inversión, nada más te sirve para tener trabajo, pero no ganas".

También son víctimas de abusos. Por un lado, personajes con credenciales falsas se hacen pasar por inspectores de Hacienda, del municipio o de cámaras de comercio, como la Canacope-Servytur, quienes les piden dinero a cambio de asociarse, les piden más impuestos o simplemente les enseñan papeles firmados por autoridades exigiéndoles pagos; a raíz de que algunos ancianos no saben castellano o leer, caen en la trampa y les entregan dinero.





DISCRIMINACION



"Cuando vamos a la ciudad, mucha gente nos dice indias mugrosas nomás porque nos ven vestidas así" señala Celia. Lorenza dice "los inspectores nos quitan nuestra mercancía, si llevamos flores nos las pisan".

"Un traje puede costar hasta 250 pesos, es fácil hacerlo: nomás es cosa de hilvanar y pasarle la máquina, lo que cuesta más trabajo es el bordado" abunda Celia.

Yo vivo más a gusto aquí, mi hermana tiene su casa en San Juan pero nada más está encerrado, nada de campo".

"La gente nos dice: ahí van esas viejas indias. Siempre nos dicen algo, por nuestros zapatos de plástico o por cómo nos vestimos".

"Cuando vamos a la ciudad, mucha gente nos dice indias mugrosas nomás porque nos ven vestidas así" señala Celia. Lorenza dice "los inspectores nos quitan nuestra mercancía, si llevamos flores nos las pisan".

"Un traje puede costar hasta 250 pesos, es fácil hacerlo: nomás es cosa de hilvanar y pasarle la máquina, lo que cuesta más trabajo es el bordado" abunda Celia.

Yo vivo más a gusto aquí, mi hermana tiene su casa en San Juan pero nada más está encerrado, nada de campo".

"La gente nos dice: ahí van esas viejas indias. Siempre nos dicen algo, por nuestros zapatos de plástico o por cómo nos vestimos".

"Cuando vamos a la ciudad, mucha gente nos dice indias mugrosas nomás porque nos ven vestidas así" señala Celia. Lorenza dice "los inspectores nos quitan nuestra mercancía, si llevamos flores nos las pisan".

"Un traje puede costar hasta 250 pesos, es fácil hacerlo: nomás es cosa de hilvanar y pasarle la máquina, lo que cuesta más trabajo es el bordado" abunda Celia.

Yo vivo más a gusto aquí, mi hermana tiene su casa en San Juan pero nada más está encerrado, nada de campo".

"La gente nos dice: ahí van esas viejas indias. Siempre nos dicen algo, por nuestros zapatos de plástico o por cómo nos vestimos".

"Cuando vamos a la ciudad, mucha gente nos dice indias mugrosas nomás porque nos ven vestidas así" señala Celia. Lorenza dice "los inspectores nos quitan nuestra mercancía, si llevamos flores nos las pisan".

"Un traje puede costar hasta 250 pesos, es fácil hacerlo: nomás es cosa de hilvanar y pasarle la máquina, lo que cuesta más trabajo es el bordado" abunda Celia.

Yo vivo más a gusto aquí, mi hermana tiene su casa en San Juan pero nada más está encerrado, nada de campo".

"La gente nos dice: ahí van esas viejas indias. Siempre nos dicen algo, por nuestros zapatos de plástico o por cómo nos vestimos".

Agradezco infinitamente la ayuda que Marisa Gómez y Diego Prieto me proporcionaron para realizar este trabajo.