Opinión / Columna
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Código Bering
Rafael Navarro
Código Bering
El Mexicano
27 de octubre de 2009
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Pregunta a un gobernante: ¿Tienen una idea de cómo están sobreviviendo los pobres de Ciudad Juárez?
Estimados gobernantes: cuando ustedes lean esta columna (¿realmente la leerán?), seguramente se quedarán pensando en la respuesta perfecta para salir del atorón.
Así es su condición como políticos, porque están hechos de una piel especial, de una costra maldita que los ha hecho insensibles y hasta cínicos.
El pasado domingo, en un servicio religioso, me llamó la atención que una mujer entrada en años llegó sola al templo. Regularmente la acompaña su hijo de 20 años que, por algún infortunio de la vida, nació con una discapacidad física que le impide estudiar.
Ese domingo no acudió al templo por tres motivos: 1- tiene la encomienda de atender a su padre que padece esquizofrenia; 2- su madre no tuvo dinero para la ruta de transporte de ambos y 3- los únicos zapatos del joven de 20 años están rotos y camina lastimosamente entre las piedras y basura de las calles cercanas a su domicilio.
La mujer es el sostén de esa familia. Su escaso sueldo y presupuesto es la base de la consolidación material de la vivienda que, literalmente, está a punto de venirse abajo a causa de la mala calidad del material de construcción.
La mujer no maldice al gobierno, sino que en el más profundo silencio, ora por quienes toman las decisiones y buscan mejorar las condiciones de este país.
Por fortuna, la atribulada ama de casa cobró ese fin de semana el salario que le pagan en la tienda donde presta sus servicios profesionales de ama de casa. Allí barre y trapea.
Con los 350 pesos que recibió pagó el agua, $150.00 pesos y la electricidad $300.00 pesos. Para cubrir las necesidades de la semana pidió prestado a su patrona 100 pesos más y sacó a crédito una pequeña despensa con la que atenderá los problemas familiares un par de días. Además quedará endeudada para la siguiente semana.
LA OTRA CARA
Por estar expuestos en los aviones, hoteles, terminales aéreas, restaurantes y en la misma cámara de diputados, nuestros legisladores serán los primeros en ser vacunados contra la influenza estacionaria y contra el virus del AH1N1 (también conocido como el virus de Elba Esther).
Esa casta sagrada quedará inmune a las enfermedades de la pobreza. Y los simples mortales nos preguntamos: ¿no sería más sano vacunar a los pobres que son más y que están más expuestos?
Resulta extraño observar como se mueve esta extraña rueda de la fortuna.
Manuelito, un hombre trabajador, jubilado, de la tercera edad, se acerca al que esto escribe y me pregunta que "si es pecado recibir material de construcción, brea y papel para el techo y una despensa que le va a entregar Desarrollo Social del municipio".
Manuelito forma parte de la casta noble del pasado. Su si es sí y su no es no. De una sola pieza.
Lo he visto acudir al templo cristiano al que yo pertenezco con fiebre alta, con la nariz y los oídos congestionados.
"De algo nos tenemos que morir... ¿por qué a los indios no les pasa nada?", dice este hombre que denota una fortaleza ganada en las construcciones o como cargador en otra época de su vida.
Pide permiso para arrancar las hojas de un árbol de eucalipto, las cuales piensa preparar en bebida, que es como un 'desenfriol' para los pobres. Tomar medicamento o ir con un médico es algo suntuario.
Regreso a la pregunta del pecado y razono junto con él.
¿Le piden algo a cambio de la despensa y el material?, pregunto a don Manuel que toma interés en la plática.
"Aún no", me dice seguro.
Le hago ver que en la Biblia no aparece ninguna causa de pecado para el que recibe la ayuda, el pecado es para quien utiliza los bienes del pueblo (robo), para fines personales (engaño) haciendo creer que es una muestra de solidaridad (mentira) y que están preocupados por ellos porque son pobres (simulación y falsa piedad).
Unas horas antes de esta plática, me tocó observar el contenido de dos despensas que ofrece en ciudad Juárez la empresa transnacional Walmart.
Una de las cajas dice traer la mayoría de los productos de la canasta básica. Tomo la caja en mis manos. Es ligeramente más grande a una envoltura de cartón para zapatos de los que usa una persona de pie grande.
También la empresa maneja la despensa de lujo que viene en una cubierta de plástico transparente. En su interior se pueden observar los productos comestibles que pueden servir para que la familia mexicana tenga alimento para tres días a un costo de 170 pesos.
DESPENSAS QUE SE ACABAN
La despensa que va a recibir Manuelito está bien medida. Un aceite de la marca Cártamo, una lata de atún, un kilo de harina, un kilo de Maseca, un kilo de arroz, dos bolsas de sémola de trigo, dos bolsas de Maizena, una bolsa de café Marino soluble, un kilo de azúcar y un botecito de Royal.
Ni 100 pesos se pasearán en la casa de Manuelito que se siente pecador por recibir las dádivas del gobierno.
Tres o cuatro días de comida para este hombre viudo que vive solo y que, eventualmente, lo visita un hijo y se queda con él, "para hacerle compañía".
¿Y los otros 361 días del año? ¿qué hará Manuelito?
Una mujer me contaba, en broma y abrumada por la crisis, que dentro de poco tendrá que ir a la casa de empeños a observar en el aparador lo que fueron sus pertenencias.
Primero se deshizo de su joyería, luego de su televisión y su lector de discos compactos... hace unos días, su marido, empeño para siempre, su maquinaria y equipo de trabajo de la marca Makita.
Cuando llega la angustia en casa todos se ponen a orar y a pedirle a Dios que les mande un empleo rápido.
Uno de los niños de esa vivienda cristiana va al Smart y sirve como empacador, pero las propinas son escasas y la competencia lo apachurra pues su trabajo lo comparte con ancianitos que tienen mucha necesidad de llevar algo a casa.
El padre de familia va y lava ruteras. Empezó cobrando 150 pesos, ahora le pagan 70 pesos por cada una. Sus fuerzas apenas le alcanzan para lavar dos o tres y su ganancia la comparte con un joven que le sirve de chalán.
Con las ganancias compra jabón, escobillas, bolsas de basura y trapos. Llega a casa con 120 pesos, apenas suficientes para salir de las necesidades ese día y guardar un poco para pagar los servicios que vienen.
Es patético pasarse la tarde oyendo un pequeño radio. Todos los focos han sido cambiados por minúsculos bulbos ahorradores de energía.
En la penumbra de su dolor piensan en lo difícil que está la vida y alientan a los más chiquillos a que no dejen la escuela. Los zapatos se han desgastado y las maestras se han puesto estrictas porque no llevan el material que les han exigido a los estudiantes.
Todos lloran cuando ven el rostro del padre de familia. La más fuerte es la madre que sostiene la mano de todos y hasta se sacrifica para que el poco alimento llegue a los que salen a la escuela o a trabajar aunque ella se quede sin probar alimento.
NI SE TIBIAN
Desmoraliza la frase gubernamental que está dirigida al consuelo de los pobres, en la famosa propuesta legislativa de incrementar los impuestos.
Desde que esta crisis económica ha iniciado ninguno de los legisladores federales del Estado de Chihuahua han dejado de comer, ni lo ha hecho el alcalde, ni el gobernador del Estado.
Ninguno de los regidores, ni del atribulado PAN, mucho menos del poderoso PRI, ha sufrido los embates de esta hambre, de estos altos costos de los servicios domésticos. Siguen en sus vehículos, cuyos modelos no bajan del 2000 y duermen en casas con todas las comodidades.
Ninguno de los funcionarios de primer nivel del gobierno estatal y municipal de Juárez, ni del de Chihuahua, están en la diatriba de acudir a una sucursal de 'casa de empeños' para dejar sus joyas o sus electrodomésticos para pagar, al día siguiente, la luz, el gas, el agua... el cable.
Los hijos de todos los funcionarios citados no hay dejado de acudir a las escuelas por falta de zapatos o porque no tienen útiles escolares.
Allí estriba la diferencia de los mecanismos mentales de atender la problemática social. No son los mismos problemas, ni la misma óptica en cuanto a la concepción de la vida.
Subir sueldos o quitar canonjías; disminuir percepciones exorbitantes, todo lo que haga el poder que nos gobierna es basura frente a la realidad de este pueblo.
Que conveniente sería enviar a las madres de familia con bebés de meses de nacidos colocarlos en las puertas de quienes nos gobiernan. Ese mismo coro sería muy efectivo en la junta de consejeros de la JMAS o en la oficina de Austreberto Guerrero, el superintendente de la CFE, que se caracteriza por su enorme insensibilidad social.
Escuchar llorar a un pequeño, asediado por el hambre, es peor que la guerra misma entre grupos delictivos antagónicos.
Cada gemido infantil pidiendo auxilio no pega en los oídos, pega en el alma.
Pues, a la verdad, hoy, este día, en alguna colonia de la ciudad, este doloroso coro de bebés sin futuro, están llorando por falta de alimento. El gemido se hace peor por la desesperación de su madre y de su padre (si es que no ha huido de casa).
De allí la conveniencia de hacer algo, pero que sea urgente. Los políticos, los gobernantes que viven en la inopia, que comen bien, que duermen bien, deben de empezar a pensar en los de abajo.
Esa urgencia no puede traducirse en retórica. Los de abajo están desesperados y están pensando en algo más que ir a tocar puertas.
Escriba a: dirjua@prodigy.net.mx
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