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Opinión
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Ramiro Chávez Gochicoa
100 días
El Heraldo de Tabasco
19 de abril de 2007
Como seguramente ya lo ha notado cualquier lector asiduo a esta columna, nunca he estado de acuerdo con la moda (porque no es otra cosa) que los políticos de todo el país han tomado cual si fuera una manda, de los 100 días de gobierno.
Los 100 días como una muletilla mediática, como un engendro nacido del perredismo cardenista (lo inició la regencia de Cuauhtémoc en 1997) que inició una hilera de fiascos que imitan al proyecto que le dio origen. La práctica que calca un fracaso, las copias que ignoran las circunstancias particulares que prevalecían en el panorama socio político de la capital a finales de los noventa. 1997 que bien podría ser la prehistoria. Vamos a obviar al zedillato y con eso al último régimen priista (aún cuando muchos afirmamos que fue el primer panista). El caso es que cuando el hijo del tata anunció su ahora imitado programa Vicente Fox gobernaba Guanajuato, Roberto Madrazo Tabasco, Felipe Calderón presidía el PAN, el amante de los carritos de golf el PRI estatal, mientras que los tricolores nacionales, capitaneados por Humberto Roque Villanueva perdían por primera vez los estados de Nuevo León y Querétaro, además de la mayoría del Congreso de la unión. Pero la historia era el DF. La vieja ciudad de hierro (profeta del nopal dixit) que comenzaría a ser gobernada por el partido que después impulsaría a AMLO y ahora al camachista Marcelo Ebrard. En el camino quedaban los cadáveres de Alfredo del Mazo y de Carlos Castillo Peraza, contrincantes que apenas vieron el polvo de la fuerza amarilla en el paraíso de las tribus, de los grupúsculos y de la chilangada urbana. La ciudad que se pudría no sólo entre la delincuencia que se multiplicaba monstruosamente, sino en la corrupción desaforada del último regente tricolor: Oscar Espinoza Villarreal. La capital agobiada, y desesperanzada, la urbe que necesitaba de un quick fix, los millones de ciudadanos que clamaban no por una esperanza, ni siquiera por una ilusión, sino por un oasis que les diera al menos la apariencia de cambio, la ínfima posibilidad de que (en teoría) el monstruo podía comenzar a ceder, la tormenta a amainar. De ahí lo de los 100 días, la idea mercadológica que fue rechazada casi desde su concepción y que por lo estrecho del mandato inicial fue llevada como un lastre por el ingeniero de la sonrisa franca. La ciudadanía lo eligió para tres años pero lo reprobó en tres meses. El tiempo pasó y los policías seguían siendo corruptos, la Buenos Aires seguía siendo violenta y la degeneración lucía imparable. Pero eso sí, el madruguete mediático nadie se lo podía arrebatar. Los reflectores hacia los movimientos anodinos de su víspera fueron intensos e inconfundibles, de ahí la persistencia que se ha convertido en costumbre. Y es que nada le gusta más a los políticos que intentar generar mediáticamente los propósitos que rara vez se cumplen en la realidad cotidiana. Los 100 días que no son una moda, sino un artilugio, los viejos espejitos de Cortés reeditados en palabrería incompleta, en aburrida retórica, en la confusión prehistórica de que las multitudes de viejitos con discursos nada espontáneos (e inclusive salmos) equivalen a desarrollo social, o lo que es todavía más iluso, a un avance metamórfico. Porque hay algo que resulta innegable, desde Cárdenas hasta Felipe Calderón y Andrés Granier. Ninguno de los políticos que han emprendido el plan de 100 días, absolutamente ninguno ha considerado un fracaso su proyecto. De hecho todo lo contrario, de acuerdo a su óptica los resultados son satisfactorios, si no es que fabulosos. Cualquier meta que no se haya cumplido, cualquier detrimento (como el de las cien escuelas que nadie ha visto), se debe a factores externos, a supuestos recortes presupuestales, al Golem, al Coco o al Guasón. Cualquier excusa es buena para disculpar a los muchos colaboradores de poca monta, a los improvisados, a los que se sostienen no por capacidad, sino por compadrazgos, favores u amiguismo (y que por desgracia son muchos). Porque una cosa es clara. Desde el poder, desde la silla, desde la verticalidad intocable de nuestros gobernantes, las cosas se acomodan, los resquicios críticos se empequeñecen y las cifras en turno son siempre alegres. En otras palabras, es muy sencillo dar una cara contraria o cuando menos matizada, a la realidad. Ahora que finalmente el peligro no es ese, sino que (acudiendo al coloquialismo) se la crean, cornisa que sólo conlleva a la megalomanía. Por lo pronto yo quiero creer en las palabras de Granier, aquellas que con temeridad nos anunciaron que no vacilaría en remover a aquellos que no dieran resultados, o que se quedaran rezagados ante lo que el estado necesita. Y lo cierto es que lejos de la disparidad en nuestras ópticas, es más de uno o una, los que se han quedado en la parálisis, debiéndole al estado. Habrá que ver que sigue, si la corrección o el empantanamiento. LA CATARINA Quizás lo vieron como algo normal. Al fin y al cabo la tropicalidad es también alucine, sobre todo para los foráneos. Será por lo que sea, pero las gráficas no mienten; los ejecutivos de la empresa Volaris, comandados por el ex Secretario de Hacienda Pedro Aspe Armella (con todo y avioncito de juguete), alzaron más de una vez la ceja ante la comitiva de recibimiento que más que altos funcionarios de estado, parecían un grupo de marimberos. Habrá que cuidar la imagen. Digo, hay de camisas a camisas. - demoliendohoteles_101@hotmail.com Columnas anteriores
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