Opinión / Columna
 
Código Bering 
Rafael Navarro 
Código Bering
El Mexicano
28 de octubre de 2009

  ¿Qué le ha pasado a esta sociedad? ¿Qué le ha pasado a los editorialistas y columnistas de Chihuahua?





Me tocó ver una extraordinaria película, cuyos productores fueron tan honestos que en la sinopsis de la cinta advertían que se trataba de una aventura, basada en una novela de amor escrita por una mujer inglesa y que, tenía algo de ficción.

Se trata de la hipótesis de un caballero que quedó perdido en el tránsito de dos siglos, pero tomando en cuenta su realidad, la del siglo XVIII, con sus caballerangos, condes y duques.

Realmente la historia es de un duque que procede de esa época y que, de pronto, es metido a la vorágine de la vida acelerada de Nueva York en donde conoce a una extraordinaria mujer, que había fracasado en varias ocasiones en las lides del amor.

El trato amable, cortés, inscrito en las ya idas ceremonias del cortejo y los buenos modales cautivan a la triunfadora mujer que es experta en mercadotecnia.

La referencias del caballero perdido en el tiempo son aleccionadoras para todos. Durante una comida casera, hecha a base de alimentos precocidos (de esos que se venden congelados), el duque nos hace pensar en el nostálgico ceremonial de la cocina que se ha convertido en un remedo de la vieja práctica del buen comer.

No es una cuestión de comer alimentos caros, sino de ingerir comida nutritiva, bien preparada y bien servida. No es una cuestión de pobreza y riqueza sino del buen comer, de aplicar la vieja técnica de las cocinas que se quedaron impregnadas del saber y calor de nuestras abuelas y madres.

Hay que reconocerlo, lo que comemos en la actualidad, todos esos productos chatarra que compramos en las grandes negociaciones trasnacionales no son más que una forma dañar a nuestro cuerpo y a nuestro sentido del gusto con sabores preparados por chefs enfermos del paladar.



Y LA MERCADOTECNIA



En otro de los cuadros de acción explotados en la película en mención, el hombre del siglo XVIII llama la atención por su buen hablar e indiscutible figura de caballero bien portado.

Entonces los productores de anuncios deciden contratarlo para que sea la imagen visual de un pan dietético cubierto de pudín.

Probar ese pedazo de pan es repulsivo para el duque. En forma violenta el caballero se levanta del set donde se filma el comercial, para reclamar a los expertos en imagen y mercadotecnia el grave error que se está cometiendo, al ensalzar una "porquería" como si fuera el maná del cielo.

Su amada, herida por el comentario, lo confronta y le advierte que su carrera (la de ella) está en riesgo si él no miente y promociona el pan porquería....

Viene entonces la pregunta clave: ¿qué nos está pasando a todos? ¿por qué hemos institucionalizado la mentira en forma impune? ¿por qué en lugar de decirle al fabricante del panecillo que mejore el producto, porque lo que vende es una porquería, le hacemos campañas para engañar al público?

Esas preguntas resuenan en la vida ordinaria de muchos mexicanos, ingleses, catalanes, chinos, brasileños... de todo el mundo.

En el razonamiento diario de las cosas que nos rodean, pareciera que el aparato llamado prensa, cuarto poder, medios de comunicación, compuesto por reporteros, columnistas, directores, dueños de medios, publicistas, mercadólogos y todos los que componemos esa cadena de la transmisión de noticias y datos, nos levantamos a mentir, a hablar de una realidad que no existe.

¿Qué ha pasado con nuestros ideales? Desde la más endeble estructura de comunicación, esas llamadas páginas de Internet que todos los días se checan para estar al tanto de las noticias locales y de todo el mundo, hasta los encumbrados medios de información de todo el mundo que han creado fama, dinero y fortuna, con sus códigos de ética y sus grandes escritores, cometen el mismo pecado: la omisión para ceder espacios a los poderosos de este mundo.

¿Cómo puede la revista Forbes o la CNN destacar personalidades exitosas en el mundo cuando las empresas que representan son explotadoras e injustas con sus trabajadores?



MEDIOS QUE ABUSAN



No se trata de moralizar la función periodística por decreto. Simple y sencillamente la pregunta es ¿qué nos pasó? ¿a qué hora perdimos los ideales? Pareciera que en estos momentos estamos más preocupados en convertir a los medios que representamos en negocio o en el escaparate para nuestros gustos personales. Nuestros medios han dejado de ser un verdadero reflejo de opinión pública y posición indeclinable ante el poder.

Los periodistas tenemos años pidiéndole los pantalones prestados a los hacedores de opinión pública. Ya sabemos que hay voces que se van a lanzar al precipicio de nuestra realidad encendiendo sus ideales; otros más se quedarán dormidos en su paraíso de conveniencias en espera de las dádivas gubernamentales.

Y allí, en ese escenario, estamos los columnistas, los hacedores de la opinión pública y los pensadores (caray cuanta faramalla), cuando en realidad no somos más que esclavos de opiniones cobardes y, en muchas ocasiones, llenas de lujuria política.

Porque en eso se han convertido muchas columnas y periodistas, en meretrices del poder, en damas de compañía de empresarios voraces y políticos mediocres.

Por eso, la película del duque del siglo XVIII me motivó tanto. Me hizo reflexionar sobre lo que escribimos diariamente y lo que transmitimos como noticias.

No es posible que todos los días, las columnas políticas oficiales sean una carretera llena de chismes y de rumores, matizados con adjetivos utilizados por comadronas de pueblo, para "darle el toque distintivo, el sabor a la columna".

No se trata de tomar la pluma para denunciar a grupos delictivos y hombres malos, sino de tomar los espacios y advertir el grave riesgo en el que está la ciudad, el estado, el país, si seguimos apoyando a los mediocres funcionarios que actualmente dirigen los destinos de este hermoso país conocido como México.

Por las futuras generaciones, no es posible que los editorialistas, por muy reconocidos que sean, se queden en la antesala de la crítica, hasta donde pueden llegar para no perder su chamba, su salario y su espacio.

Los columnistas de medios que circulan en el Distrito Federal y zona metropolitana están más preocupados por la imagen pública que por las ideas, los comentarios profundos y las investigaciones que demuelan la estructura corrupta del poder.

Es inconcebible que gobiernos estatales tengan destinados pagos fijos a los hacedores de noticias, de opinión pública, a esos 'reconocidos' periodistas que aparecen hasta en la sopa de la comunicación en México.

Esos distinguidos hombres de la noticia, son periodistas corruptos que reciben sueldos de varios gobiernos estatales y de dependencias públicas que los contratan para ser su voz y su defensa.

Sus años en el ejercicio periodístico los ha enriquecido y ensoberbecido. Viven de la autoadulación y los compromisos pactados con los poderosos. Por eso se han vuelto insensibles.

Localmente ocurre lo mismo. No hay una sola emisora de radio en Juárez que tenga credibilidad. Los comunicadores están cooptados por el poder, por los compromisos de sus patrones. Están impedidos para la crítica y para ir 'más allá' de la noticia, porque pueden perder el empleo.

Sintonizar una estación de radio hablada por la mañana es como desayunar un plato de avena agria. Comentarios sin profundidad, locutores dando noticias, periodistas más preocupados por adular para cobrar, que por generar opinión y motivar el cambio desde el micrófono.

¿Qué nos pasó a todos? Esa es una pregunta para reflexionar en voz baja. Preguntarnos hacia donde nos va a llevar ese silencio y ese compadrazgo.

Mientras los reporteros de los medios locales dan la vida por los políticos que buscan puestos de elección popular, los hombres del poder se pasean con las ganancias del erario público.

Cuando reparten a los periodistas (práctica muy arraigada en México), entregan las limosnas y estas son recibidos como una ofrenda al trabajo arduo de vender la conciencia a cambio de nada.

Y la vida todos los días empieza hasta que nos hacemos viejos y nos damos cuenta que el poder nunca va a cambiar, que siempre estará representado por políticos mediocres, llenos de ambición, impunes y corruptos.

Sabiendo todo eso ¿valdrá la pena seguir adulándolos? La respuesta es parte de nuestro nivel de conciencia. Lo que sí es cierto, es que urge un cambio de actitud, antes de que este país se nos vaya de las manos.

Escriba a dirjua@prodigy.net.mx














 
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