Opinión
Historias Extraordinarias
Edmundo Domínguez Aragonés
Alejandro de Yugoslavia, asesinado en Marsella

El Sol de México
10 de agosto de 2008

Primera entrega: El Atentado

Alejandro I, rey de Sudeslavia o Yugoslavia: Serbia-Croacia-Eslovenia, era hijo de Pedro de Serbia y gobernó este reino como príncipe regente, a causa de la mucha edad y achaques de su padre desde la Primera Guerra Mundial, de 1914 a 1918, y hasta 1921, año en el que la muerte de su progenitor lo consolidó en el trono como monarca efectivo, pero no con el nombre de Alejandro II de Serbia como le correspondía, sino con el de Alejandro I del nuevo Estado de Serbia-Croacia-Eslovenia, en que se había convertido el antiguo reino de Serbia, en razón a su engrandecimiento logrado como consecuencia de la Primera Guerra Mundial.

En esas andaba cuando fue invitado por el Gobierno francés para visitar Francia en 1934, y así se embarcó a primeras horas de la mañana del 6 de octubre de dicho año en el crucero ligero "Dubrovnik" en el Adriático. Tenía 46 años de edad.

La reina María, su esposa, que no soportaba las travesías marítimas, viajó por tierra en el expreso Simplón-Oriente hasta Dijon, donde esperaba reunirse con su esposo después de desembarcar éste en Marsella, y salvó la vida.

LOS MOTIVOS DEL VIAJE

Alejandro quiso ir a Marsella porque deseaba hacer una visita al "Poilu de l´Orient", monumento funerario dedicado a los soldados franceses muertos en las campañas de los Balcanes durante la Primera Guerra Mundial.

Alejandro decidió desembarcar en Marsella a pesar de que el Gobierno francés no aprobó la decisión real de hacer de Marsella la primera etapa de su itinerario, pues en aquellos tiempos la ciudad tenía la misma reputación de violencia que Chicago había tenido en los años 20.

En los motivos políticos, Alejandro quería viajar por mar. Había descubierto que su buque de guerra "Dubrovnik" le resultaba muy útil. Le había permitido desplazarse a Varna, Estambul y Corfú el año anterior, con toda comodidad y dignidad.

Asimismo, al viajar por mar podía evitar Italia, con la que estaba librando una guerra fría.

Alejandro decidió que el modo más digno de llegar a Francia era a bordo del crucero yugoslavo, el único buque importante de su país. Esto indicaría que Yugoslavia "es una potencia marítima que debe ser incluida en cualquier futuro pacto mediterráneo".

MAL TIEMPO Y BUEN TIEMPO

Al principio, el tiempo fue relativamente tempestuoso y empezó a mejorar el 9 de octubre por la mañana. El séquito real saludó este cambio como un buen augurio y se sirvieron champaña y bocadillos, y Alejandro conversó animadamente con sus acompañantes.

Durante el día, la Primera Escuadra Francesa del Mediterráneo, que había zarpado desde Toulon para recibir al rey, destacó tres destructores con la misión de escoltar el buque real hasta Marsella.

El tiempo mejoró totalmente y la flota navegaba tersamente.

EL ARRIBO A MARSELLA

A las tres de la tarde del 9 de octubre, el humo del crucero yugoslavo y de su escolta apareció en el horizonte. Jacques Pietri, ministro francés de Marina y miembro de la comisión oficial de recepción, subió a bordo de una lancha que lo llevó hasta el destructor francés "Courbet", anclado en medio de la bahía y al frente de una doble fila de submarinos.

De inmediato resonó la salva de bienvenida en el destructor francés. El ministro de Marina subió a bordo del "Dubrovnik" y saludó al rey en nombre de la República.

Luego, puntualmente como estaba convenido, una lancha llevó a Alejandro y a sus acompañantes hasta el Quai des Belges.

En el muelle lo esperaba una compañía de honor con una banda de música y bandera del regimiento, compuesta por destacamentos de tiradores senegaleses y del 141 de infantería.

Sólo tenían la misión de rendir honores y nada se les había ordenado en lo referente a garantizar la seguridad del rey.

BAJA AL MUELLE

Alejandro saltó al muelle ágilmente. Vestía uniforme de almirante con cuello blanco de aletas, corbata de lazo, bicornio con un amplio galón trenzado y la banda escarlata de la Legión de Honor.

Un destacamento de marinos prorrumpió en un ¡hurra!, repetido siete veces.

En esas, empujada por su madre, una niña con traje provenzal se apersonó ante el rey, le hizo una reverencia y le ofreció un ramo de flores silvestres. Acto normal de recepción preparado por las autoridades portuarias.

Con "gran cordialidad", Louis Barthou, ministro francés de Asuntos Exteriores, acogió al rey y simultáneamente las bandas interpretaron los himnos nacionales de Yugoslavia y Francia.

Los fotógrafos de prensa y los camarógrafos de los noticieros de cine hacían su tarea y, entre ellos, no estaba ningún fotógrafo ni camarógrafo oficial.

El alcalde de Marsella condujo al huésped real y a Barthou hasta el coche que los esperaba. Un landó grande y anticuado, cuya capota posterior había sido abatida para que Alejandro y Barthou viajaran a descubierto. El auto era conducido por Jean Froessac.

El general Alphonse Georges, que tenía instrucciones del Ministerio de la Guerra para acompañar al rey, como guardia de honor durante su visita a Francia, ocupó un asiento plegable posterior.

LA COMITIVA

Alejandro se instaló en el asiento de la derecha y Barthou se sentó a su lado a su izquierda.

Los dos jinetes de escolta, el teniente coronel Jules Piollet a la derecha y el capitán Vigoreaux a la izquierda del automóvil.

Abordaron el segundo automóvil, Bogoljub Jevtic, ministro yugoslavo de Relaciones Exteriores, y el alcalde de Marsella, Jean-Louis Delon.

El tercer auto fue ocupado por el jefe local de la policía y el general Ludovico Dimitrijevic, ayudante personal del rey.

Por un momento, los fotógrafos y camarógrafos bloquearon la marcha de la comitiva y nadie se atrevió a dispersarlos.

La comitiva avanzó a lo largo de la Cenebiére, el boulevard principal de Marsella, y varios aviones sobrevolaban la ciudad y la gente lanzaba exclamaciones de jubilosa bienvenida.

EL REY SONREIA

Alejandro, sonriente, correspondía las muestras de entusiasmo alzando la mano en señal de saludo hasta el dorado galón de su sombrero.

Sólo habían transcurrido pocos minutos desde su desembarco. El landó se acercaba a la Place de la Bourse. El general Georges asomó la cabeza por la ventanilla de su izquierda para mirar ante sí y ver dónde se encontraba la escolta a caballo.

Los jinetes no se hallaban junto al rey, tal como era su obligación, sino que caracoleaban alegremente delante del coche.

EL ATENTADO

El rey sonríe y saluda, el general mira, los jinetes hacen circo ecuestre y, de pronto, un hombre surge de entre las filas de la multitud que vitorea al ilustre huésped, pasa al lado de un policía apostado en la calzada, salta por delante del caballo de Piollet, sube al estribo del automóvil y dispara contra sus ocupantes.

Alejandro cae en el rincón de la derecha del asiento, y Barthou se arrodilla y gime de dolor.

Al oír los disparos, Froessac, el chofer, se vuelve, ve al asesino y trata de empujarlo con una mano mientras sigue manejando con la otra. Al fallar en su esfuerzo, detiene el coche, y desde su asiento procura arrojar de éste al agresor.

Poillet se vuelve sobre su silla de montar y ve cómo Froessac forcejea con el asesino, que acaba de disparar contra Alejandro. El chofer agarra por la chaqueta al asesino y Poillet lo ataca a sablazos, descargando golpes sobre la cabeza y los brazos del criminal, y uno de ellos hiere al chofer que ha podido retener al asesino por el faldón de la chaqueta.

El agente de policía, Celestin Galy, está armado con un revólver, pero no lo saca. Se acerca al asesino, que esta agachado y herido, y apoya su mano derecha en el hombro de éste y le ordena que baje del estribo del auto.

El regicida se revuelve inmediatamente contra Galy y le dispara un balazo en el estómago. Galy se arrastra, agonizante, por la calzada.

El asesino cae del estribo y rueda por el suelo. Un gendarme se le acerca y le da un tiro en la cabeza que lo deja inconsciente y no lo mata.

Desde el otro auto, el general Georges no titubea y desciende con una pistola Mauser de largo cañón y no dispara; en cambio, el asesino se revuelve con rapidez, sin que se lo pueda impedir el chofer, y dispara cuatro veces contra el general, hiriéndolo en el costado, el pecho y los dos brazos.

Jevtic también desciende del segundo automóvil y corre hacia su rey. Sube al automóvil y coloca su mano sobre el pecho del monarca.

Los más próximos a la escena huyen, entretanto un soldado, un policía y un espectador se abalanzan sobre el coche.

La multitud sigue aclamando al rey y nadie "parecía haber observado lo ocurrido".

"¡ASESINO!"

Los espectadores, próximos a los sucesos, se envalentonan entonces y avanzan hacia el terrorista caído, le dan de puntapiés y gritan "¡asesino!".

Los policías acuden a docenas y se abren paso con violencia entre el gentío y forman un cordón alrededor del landó.

Dentro de éste, Jevtic todavía conserva la esperanza de que el rey esté vivo.

Se unen a Jetvic el coronel Pavlic, chambelán de la corte, y entre los dos extienden el cuerpo de Alejandro en los dos asientos almohadillados y, con un pequeño abrecartas, cortan el cuello almidonado para permitir al monarca respirar sin agobio.

Parecía que el ajustado uniforme de almirante le impedía respirar y ninguno de los dos yugoslavos consigue desabrochar la también ajustada camisa y la hacen jirones.

Brota la sangre en abundancia, manchándolo todo.

Los semblantes de Jevtic y Pavlic se han ensombrecido de impotencia y desesperación.

La multitud se apretuja alrededor del coche, y los fotógrafos y camarógrafos empujan para hacerse campo libre y hacer su trabajo.

La policía vuelve a formar un cordón junto al automóvil apartando a los curiosos y a los periodistas gráficos.

El jefe de policía le ordena a Froessac poner en marcha el automóvil y tocando la bocina se lanza a toda velocidad entre la muchedumbre.

Froessac sigue por la ruta prevista desde la Canibiére hasta la Prefectura por la Rue Saint Fenional y el automóvil a su paso recibe las aclamaciones de la multitud que todavía no se ha enterado del atentado.

"TODA VIDA HA CESADO"

El landó llega a la prefectura entre gritos de "¡Vive le roi!".

Los hombres que cargan el cuerpo exangüe de Alejandro lo colocan sobre un sofá.

La sangre brota de los labios entreabiertos de Alejandro y es un venero, aunque él conserva su vaga sonrisa.

Este gesto hace creer a algunos que todavía vive y así lo manifiestan.

Varios médicos que han acudido a la prefectura ofrecen sus servicios, pero no se les da autorización para examinar las heridas.

En esas llega el doctor Assali, jefe de los servicios de sanidad de la tropas coloniales, a quien un gendarme ha ido a buscar al hospital donde está asignado.

Assali da un vistazo al cuerpo del monarca, toma una muñeca del rey, busca el pulso y declara: "Toda vida ha cesado".

El médico se retira y confía el examen del cadáver real a otro médico, y se dirige de inmediato hacia el hospital militar para atender al general Georges, que yace allí, inconsciente.

Al examinar el cadáver de Alejandro, los médicos descubren que el rey ha recibido dos balazos: uno en el corazón y otro en el hígado. La primera bala lo mató instantáneamente.

"Unicamente pudimos certificar su muerte, que debió de producirse con gran rapidez", declararía luego el médico Raoul Olmer ante el Tribunal de Investigación.

EN LA PROXIMA ENTREGA DE "HISTORIAS EXTRAORDINARIAS" REVELACIONES DEL INFORME SECRETO.

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